Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Bajando a pie por la colina, el sol de medio día abrasaba; los árboles parecían maestros de la serenidad ante esos ardientes rayos, y los pájaros se resguardaban entre los follajes, mientras unos pocos gallinazos planeaban magníficamente bajo el cielo azul. Un mezquino hilito de agua sació algo de la sed candente, y ambos se lavaron los brazos y la cara.
—El calor es insoportable; aliado de la luz, se torna a veces subyugante. Pero no debemos quejarnos, el calor es una de las dádivas de la luz.
—Eres un flojo; más que nunca, ahora te recuerdo las palabras de Bessant que leímos anoche, aunque tocan otro orden de la realidad: "Es la luz de todo. Brahm está oculto en todos los corazones, y su luz arde toda entera en cada cuerpo... Creó los seres y sobre ellos puso el tiempo, la muerte...".
—Es la vida y la muerte, el amor y el odio, el tiempo y la eternidad; todo eso resplandece en esa luz oculta— dijo R, mientras continuaban bajando la cuesta. El verano era inclemente, se sentía la sequedad de la vegetación, la tierra tenía sed, algunos arbustos decaían con sus hojas secas, y la respiración de ambos era jadeante, la hierba crujía bajo los caminantes.
—Todo resulta dual. De Dios decías que es amigo-enemigo— recordó D.
—Sí, somos la expresión de fuerzas contrarias, que en esencia resultan ser una sola. Si aparece la dualidad, aparecen los contrarios; y en medio, los infinitos matices imposibles de clasificar.
—Pero gracias a la dialéctica los contrarios acaban en una nueva unidad, una nueva luz del conocimiento— explicó D.
—Eso es típica teoría, conceptualización, no más. La "luz del conocimiento" son esos mismos contrarios. Mire en su propia mente: allí están los pensamientos más disímiles y contradictorios, pugnando cada uno por su segundito de tiempo; el maremágnum continúa mientras usted es consciente. ¿De qué están hechos esos pensamientos? De usted mismo, de su propia mente; cada uno es de la misma sustancia que los demás; todos son MENTE; todos son la mente y cada uno también es la mente total. Cuando no hay pensamientos, NO hay mente. Uno es el origen y la sustancia de todo, así esto parezca descabellado y extraño. Todo este "reconocimiento", recordar lo que ya estaba dentro de uno mismo, es parte del "Conócete a ti mismo, y conocerás el Universo y los dioses", según la sentencia de los antiguos griegos— intervino R, acentuando algunas palabras.
—Esa es una buena síntesis. Conócete doblemente: en la piel y en las entrañas— añadió D.
—La piel y las entrañas constituyen un solo movimiento de la vida expresada en un sujeto. Entrañas y piel, dos formas y episodios de un sólo capítulo: conciencia viviente, espíritu totalizado— observó R, mientras se alejaban del monte y arribaban a la vía pública. Una gran valla publicitaria lucía una modelo de belleza exótica, y entonces dijo D, mirando esas insinuantes anatomías:
—Pero cuántos y cuántas Grisales en el mundo hay que sólo conciben el sentido de seguir viviendo y amando la apariencia física, con su culto a la imposible juventud, así se le estén muriendo 100 mil células diarias, porque envejecemos desde adentro.
—Esas mil y una Grisales nacieron para eso: tienen talento para el deleite ajeno; son flores cuya belleza se nos participa fugazmente. Después tendrán que convivir con otra suerte de ideales— intervino R.
—Jugaron su vida al espejo, al espejismo; uno no sabe cómo terminarán estas personas que se autoengañan de esa manera— anotó D.
—Pero ¿quién es el que no se engaña? Al menos la belleza es un espejismo delicioso, tentador, fascinante— reclamó R, mientras se secaba el sudor con un pañuelo.
—Así es. Pero el partido que toman las Grisales es el engaño como un estilo de vida; esa es la manera de hallar el reconocimiento que reclaman públicamente, redundancia para acrecentar el ego y sus secuelas— dijo D.
—Todos reclamamos reconocimiento; está en los códigos de nuestro pequeño ser colmado de ego y otras circunstancias. Queremos llenar nuestra falta de sentido con esos lucimientos inmaduros. Perdimos la primogenitura por un plato de lentejas... —añadió R, más que fatigado por la marcha campestre.
—Con qué belleza y profundidad ese plato de lentejas desvela lo más mezquino de la condición humana. Todos tenemos allí nuestra porción.
—Los sentidos, el plato de lentejas, desplazaron al espíritu celeste, que nació primero, la primogenitura; se mutaron los ejes de la órbita interna del ser humano, y desde entonces el paraíso no tiene habitantes que lo gocen.
—Es un mensaje tan poderoso que, ese plato de lentejas es la negación del "no deseo"; pero lo cierto es que en este momento ambos estamos con hambre a gritos— dijo D, y determinaron arrimar al restaurante más cercano.
La tarde del domingo comenzaba, las torres de la iglesia aparecieron ante la mirada acalorada de ambos, y se podría pensar que al final de cualquier camino siempre hay una ciudad acogedora.

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