¿DESANDAR LO ANDADO?
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El Mundial sub 20 nos dejó un sabor de triunfo en la boca, por la calidad del producto, por la inversión fuerte en la infraestructura y dotación de los estadios, por la nueva cultura que el colombiano experimentó durante esos días. Como en los tiempos viejos de Pedernera y D´Stéfano, edad de oro, los estadios lucieron nuevos, sin vallas, sin muros de contención que separen el espectáculo de la cercanía del público.
Antes del mundial nuestros estadios parecían cárceles con rejas y mallas en donde se reunían jugadores y árbitros y unos pocos aficionados y presenciaban el partido los “hinchas”, o barras bravas. Sólo asistían unos pocos socios y las directivas se acostumbraron a ver en los estadios dos espectáculos, casi igual de grotescos. El de unos jugadores corriendo sin tino en la cancha y unos revoltosos haciendo ruido e insultando en las graderías.
Obvio, que de esa manera a los estadios muy pocas personas llegaban. El fútbol en Colombia dejó de ser rentable. Todos los equipos llegaron a la quiebra. El hombre común, el aficionado neto, el hincha de veras, no iba por temor a su seguridad e integridad personal. Algunos chicos y mujeres que gustan del deporte más popular del mundo, no podían ver de cerca a sus jugadores favoritos de su equipo preferido o una confrontación importante, aunque fuera internacional.
Vino la FIFA y concedió la sede a Colombia y en Barranquilla, Cartagena, Armenia, Manizales, Pereira, Cali, Medellín y Bogotá se remozaron los estadios. Se les derribaron las mallas y barrotes que detenían el paso de las hordas a la cancha y se numeraron sillas individuales por sector, se arreglaron camerinos y se embellecieron las cubiertas. La grama se arregló y se colocaron relojes y pantalla gigante. Hubo organización dentro y fuera de la cancha, aunque se vendieron boletas en masa para reventa por fuera. Hubo control no solo por parte de la policía, sino de personal que estuvo atento a detectar cualquier irregularidad.
Todo esto cuesta dinero. Es cierto y lo puso FIFA y los arreglos los financió el gobierno central. Por eso se pudo cumplir. Hubo mano firme y orden, disciplina y control. Los directivos locales de siempre no pudieron meter la mano y por eso funcionó.
Lo cierto es que los estadios se llenaron en Bogotá, Barranquilla, Medellín y Cali. Los vimos llenos de niños, mujeres, familias enteras de padres, hijos y abuelos. Algunos íbamos por primera vez. Había confianza por la seguridad y el buen espectáculo. Hubo vuvuzelas, olas, emoción, gritos de vivas, aplausos y desborde de alegría. No hubo un solo desafuero ni se dio la oportunidad a que hooligans o que gente en las tribunas formaran desórdenes.
¿Por qué esta experiencia que las grandes ciudades la vivimos y la palpamos se pierda por el miedo a caigamos de nuevo en manos de unos cuantos muchachos desorbitados? Los directivos de los equipos de casa los conocen y los transportan en buses a cada partido y los ubican en las tribunas. ¿Para qué se invirtió tanto esfuerzo que debe dar inicio a una nueva cultura que redundará en ganancias para el deporte sano y las finanzas del buen fútbol? ¿Por qué se oyen voces desalentadoras de periodistas y las autoridades no toman las mismas medidas que aprendimos de la FIFA? ¿Por qué algunos estadios se piensan alquilar para otros usos?
24-08-11 - 11:36 a.m.


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