martes, 23 de agosto de 2011


CORNETA SIN SORDINA POR UN GRAFITERO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Debo decir “se llamaba Diego” para comenzar a lamentar la ida de un artista callejero. La ida de su barrio que eran las calles de su Bogotá con policías que cuidan. Se fue Diego Felipe con sus tarros de pintura, con sus colores y sus dibujos que dieron sabor a las paredes.

Lo despidieron sus amigos de juventud en ciernes, vecinos de las pilatunas, los pequeños tragos y los amores de los primeros años, cuando se estrenan los noviazgos y se arrastra el ala por una gallinita kika. Se despidieron de él los muros semioscuros de los puentes grandes y las paredes de la Avenida Boyacá, cerca de Unicentro y de Los Lagartos. Se le despidió la vida con dos balazos por la espalda, sin que alcanzara a pintar la cara y los ojos de quien le quitaba la sonrisa y los colores de su brazo aún sin suficiente bíceps.

¿Quién nos dará la seguridad a quienes andamos corriendo asustados por la calle? ¿Quién nos defenderá de los que tienen armas y ven una imagen que salió de junto a la pared con un pincel y una paleta? ¿Para qué se les da un revólver a unos agentes que miran sin lente laser en la noche y creen que la gente que se mueve es un delincuente? ¿Qué valor tiene la vida para un uniformado? ¿Acaso es más importante la seguridad y dar parte de una baja para ser llamado héroe de nuestras calles?

Se escapan de los mal llamados Centro de Rehabilitación los jóvenes, se ocupan otros en pasar su vida andando y cantando y pintando la ciudad porque no hay trabajo. ¿Y la forma de tratarlos es quitándoles la libertad y la vida? Qué indolencia la de nuestros gobernantes y la de nuestros hombres de negocios, mal llamados empresarios. Se encierran en sus burós y en los clubes con lagartos y dejan que las tercerías lucren y ganen y que las juventudes, sin experiencia y sin oportunidades, sigan vagando expuestas a un balazo equivocado.

Al lamentar este hecho, que se puede repetir como lo dice Herla, otra grafitera de Soacha, le rindo un homenaje a Diego Felipe Becerra que nos dejó el legado de su vida trunca y su dedo levantado que celebraba la alegría de su arte.

Diego, buen muchacho, adiós. Nos dejaste tu risa, tus carreras, tu maletín lleno de acuarelas y toda una vida de joven por delante. Tu muerte no puede convertirse en otro falso positivo. No pudimos conocernos ni sentarnos a tomar una costeña en un banco de Pontevedra ni leer unos versos de Neruda que, de seguro, te gustaban. Ojalá tu ejemplo, tu desgracia les sirva de reflexión a policías, - también jóvenes -, a dueños de empresas que no enganchan a la juventud y al gobierno para que de verdad cumpla la letra del empleo temprano.

Cuando vuelva a mirar ese dibujo que nos muestra Semana, un escudo rojo con unos ojos negros que vigilan, me provocará soltar una carcajada como la tuya y sacar la lengua irreverente para burlarme de la seguridad en nuestras calles.

23-08-11 - 11:18 a.m.

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