José López Hurtado*
La primera fotografía salió publicada el 8 de junio de 1972 y desde entonces ha permanecido en la retina del mundo, como un testimonio imborrable de la crueldad de todas las guerras, especialmente cuando los más afectados son los niños. Pertenece a esa clase de registros, como el de Omaira Sánchez, víctima inocente de las fuerzas de la naturaleza, cuando la destrucción de Armero en Colombia, o el de los aviones chocando contra las Torres Gemelas o el mismo de la explosión atómica de Hiroshima y Nagasaki. Registros gráficos inolvidables, productos de las más demenciales clases de violencia que en el mundo existen, creadas por el hombre.
Se trataba de una niña de nueve años, que corría despavorida, desnuda, tratando de salvarse de los químicos mortales vomitados por los aviones norteamericanos en la guerra de Vietnam. Su cuerpecito frágil, como una flor de loto abierta, quemado casi en un 65%, buscaba la ayuda médica en ese torbellino de locura.
Nick Ut, el fotógrafo la llevó a un puesto de salud, en donde el pronóstico se mantuvo reservado, por la magnitud de las quemaduras. Resistió 17 operaciones de injertos, en medio del dolor insoportable que causa el Napalm o gasolina gelatinosa, la cual produce una combustión más duradera que la de la gasolina simple y que al ser lanzada alcanza temperatura entre 800 y 1.200 grados centígrados. Todo eso lo resistió su espíritu de acero, aun cuando, hoy todavía, confiesa sufre de intensos dolores.
El Napalm se caracteriza porque es capaz de incinerar toda forma de vida, dejando edificios y objetos intactos, al expandirse gracias al oxígeno. De ahí que haya sido usado en muchas guerras por su capacidad destructiva: durante la Guerra Civil griega, en la de Corea, por las fuerzas mejicanas contra la guerrilla, por el ejército dominicano de Rafael Leonidas Trujillo para exterminar a sus opositores, por los ejércitos de Paz de la ONU, por las fuerzas aliadas en Irak, contra la incipiente guerrilla colombiana en Marquetalia etc.
Phan Thi Kim Phúc, la niña de la foto, con soberana altivez después, en un emocionado abrazo, perdonó a John Plummer, el piloto norteamericano que derramó la letal sustancia sobre Trang Bang, su aldea natal, borrándola del mapa y matando a toda su población, la mayoría niños.
Hoy, Kim Phúc, de visita por estos días en Latinoamérica, es Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y testimonio viviente del perdón y la reconciliación. “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres, donde deben erigirse los baluartes de la paz”, eslogan del preámbulo de la carta de constitución de la Unesco, que ha hecho propio la mensajera de la Paz. Su fundación ayuda a los niños víctimas de la guerra en el mundo, particularmente en los conflictos de Timor, Rumania, Afganistán, a defender la educación como la mejor herramienta del futuro para más de 39 millones de infantes afectados en los conflictos bélicos por las minas antipersona y el reclutamiento forzado. En Cristo, ha dicho, encontró la energía y la fuerza del perdón.
*Analista internacional, colombiano.



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