DÓNDE ES LA CASA DEL PRESIDENTE SANTOS
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Mucho deja qué pensar la frase del Presidente Juan Manuel Santos al recomendar a su Vicepresidente que mejor lave la ropa sucia en “casa” por haber criticado los criterios de medición de la pobreza que hicieron los expertos que Planeación y Minhacienda. Lo hacen “con motivos técnicos y son universalmente aceptados”, ratifica el expresidente liberal César Gaviria y lo aprueba (¡!) el flamante Presidente del partido Rafael Pardo. Oh, hallazgo tan derechista y tan excelso.
El ciudadano común se pregunta ahora, en qué país viven los expertos, los técnicos, los sabios, los ministros, el director de Fedesarrollo y quienes defienden ese absurdo engendro que produce la medición hecha en tal laboratorio. Pero más preocupa al hombre de la calle saber que su Presidente no sepa en qué casa vive. ¿Será que Santos se creyó que su casa es la Casa de Nariño, la de su antecesor? ¿Será que piensa que su casa es la Sala del Conpes, o el salón donde se reúne el Consejo de Ministros?
Si eso piensa tal vez está equivocado. No aprendió educación cívica antigua o no pasó por una academia donde se enseñara la Constitución Política. Porque el presidente es el representante de todo el pueblo y en él se refleja la majestad de la República de Colombia. Su Casa es todo el territorio Nacional y sus problemas son los de toda la Nación. Su Casa, entonces, es de puertas abiertas y no puede pretender cerrarlas o hablar a media voz o a secretos, porque se le debe a todos.
Darle a conocer a los ciudadanos su estado de cuenta, como darle a conocer la evaluación al alumno no es un ilícito. Ventilar al público los criterios que emplea el Dane, los artículos de una ley que grava al ciudadano, de un inciso que lesiona los intereses del trabajador no es faltar al “secreto” profesional. En cambio sí es faltar al deber de informar y representar cabalmente los intereses de quien votó por el jefe de estado o que se le escamoteen los derechos a saber qué se está tramando desde las llamadas altas esferas en contra de su bienestar.
Para eso elige un ciudadano a su representante máximo en la Nación. Para que lo resguarde, le haga aplicar justicia, lo libere de la opresión y, como autoridad suprema le proteja “en Colombia, su vida, honra, bienes, creencias y demás derechos y libertades, y para segurar el cumplimiento de los derechos sociales del Estado y de los particulares”. Const. Nal. Art. 2, inc. 2. Y para que no se le juegue sucio, como lo admite el Presidente en su frase.
No se explica uno si fue un lapsus linguae o un efecto del calor o una “descachada” como se dice en la jerga popular. De todas formas el Vicepresidente le ha respondido a distancia que en Colombia hay libertad de expresión y que por ostentar el cargo no ha perdido ese derecho.
Más bien haría el sonriente y aplomado Jefe de Estado en rogar a sus empleados de alto rango que tengan en cuenta su parecer antes de echar una chiva social a rodar. Para eso hizo pacto de trabajar en llave con un sindicalista de cuna y un ciudadano muy raso que come chicharrón y rellena y sabe bien qué cosa es lavar ropa sucia en este país que se resiste a ser tildado de “tercer mundo”.
20-09-11 - 18:40 p.m.


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