lunes, 12 de septiembre de 2011

¡Cambiar el régimen y a los politiqueros!

Por Jairo Cala Otero / Conferencista – Escritor

-«¿Cuántos años y cuántos robos más se necesitarán para que este pueblo, tan jodido como siempre está, se dé cuenta de que aun cuando se cambie a los politicastros la desigualdad de la que tanto se queja, seguirá siendo igual?»- preguntó el hombre, enfundado en un uniforme de trabajo, al tiempo que daba un manotazo sobre una vieja mesa de madera, en el salón de actos sociales del pueblo.

Los circunstantes apenas atinaron a mirarse de soslayo unos a otros, y tornaron luego sus miradas hacia el hombre que lideraba la reunión. Uno que otro se acomodó en su vieja silla, y con su semblante parecía aprobar al líder.

-«¿Les parece bien, señores, que seguir creyendo en todas las mentiras que les dicen los mercaderes de la politiquería, cada vez que se aproximan elecciones; y acudir como idiotas útiles a las urnas para elegirlos, es suficiente para cambiar este caótico estado de la nación?»- siguió diciendo el hombre, que inspiraba confianza en aquella gente, y tenía apariencia de ser portador de una buena propuesta social.

Lo habían invitado para que les dijese qué hacer frente a tantos pillos disfrazados de redentores que, en cada época electoral, se asomaban por el pueblo a mercadear con la conciencia de los parroquianos; a prometerles el cielo y la tierra, y a decir que ellos sí cambiarían la injusticia, el desempleo, la violencia, la inseguridad, la corrupción y muchas atrocidades más. Había ido desde la capital del país, donde se dedicaba a dar clases en una universidad, y a asesorar a grupos de personas que ya habían decidido no volver a creerles a los políticos, porque habían llegado hasta el hartazgo con sus mentiras y sus actos dolosos.

-«Amigos, es cambiando el régimen que impera en este país como lograremos que la desigualdad y el caos que reinan cambien a favor del pueblo. Porque si seguimos eligiendo a quienes aprueban las leyes del modo que se hace desde cientos de años, les seguiremos permitiendo que cada día ellos funden más empresas políticas, manipulen las normas y se enriquezcan mucho más de lo que ya lo están, con el sagrado dinero que todos aportamos como impuestos. Ustedes los conocen bien, saben cómo actúan, cómo se amangualan… Esos que se aparecen diciendo que ellos son nuevos, que no tienen experiencia política porque se han levantado en el sector privado como técnicos y administradores de empresas; que en ellos sí se puede confiar, también terminan imitando a los grandes depredadores de los recursos del Estado. También están los que se declaran redentores, porque se han puesto en la llamada oposición. Hay varios ejemplares para mostrar, y ustedes los conocen; ayer vociferaban contra los gobernantes de turno, eran críticos implacables del régimen y hasta empuñaron fusiles contra el Gobierno. Hoy, después de haber sido perdonados por sus delitos atroces, viven del erario, ocupan puestos públicos, visten como los burócratas lo hacen, comen y beben como reyes porque obtienen mucho dinero. ¡Y ustedes, aquí, abandonados como siempre, marginados de toda posibilidad de ser siquiera considerados como seres humanos! ¿Entienden que el carrusel no para nunca? ¡Todos, pero todos, todos buscan lo mismo: tener poder político ¡para vivir como burgueses! ¿Es que ustedes no piensan en el futuro desarrollo para todos y no solamente para esos embusteros? Porque pareciera que ellos los hipnotizan y les inoculan algún sedante que bloquea su conciencia»- dijo, sentencioso, el hombre.

Un aplauso cerrado, que duró casi un minuto, retumbó en el pequeño salón comunal. Estaba a reventar de gente porque, a medida que el líder hablaba, otras personas habían ingresado, atraídas por los comentarios que afuera hacían otros sobre «lo bien que está hablando el doctor». Se notaba que a los asistentes los convencía el contenido del discurso, y por la expresión de sus rostros y sus comentarios se podía decir que estaban de su lado.

-«No bastará, sin embargo, amigos, que ustedes me escuchen hoy y me aplaudan. A eso no he venido. ¡Vamos a conformar una gran fuerza nacional, con todos los inconformes, que somos la inmensa mayoría, para demandar el cambio de régimen político-administrativo de nuestro país! ¡Vamos a…».

Una aclamación total, como una sola voz, interrumpió al orador. La gente se puso de pie, ovacionó sin cesar, y gritó la palabra cambio más de doscientas veces.

Afuera, mientras tanto, se aglomeraba más gente. Las casas del pueblo habían quedado vacías, todos acudieron a participar. Aquel hombre, con uniforme de trabajador raso, había penetrado con su discurso sencillo y directo al meollo del mal general, entre aquellas gentes humildes.

Luego de agradecer los aplausos, el visitante prosiguió:

-«¡Vamos a exigirles a los politicastros de hoy que entreguen sus investiduras, porque ellas nos pertenecen; nosotros se las concedimos y ellos han hecho mal uso de ellas. Se han lucrado al amparo de ese poder del que los investimos, pero no nos han correspondido mínimamente. Su compromiso político y social ha sido incumplido, y eso deben pagarlo con la devolución de su poder. El pueblo tiene el verdadero poder para cambiar este estado caótico, amigos. Establezcamos un régimen diferente, un régimen legislativo con pocas personas, pero pulquérrimas; un régimen que no negocie la aprobación de las leyes por puestos ni contratos súper millonarios»- remató.

Al final, como en un decálogo de conducta, les recomendó protestar en las urnas votando en blanco; y tomar la decisión de volver a creer en la política y sus ejercitantes únicamente:

• Cuando ellos conozcan el significado de la palabra honestidad y lo apliquen limpiamente en todos sus actos.
• Cuando sepan qué es honradez y se ciñan a sus principios.
• Cuando conozcan y apliquen la palabra verdad.
• Cuando hagan política social, no politiquería.
• Cuando aprendan el sentido léxico de sus expresiones, para que mejoren su agresivo vocabulario.
• Cuando no ejerzan «extorsión legislativa» al condicionar la aprobación de leyes al otorgamiento de cuotas burocráticas.
• Cuando entiendan que se puede disentir de los otros, sin necesidad de liarse oralmente con ellos como irracionales y villanos mediante diatribas, consejas y calumnias.
• Cuando reconozcan las palabras seriedad y cumplimiento, y las apliquen.
• Cuando no se aprovechen de los ingenuos, ni los manipulen para sonsacarles sus votos.
• Cuando no legislen para proteger los intereses económicos de los burgueses.
• Cuando no hagan alianzas perversas con malandrines, matones, contratistas pícaros y desvergonzados; ni con funcionarios de alma gangrenada.
• Cuando no condicionen su legislación al recibimiento de favores sexuales, en el caso de las mujeres; o de dinero por «comisiones», en el de los hombres.

«El día que eso pase, la sociedad entera podrá sentirse segura de haber auspiciado el cambio que tanto pide»- dijo, por último aquel líder. Y acto seguido salió, y se marchó del pueblo.


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