Por: Luís Barrera
Comenzó la cuenta regresiva, candidatos y partidos alistan sus motores y estrategias para la gran final y cita con la democracia en las urnas electorales.
De la calistenia preelectoral se ha pasado a la hora cero, cuando aspirantes a las corporaciones públicas, alcaldías y gobernaciones, una vez inscritos oficialmente asuman el compromiso con sus electores y la comunidad expectantes sobre los mejores candidatos y sus propuestas.
La verdad sea dicha, periodistas y publico desocupado que aún nos gusta la política preferimos mucho mas la excitación escénica del debate entre lideres porque permite asistir a un pugilato simbólico donde lo importante es la personalización, la dialéctica, el quién o cómo lo dice o qué gestos de los combatientes permiten detectar sus habilidades, miedos, astucias, pasiones humanas, componendas y argucias para lograr el voto en las urnas.
En otros tiempos la política eran las ideas. La disciplina de los partidos, jefaturas y la seriedad de la palabra empeñada hacía cumplir pactos y compromisos antes y después. Hoy son las personas o mas bien los personajes que aspiran los que definen cómo es el “maní”. La consecuencia directa de tal personificación sería la “vedettizacion” de los políticos y la creación del “estado-espectáculo”.
A esta falta de seriedad y lealtad real con el electorado en ciertos casos se debe quizá tanta frustración y desgano, porque a la gente pretenden “comprarla” con músicos, bebetas y golosinas y de propuestas, iniciativas, programas realizables, “nanai cucas”, como dicen los patojos.
Lo mejor que podrían hacer muchos candidatos en apuros es no prometer NADA. Las promesas vacías generan rechazo como los ataques personales. La sociedad no vota promesas explicitas, elige imágenes implícitas, ya que prometer es quedar expuesto al veredicto popular “Todos prometen pero nadie cumple”.
Diferente es hacer propuestas, ya que las propuestas contribuyen al posicionamiento de un candidato. Las propuestas transmiten la sensación de que el que se postule para un cargo, sabe de qué esta hablando y podrá controlar las situaciones de crisis que se le presentan a todo gobierno. Sin embargo no todo son propuestas, el público duda mucho antes de consumir algo, y más ahora que a los votantes no les interesa la política, ya que nadie se va a leer un folleto bien diseñado lleno de buenas intenciones y principios. La decisión pasa por la imagen que cada uno se forme del candidato.
El fenómeno del desgaste, la incoherencia entre candidato y electores impone hacer campañas cortas y menos saturantes. Y otro asunto de analizar es la temperatura que se le mete al ajetreo de la organización interna de las sedes y campañas. Si una campaña se vuelve agresiva, corre seriamente el riesgo de volverse contraproducente contra quien la promueva. Es por eso que, tenga o no tenga sentido la pelea, los discursos incendiarios no sirven si se quiere ganar una elección.
Mientras unos gritan al unísono Ese Es…, Ese es…, o Esa Es…, el eterno debate del desprestigio de política y políticos, de la ausencia de perspectivas y de la inacción y desidia de los ciudadanos continuará.
Ahora que tanto se habla de las enormes reformas que tenemos pendientes (tanto en número como en profundidad), ¿nos hemos planteado que quizá la primera y más urgente sea la política, la manera de hacerla o que al menos se ponga en marcha la última aprobada por el Congreso de República, con unos partidos modernos y democráticos que adopten un pleno modelo participativo y cuyos programas y actuaciones sean el reflejo de las demandas de los ciudadanos? Porque ese sigue siendo el objetivo de la política, ¿o no?

El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan.
ResponderSuprimirLa gran mayoría de ciudadanos no estamos comiendo cuento.Todo el estudio de los políticos se emplea en cubrirle el rostro a la mentira y que parezca verdad, disimulando el engaño.
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