sábado, 6 de agosto de 2011

REFLEXIONES EN LA SOMBRA

Rodrigo Valencia Q

Especial para Proclama del Cauca

Ilustración: óleo de Rodrigo Valencia Q

Allí estaban los cuadros en la sala; silenciosos, poblando el aire con su indigna o certera vida artificial. Unos me desviaban hacia dudas lícitas, otros me atraían con sus dádivas sensuales, otros se aislaban en su indiferencia. Incluso, oía los desmanes, las críticas que siempre me arrojan mis amigos y seres más allegados, y que forman parte de sus caleidoscopios personales, intransferibles y cuestionables cuando se busca lo absoluto.

Arrinconados unos contra otros, volteo esos cuadros para mirarlos. Esto lo hacemos siempre los pintores; y, en la soledad de los momentos del taller, adquieren de nuevo las certezas que faltaban, porque los entes finitos continuamente nos confinan al engaño. Entonces los miro, y a su vez me miran; vigilan, aconsejan, hacen el oficio del criterio con sus señas; dialogan, invitan a descubrir su mundo extraño, a ponderar si es cierto que valen o no la pena entre los sueños. Juegos para “grandes”, o ardides para propiciar reencuentros con la mismidad, con el deseo de buscar cualquier razón, creíble o no, para estas individualidades en medio de su media existencia fragmentada; son pasadizos a lo extraño, a la invocación introspectiva del saber, al soliloquio aparejado entre el intelecto y la emoción, a las dudas que no dejan de nacer, a las preguntas que se quedan sin respuestas, al continuo entrelazar y deshacerse de las cosas.

Y entonces surge la cuestión de por qué creer en ellos, de por qué no olvidarlos para siempre, de por qué arraigar eternamente nuestro ser en estas apariencias visibles del ego creador. Y, de hecho, ya he renunciado para siempre al oficio de pintor. Ello es un experimento no habitual, un aprovechamiento de la libertad, un deshacimiento de los nudos a que nos habitúan las razones de las cosas; con sus modelos, sellos, estilos y encasillamientos de la personalidad; todo lo que constituye, tal vez, la constancia intermitente de querer situarse como un único uno, como un ser con ribete y nombre propio donde no lo hay. Pero no creo mucho en ello; cada día dejo de creer más en ello. La sociedad de consumo estereotipa, hace seriaciones del artista, lo sitúa como remedo propio ante su creación personal, lo induce a buscar su fórmula secreta que después se vulgariza con la repetición, con el precario ejercicio de su propia enajenación.

Y ¿qué hay más importante que la libertad? Asumir cada momento como venga del espíritu, como lo sople la propia voluntad, la “voluntad de poder”, la voluntad de negación, o de afirmación, o dejar por siempre de creer en todo ello, como si en ello consistiera el recoger la propia cosecha, sembrada en la elástica paradoja de la negación, posibilidad siempre creíble de la libertad. Sí; es bueno renunciar a la estupidez de creer que estamos creando un mundo propio, un estilo, una forma única de ser, como si ello fuera distintivo de fuerza individual, de “encontrarse a sí mismo”. Ello es sólo el hábito con que nos cubrimos por momentos y por siempre, el escape que hacemos en medio de la facilidad, porque el facilismo puede resbalar impropiamente entre la obra que se hace, obstaculizando para siempre la búsqueda que posibilita nuestro verdadero ser.

Por otra parte, si el arte libera, hagamos todos los estilos, exploremos el poder que subyace como ímpetu negador de automodelos; neguemos las identidades que consisten en el absolutismo de las fórmulas, en el amaneramiento aprisionado de las propuestas. Sería un intento contra las manipulaciones de la cultura, contra la edificación de mitos y la catalepsia de la imaginación. Y, entonces, el anonadamiento, el nihilismo de las rupturas o la fogocidad de vientos nuevos es el asombrarse a sí mismo entre las encrucijadas.

Alguien hace señas en mi oído, me abisma en tierras no lustradas, en cielos que desconocía mi pequeña lucidez, linderos como para desandar lo andado. El amasijo de las circunstancias pervive únicamente como índice de toda experiencia reencontrada antes y después; y, así, quizás, el espíritu se encuentra a sí mismo en el reflejo de su propia sustancia, se evidencia su carácter único y prolífico, y entonces se comienza a andar para siempre entre nosotros mismos... con el vigor de las cosas que nacen para siempre.

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