lunes, 5 de septiembre de 2011


AMO AL ÁNGEL DE MI PASADO QUE ES UN FANTASMA


Colombiano

De niño me asustaban las sombras, que eran sinónimo de noche con sueños. Las nanas y profesores me contaban historias de figuras de rasgadas faldas y sábanas que se cubrían cara y espaldas y que se aparecían por en medio de veredas solitarias, a la vuelta de un recodo. Se reían, soltaban una bocanada de burla y entraban luego por las ramas de una enredadera. Uno tenía, entonces, que devolverse porque podía salir de nuevo el fantasma y hasta podría orinarse del miedo.

Esa época ingenua, llena de imágenes legendarias que tardaron en huir de mis fantasías, hoy solo me queda de recuerdo el notable ladeado rictus de mi boca cuando sonrío. Porque la risa se me congelaba en los labios y hasta pena me daba no reírme.

También, - porque fui educado en una familia cristiana y era la moda ser católico -, recibí estampitas de vírgenes, jesuses serios con ovejas y ángeles con alas. Me decían que cada uno en la vida estaba acompañado de un ángel y había que rezarle al acostarse para no soñar con el diablo. Hasta se ponía detrás de la puerta de la alcoba una vitela en la que Ignacio de Loyola le daba la orden al oído al demonio: “No entres”.

De todo eso me quedan en el repertorio de cosas buenas, todos lo bombones, los besos y los senos de mis nanas, las bandadas de mariposas que espantaba, los viajes a donde mis tías y mis abuelos, mis pilatunas como chicuelo pillo y mis pantalones cortos sin calzoncillos y con tirantas. Ni me lavaba los dientes ni la cara porque uno se bañaba en la chorrera del pueblo cada ocho días y comía piquete con arepa, gallina campesina, ensalada de colores y cerveza dulce. Montaba cada medio año en la Flota La Palma o Villa Gómez y con mi papá iba de paseo al río Mencipá.

Me tacharán de romántico o chocho porque vuelvo la mirada al espejo que estaba colgado en la pieza donde dormía con mis hermanos y a la quebrada donde jugaba con el agua y al jardín de buganvilias y jazmines donde cada año iban a acampar soldados buscando el verano,- y las gallinas -, supongo ahora.

Por el espejo veo las cosas sencillas en compañía de un ángel al que nunca le veo la cara. Es un fantasma que se llama infancia. Es inocente, transparente, juguetón y algo curioso. Nada inteligente. Solo sirve para meterse conmigo entre las sábanas cuando me apresto a dormir, para susurrarme de día entre mis silencios y decirme que nunca deje de ser niño y que ser importante para los demás no vale la pena.

Jamás creí en ángeles, pero sí en demonios. Hoy profeso lo contrario. Creo en mi ángel niño y no creo en el diablo, que a veces soy yo cuando dejo de hacer lo que debería.

La vida en Colombia y en el mundo se ha vuelto una porquería, dijo Goyeneche. Desorden, corrupción, guerras, armas en la calle y en la TV, ruido y poca poesía. Más vale escribir de lo que llamaba el paisa Arango Villegas “bobadas mías”. Esas son ver el buen fútbol, la pereza como virtud de no moverse para hacerle daño a nadie, oír en Evocación o La Matraca a Gardel cantar a los fantasmas y fabular… y hablar de las mujeres que hacen poesía y de los hombres que dañan a otros por tomarse un trago o porque no piensan como ellos.

Por ello, cada día y cada hora revuelvo en mis entrañas, como si metiera las manos en el bolsillo, cierro los ojos y me miro con mis pantaloncitos cortos corriendo descalzo y feliz por entre el barrizal que dejó la lluvia en Villagómez, allá entre Pacho y Paime, en Cundinamarca. Así levita mi mente como un fantasma, vuela como un ángel y me alejo de bocinas y bochinches.

05-09-11 - 10:44 a.m.
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

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