N. Sandoval-Vekarich
Tirado en un rincón del parque llamaba la atención el esqueleto de un paraguas vencido por el viento.
Entonces el otoño se insinuaba juguetón y frívolo, el frío aun era tolerable si el viento fuera más prudente y menos fatuo burlando los sombreros que arrastraba por los suelos y los paraguas que perdían la protección del dombo. Era de esperar lo previsible por las nubes grises que se acumulaban en el cielo robando la luz del sol. Una fina e imperceptible lluvia había empezado. Separó del brazo el arco del paraguas que en un principio le pareció innecesario e incomodo, lo desplegó apretando el botón de arranque automático de la barra y éste a un solo impulso se abrió en abanico, parecido a un paracaídas negro (esta habría sido la mejor imagen), de pronto una ráfaga violenta e imprevista lo arranca de las manos invirtiéndolo, como si fuera una corneta, averiando las delgadas varillas adheridas a la tela impermeable que mostraba una seria rasgadura por donde salía burlón el viento arrastrando consigo gotas de agua.
La lluvia, pertinaz y menos tenue, le empapaba el rostro, los cabellos mojados caían en desorden sobre la frente, el agua mojaba los parpados y se retenía en las pestañas. Lo arrojó molesto lejos de si, “ya es viejo e inservible” murmuró entre dientes, subió el cuello de la chaqueta hasta las orejas, buscó la gorra impermeable que portaba en uno de los bolsillos del pantalón húmedo ya por la lluvia y siguió caminando con pasos rápidos, casi al trote, buscando un refugio antes de que la lluvia arrecie y le impida alcanzar el autobús de las cinco de la tarde.
“Pavle, el Patriarca de los Ortodoxos serbios, no amaneció en su lecho. La muerte prudente y cautelosa respetó su sueño. Le despertó en el Paraíso un coro de Ángeles dándole la bienvenida”. Paul Disnard firmaba la extraña nota que sorprendió a los poetas amigos reunidos en el “Romani Tar”, precisamente esa tarde cuando la lluvia y el viento arrastraban sombreros y arruinaban paraguas.
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Paul Disnard está chiflado – comentaron los poetas de la tertulia en el barrio bohemio Skadarlija de Belgrado. Muy a despropósito los reunió allí la lluvia que barría la calle, el agua resplandecía en el empedrado a la luz del alumbrado público que espantaba la oscuridad, con sigilosos pasos al acecho un gato negro cazaba los últimos ratoncillos de la tarde que lentos desaparecían de la esfera del reloj de la Iglesia vecina, casi invisible centinela que pretendía proteger la intimidad de los bulliciosos cafés restaurantes de esa zona inventada para los turistas que terminó por arrojar al pasado los últimos turbantes y feces rojos de una época que desaparecía tras los modernos edificios de concreto y cristal, altos y soberbios sepultando las pocas viviendas que no pudieron sobrevivir a los ataques y misiles de los aviones del imperio que apuntaba decidido sus cañones hacia el otro lado del Bósforo. Las banderas de San Jorge se empeñaban en destruir una vez más el mito del Dragón Sagrado.
¿Por qué lo dices? –preguntó la morena ojiverde vestida de zíngara, había inventado su propia desmoda combinando elementos del folklor húngaro en su vestimenta de fina seda importada de la India, negra como la melena que le cubría parte de la frente. El termino era suyo, muy a propósito, la antimoda, sí, todo lo contrario a la moda del bien vestir, los calzados de lona con suelas de hule o de caucho execrando los zapatos de cuero inglés ¡tan elegantes, tan Windsor y señoriales que eran!, las faldas en las mujeres cayeron en desuso reemplazadas por pantalones de driles baratos, deslucidos, aparentemente sucios y coquetamente rotos para mostrar en algunas partes la piel clara de los muslos o de las nalgas voluminosas y excitantes de las hembras que exhibían descaradamente sus encantos.
