Por: ADIELA PERLAZA
13 de Agosto del 2011
¿Dónde está el Gobierno para ayudarnos en estos momentos de crisis, cuando más lo necesitamos?
Hace poco más de un año, el 22 de julio del 2010, comenzó la pesadilla de mi familia, Perlaza. Todo fue tan rápido e inesperado que así mismo creímos inocentemente que todo acabaría rápido. A mi hijo lo secuestró la guerrilla de las Farc -columna móvil Jacobo Arenas- en nuestra hacienda familiar en Santander de Quilichao (Cauca), y pedía un rescate por una suma exorbitante: mil millones de pesos.
Ocho meses y medio estuvo secuestrado sin que pudiéramos llegar a un acuerdo con los captores para lograr su liberación, cuando ya habíamos pagado 50 millones de pesos sin ningún resultado. Estuvo encadenado, sin otra cosa en qué pensar que cómo lograr su libertad.
Él lo sabía: si no escapaba, pasarían años antes de que lo liberaran. El 4 de abril del 2011 logró fugarse y, luego de una larga caminata en la selva, por la noche, evitando minas 'quiebrapatas' y escondiéndose de milicianos y guerrilleros, consiguió llegar a las afueras de Toribío, donde encontró a un civil que aceptó llevarlo en su moto. Pero fue recapturado en un retén del sexto frente de las Farc. Gracias a la guardia indígena de la región, mi hijo logró su libertad ese mismo día.
¡Libertad! Ese fue el día más feliz para la familia: mi muchacho estaba de regreso sano y salvo y la pesadilla había llegado a su fin. Eso creímos. Pero la segunda parte de esta película de terror apenas comenzaba. Sus captores, con sed de venganza y con ansias de cobrar el rescate, comenzaron a extorsionar y amenazar a toda mi familia.
La primera víctima fue Agustín Perlaza, mi hermano, quien fue asesinado el jueves santo pasado en Santander de Quilichao. Agustín, un hombre bueno, cuyo único objetivo los últimos meses de su vida fue ayudarme y apoyarme durante el secuestro de mi hijo. Después de su asesinato, siguieron dos bombas a mis propiedades en Santander de Quilichao: la finca y el colegio.
¿Y qué sigue ahora? Nuestra familia vive desplazada, escondida y asustada, con las manos atadas ante las amenazas que no cesan de las Farc y ante la falta de acción del Gobierno. El Ejecutivo de Colombia no ha gestionado el asilo para ningún miembro de nuestra familia; estamos todos amenazados de muerte; pero sí logra asilar a las familias de los ladrones de cuello blanco, de terroristas o de apellidos conocidos. Desde el primer día del secuestro y después de la liberación de mi hijo, siempre hemos denunciado, pero parece que eso no ha movido al Gobierno.
¿Falta tener rosca y contactos para que nos garanticen nuestra seguridad?
Parece que no basta con ser una familia honrada, trabajadora, que paga impuestos, pese a la situación que vivimos -incluido el de guerra y el más reciente de las inundaciones-, para lograr el apoyo del Gobierno ante esta situación.
Como siempre ocurre en Colombia: más vale conocer y tener amigos "influyentes" que trabajar honestamente. Si nuestra familia ha cumplido siempre con sus obligaciones, ¿no es hora de que el Estado nos retribuya, así seamos de Santander de Quilichao y no tengamos un apellido conocido? ¿Dónde está el Gobierno para ayudarnos en estos momentos de crisis, cuando más lo necesitamos?
Solo cabe pensar que Colombia es un país donde los ciudadanos "de segunda" tienen obligaciones, pero ningún derecho cuando se trata de garantizarles su seguridad. Si la familia de Andrés Felipe Arias salió tan facilito del país porque unos delincuentes les asaltaron su vivienda, o a la de Gómez Hurtado le prometieron seguridad para todos sus miembros ¡por un petardo en el busto de Laureano Gómez!, ¿no tenemos derecho nosotros, que hemos vivido un secuestro, un asesinato, dos bombas y varias amenazas de muerte, que llegan semanalmente? Si esto no es suficiente para merecer que el Gobierno colombiano nos garantice nuestra seguridad y nos gestione un asilo en el exterior, me pregunto: ¿qué debemos vivir y soportar para lograrlo? O, de pronto, la pregunta correcta será: ¿de quién debemos ser amigos para lograrlo?
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