RETOZOS DE OCTAVOS DE FINAL DEL SUB 20 EN CALI
Estadio Pascual Guerrero-Cali-Sub 20-Portugal-Guatemala-09-08-11-6:20p.m.
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Por obra y gracia de una boleta adquirida a última hora, volví a sentarme en las graderías de un estadio. Subí a la parte más alta del Pascual Guerrero para contemplar desde allí como en un paneo el esplendor de la fiesta que es el fútbol. Estadio remodelado con cancha lisa, grama recién rapada, asientos remachados al cemento, numerados, 12 recogebolas con balón en mano, ocho paramédicos, policía en cada palco y 32 mil espectadores con ganas de disfrutar el beneficio de un mundial. Mucha mujer, mucho joven, algunas bubucelas y muchísimas camisetas amarillas de Colombia.
Mi boleta señalaba el número 256, arriba en el sector Sur, junto a la malla. No me resigné y busqué mejor ubicación. Alcancé a ver a dos tórtolos, Viviana Sepúlveda y Christian Murillo, que me dieron confianza y me invitaron a pararme en el palito junto a ellos, donde a nadie estorbaríamos. Desde allí el panorama era completo. Incluso se veían al fondo las tres cruces que nos miraban por encima de la gorra del estadio con su cerro tutelar y las nubes claras de una tarde apenas con sol que no hiriera el ojo ni los brazos.
Portugal se puso en fila con camiseta roja y medias verdes y Guatemala la esperaba en los tres palos con buso blanco y pantaloneta azul. Se oyeron los himnos y el árbitro inglés empezó puntual el juego a la hora que García Lorca y Vallejo hicieron sus versos. A los diez minutos el señor Gol apareció de pronto y el griterío de felicidad salió de las gargantas. Portugal con sus muchachos aprendices estaba llegando así a cuartos de final.
Siguió el juego y bajó bastante el ritmo. Escaramuzas, malas entregas, llegadas hasta el arco y… casi gol. - ¡Pásela al 7!, le gritaba Viviana al l4 de Portugal. La gente soltaba un ahhh de desconsuelo y el que se equivocaba se tenía la cabeza con las manos. La temperatura se condolió de los 32 mil espectadores y la tarde fue apacible, sin asomo de aguacero.
En la cancha se cansaron los muchachos, no así el balón ni el reloj del árbitro. Los minutos pasaban y las tribunas querían más gol. Como no llegaba ese invitado por segunda vez, la gente trasladó la fiesta a las graderías. Hacía tiempo que de mi boca no salía el grito de ¡Colombia, Colombia!, con orgullo de tener a mi lado 31.999 compañeros que corrían tras el balón. De occidente hasta sur empezaron los aficionados al deporte más popular del mundo a mover sus cuerpos y a zapatear contra las gradas. Era el signo que llegaba el oleaje del mar.
Esa fue la verdadera fiesta a la que asistimos. Compartir la alegría que teníamos represada u olvidada y que trajimos a sentarla en las graderías. Alguien con humor y voz daba la señal y empezaba la gente levantarse como un mar de colores y poco a poco iba caminando en olas con fragor y emoción, como un dragón con cola. Y así se repitió una y otra vez. La gente se divirtió como niño chiquito. El espectáculo lo vieron y oyeron los jugadores y nosotros lo hicimos sin esfuerzo.
Cali ayer debió ser una vitrina con animadores gratis. La ciudad estaba estrenando un estadio con vestido, paraguas y zapatos nuevos. Portugal ganó y Guatemala gozará aún del ambiente en que perdió.
09-08-11 - 9:00 a.m.


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