Era un decir y no porque en realidad lo fuera, les parecía excéntrica la figura del sudamericano que trataba de evitar toda deformación en su buen gusto por la ropa, mocasines de cuero bien lustrados y brillantes, pantalones oscuros de tela muy fina, impecablemente planchados manteniendo la raya vertical, una chaqueta deportiva de color chocolate suizo, pulcro y afeitado el rostro, sin arrugas, liso como una porcelana, el cabello discretamente largo, si alguien le insinuaba que tenia muy espesas las cejas de color platino respondía socarrón “así puedo peinarlas hacia atrás para cuando me quede calvo”.
-Tal vez tengan razón – condescendiente opinó la morena ojiverde sonriendo de tal manera que sus labios semejaban el florecimiento de una rosa encarnada. ¿Tú que opinas? le preguntó al poeta de “bluyins” que usaba zapatillas de boxeador. Antes de responder Branko se rascó el rostro cubierto por una barba totalmente gris y dispareja, luego dijo: “¿a quién se le ocurre cambiar el paisaje de la eterna primavera por el nuestro donde ya las estaciones no existen?” “Tal vez el chiflado sea yo por querer lo contrario…” Desde luego que sí, le respondió la poeta de los ojos verdes, pero ya la vida al otro lado del Atlántico no es tan paradisíaca como antaño, también allá tiene el imperio sus chacales y el poder de la cocaína hace parte de los presupuestos oficiales para financiar guerras y disturbios. Primero fue Napoleón quien quiso dominar Europa, lo derrotó el invierno ruso, ese invierno mismo amortajó las tropas de Hitler; una ironía, Víctor Hugo decía que Francia y Alemania están predestinadas a dominar conjuntamente Europa, pero antes afirmaba que Europa termina en los Pirineos; los mariscales del Corso opinaron tajantes en Zagreb “hasta aquí llega Europa, más adelante está el Oriente”. No se equivocaron ni los unos ni los otros. España antes de que los reyes católicos y analfabetas expulsaran de la península a los sabios poetas y arquitectos árabes y judíos, era un centro de importancia cultural, a la Universidad de Salamanca concurrían eminencias de Europa. Del Oriente proviene la Luz, el Dragón Dorado, la sabiduría. Todo cuanto alimentó Europa vino del Oriente. En Occidente se apaga la luz, el sol declina, el crepúsculo anuncia la noche. Disturbios, altercados, caos, violencia y guerras. Son de nuevo las banderas de San Jorge arrancadas de las astas y arrojadas a las llamas.
Esto es lo que no entiendo, terció en el diálogo el poeta Bozidar Timotijevic, conocedor de los mitos y leyendas del Oriente. ¿Qué tienen que ver las banderas de San Jorge? “Muy simple, le explicó la bella mujer de las pupilas de esmeralda. Constantino aceptó a los cristianos incorporándolos a su estado con plenos derechos. Fue entonces cuando apareció un soldado romano hecho cristiano. Capadocia protegida por el Dragón guardaba los secretos de una ciudad sagrada, una princesa aparentemente era la personificación de un mundo amenazado por el agresivo avance de los rufianes de occidente. El estandarte del romano fue adoptado por los países aliados de Europa, pero los españoles le llamaron Santiago cuando arrojaron de la península a los árabes y judíos sefardas.
No creo que Paul Disnard esté chiflado cuando afirma que Cervantes era un judío sefarda, sentenció Katalin, la poeta de los ojos verdes, para sellar la discusión añadió la lectura de un grafito escrito en un muro de la ciudad: “el lápiz es la revolución, la piedra la anarquía”. La medianoche sin lluvia había llegado a pasos lentos, los parroquianos finalmente se dispersaron por la calle empedrada que brillaba a la luz del alumbrado público y de las lejanas estrellas.
Nota: “Romani Tar”: La Tienda del Gitano, como la de Gadafi en el desierto, ya no existe, allí tiene ahora el Imperio a McDonald, la abominable hidra de occidente.

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