EFRAÍN GAITÁN ORJUELA, VIEJO MAESTRO, ADIÓS
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Miro por encima de mi hombro y me parece verlo. Sonriente, festivo, de ojos limpios detrás de sus gafas pobres. Caminaba erguido por los pasillos del seminario claretiano en Bosa y nadie sospechaba que el mundo lo esperaba allá, junto al Mar pacífico y al río A-trato. Era mi profesor joven entre tanto profesor viejo como Mugira, Valtierra y Efrén Beltrán. Yo tenía 15 años y mis pasiones eran, en su orden jugar fútbol y estudiar latín e inglés.
Por motivos que no me explico, ese año 1955, el padre Gaitán se nos presentó como sustituto del profesor de griego, que pasaba a la reserva. Los textos de Berenguer Amenós, eran las guías donde garabateábamos las letras madres de nuestra lengua. Alfa, beta, delta, gama, hasta omega. Algo traducía, aprendí a conjugar los verbos y sabía algo de pies métricos y de Homero. Un día trajo un diccionario gordo de griego y, como si fuera un galeno, nos dijo: “Muchachos creo que con ustedes puedo realizar una odisea. Desbaratemos este diccionario y traduzcámoslo al castellano para así aprender la lengua”. Esta era la estatura de un gigante de la Palabra. Empezamos la titánica labor, pero algún suceso raro nos lo quitó de profesor.
Al año siguiente supe con alegría y sorpresa que estaba de director de una hoja dominical en la parroquia de El Voto Nacional de Bogotá y que acababa de publicar el libro Biografía de las palabras. A pesar de mi condición de requ-interno en el seminario, me las ingenié para conseguir el libro. Como de unas 300 páginas, de la editorial Coculsa, en rústica, ilustrado con dibujos, el Padre Efraín Gaitán, - nuestro idolatrado profesor - había logrado entrevistar a unas 150 palabras y les había publicado su origen y sus anécdotas.
El padre Gaitán Orejuela era un humanista de tiempo completo. Lo olí desde mi mocedad en el encierro. Lo presentí, lo presencié y lo sufrí. No pude creer que su Congregación que fue también la mía, lo hubiera apartado de su trabajo en la exitosa Revista El Voto Nacional y llevado al ostracismo. En 1964 terminó estudios de sociología y periodismo en la Universidad Pro Deo de Roma y regresó renovado a Colombia. Con seguridad allí conoció al cura Camilo Torres Restrepo e hicieron migas. Otro punto de resistencia para que el cura Gaitán estuviera cerca del poder hacer que la daba la Palabra y su don de gentes.
Sus superiores – así se decía - , en verdad, eran muy perspicaces y sabían que el padre Gaitán era capaz de mover opinión con su inteligencia y que era un peligro social porque en su mente hervían incandescentes ideas rebeldes.. Buscaron una fea manera de sacarlo de la dirección de la Revista, pero no pudieron disuadirlo de servir al pueblo en el lugar que el fundador Claret lo hubiera mirado complacido. En Chocó. Junto a los Catíos, a los Chamíes, a los Emberás y la irredenta negrería.
Llegó algo triste pues había dejado sus amistades, la facilidad de acceso a los manjares del teatro, las audiciones de música, las bibliotecas, los museos, pero encontró virgen el terreno para sembrar ilusiones en comunidades iletradas y necesitadas. Cambió el jet, el trato con la facilidad y el servicio rápido por los viajes en canoa, por las comidas sudadas de plátano, pescado y por la sonrisa sincera de indígenas y negros que estaban lejos de la vida ciudadana.
Y no se retiró de cura. Selló como oveja negra su boca y pidió ser enviado a ayudar a la población sufrida de Chocó. Allí estaría ocupado y dedicado a exaltar el valor de negros e indígenas emberá-catíos. Prefirió servir a estas comunidades marginadas y abrió escuelas, colegios, periódicos y emisoras como “La voz de la Selva”. Llegó a Bojayá en 1967, trasegó por los ríos Baudó y Atrato, por Acandí, y por fin llegó a Quibdó. Allí lo encontró en plena actividad la muerte, el pasado 14 de marzo en una calle con huecos, bajo las dos ruedas de una irresponsable moto. Sin sotana ni birrete. Con los honores del silencio y sin que la Congregación lo llorara. Se libró de que una EPS lo atendiera y de recomendaciones para que lo salvaran. Se llevó con él su amor por los marginados, encerrado en la rota caja de sus arterias. El Espectador registró con este titular su muerte: “Falleció el padre del periodismo chocoano”*. Supe de su deceso apenas hace dos semanas y no me cansaré de recordarlo y desear su suerte.
03-09-11 - 16:34 p.m.
* http://www.elespectador.com/impreso/columna-256908-fallecio-el-padre-del-periodismo-chocoano


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