viernes, 9 de septiembre de 2011

CAMINANDO EN EL AMOR


Por: Padre Edwar Gerardo Andrade Rojas

Los sentimientos humanos de amistad y de amor se pueden constituir en puerta de entrada para el encuentro con Dios. Un joven oraba diciendo: “Necesito amar, Señor. Todo mi ser no es más que un deseo. Mi corazón y mi cuerpo se alargan en la noche hacia algo desconocido. Estoy solo y quisiera ser dos. Hablo y no hay quien me escuche, vivo y no hay quien saque jugo de mi vida. ¿Para qué ser tan rico si no enriquezco a nadie? ¿Y de dónde viene este amor y hacia dónde va?” (Oraciones para rezar por la calle). Sobre este sentimiento se pueden decir frases muy bonitas, pero solamente aquél que lo haya experimentado podrá comprender cuál es la esencia más íntima del amor. Alguien podrá preguntar ¿Quién es la persona cuya existencia llega a ser radicalmente auténtica? El cristianismo responde: la persona que ama. En palabras de S.S. Benedicto XVI: “Si uno ama al prójimo con un corazón puro y generoso, es la muestra de que conoce verdaderamente a Dios”. Y es que “Vivir es complejo, es difícil y costoso. Vivir cristianamente además, implica un compromiso con el amor que todo lo invade y todo lo complica. Pero la imitación de Cristo vale la pena” (N. Alcover) y es que sólo Jesucristo nos da la respuesta a la pregunta sobre lo que es el verdadero amor.

Saint – Exupery dirá que “Amar no es mirarse el uno al otro, sino caminar juntos en la misma dirección”. Y Jorge L. Bernárdez expresa estos sentimientos: “estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida. Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa… es advertir desde la cumbre de la persona la razón de las heridas. Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía. Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sobra está vencida”. Las canciones, los poemas, la propaganda… nos indican que el amor no es sólo emoción. No es sólo enamoramiento. Es más que todo eso. Amar es un sentimiento tan delicado, es una fuerza potente que nos hace sufrir y sacrificarnos por alguien. La madre, que ama a los hijos, hasta dar la vida por ellos. Un joven enamorado, que lucha y se supera por la niña de sus sueños, que hace lo que en otras condiciones sería imposible. Lo mismo que el misionero o la religiosa, quienes quedándose célibes para dedicarse por entero a la construcción del Reino de Dios, llegan a experimentar el amor más puro, que los impulsa a llegar hasta el heroísmo por el enfermo, la niña abandonada, el anciano, o sea, por personas que no son ni de su sangre ni de su raza. Al hombre se le salva haciéndole mirar hacia el amor. El hombre sale de su soledad estéril escuchando, admirando y amando a los hermanos, es decir, caminando en el amor.

El amor no mide, no espera, no calcula, lo entrega todo. Es gratuito. No busca recompensa. En la Primera Carta a los Corintios 13, 1-13, descubrimos que San Pablo no se preocupa por definir el amor. Y esto porque no se puede hablar sobre el amor. Hay que haberlo sentido, hay que haber sido conmovido por él. El amor es una vivencia originaria de nuestra vida. Es algo tan sublime que no tiene origen en el hombre: es Dios quien lo siembra en el corazón, como irradiación de su mismo ser, que es amor. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). El amor es una semilla de bien que embellece y orienta la vida y que por lo tanto necesita ser cuidada y potenciada mediante el servicio desinteresado a los demás. En esto consiste el amor auténtico. Y es que en definitiva, el modelo del amor es Cristo, quien entregó su vida por el hombre y la entregó hasta la muerte de cruz, a tal punto que Pablo de Tarso y todo ser humano puede llegar a decir “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20) . En Cristo descubrimos que nuestra vida es una historia de amor, que comenzó eternamente en el corazón de Dios.

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