viernes, 23 de septiembre de 2011


EL IMÁN DIABÓLICO DEL PODER

 
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

¿El poder es un don que dan los genes, o es un atributo robado a un dios lejano o es un maleficio que infunde satán entre sus socios? Vaya interrogante que siempre se han hecho los hombres de todas las edades. Los excesos, los odios, la codicia, su brillo, las luchas que ha ocasionado, las guerras que ha desencadenado invitan a conjeturar sobre su origen y naturaleza.

¿Qué es el poder que habita en el fondo del pecho y sale por las manos y las uñas y explota por las venas? ¿Es un halo que brota como el incienso en las iglesias o como el azufre que sube de las llamas y por entre los cuernos de un infernal dragón? ¿Es el poder una fuente inasible e imposible de mantener encerrada en una celda, un borbotón de sangre en los ojos, un deseo nunca saciado de abarcar, dominar y manipular? ¿Es un deseo que se despierta por la mañana, corre sin rumbo a medio día, se encabrita por las tardes y bebe licor y se embriaga por las noches? ¿Es un hervor que sube desde los pies hasta la cabeza, que calcina las buenas intenciones, que no se detiene ante lo sagrado, que arrasa y quema y solo se satisface cuando el frío de la muerte llega hasta el cerebro?

Esto último, y más que eso, es el poder que tiranos, gobernantes, políticos, jerarcas religiosos, jeques y caciques amasan en su mano. Tiene su origen en la cumbre del cráter donde nace la bilis, se asienta el cerebro de los homínidos y es el desván donde se urden y maquinan pactos, orgías y traiciones.

El poder encandila, ensoberbece, enferma pues da la sensación de satisfacción, de triunfo. Quien lo experimenta se frota las manos y mira con desprecio a los de abajo. Similar a como lo hacían el ministro Arias o Palacios o Juan Luis, Obdulio o cuando da noticias el jefe de Planeación o el Minhacienda.

Cuando alguien llega a sentir el abrazo del poder, se mira al espejo y por encima de su hombro ve cómo sale un humo mefistofélico por detrás de su nuca. Todos los que lo rodean notarán que el poderoso se porta como un dios terrible, tirano y sin entrañas, como un patán capaz de herir, matar, confabular o de cualquier cosa, con tal de ganar en la partida.

El poder, sí, es un don que cuando se inocula en el cuerpo y en las neuronas de un humano se apodera de él y tiene la capacidad feroz de hacer el mal o el bien disfrazado de favores y prebendas, como pago a sus aliados. Igual que un ciclón o un huracán absorbe con su fuerza, es incontenible como el fuego atizado con gasolina. Lo hemos visto en nuestra patria, en nuestras ciudades, en nuestros campos. Lo han tenido gobernantes, politiqueros, capos, militares, guerrilleros, empresarios, terratenientes, ganaderos.

Ah… el poder. Cualidad etérea que se pega al alma y no cabe en el bolsillo ni en la chequera ni en el banco ni en la funda del revólver. No vale rezo, ni lágrimas, ni la súplica de una mujer hermosa que se vende. Todo cae ante el peso del poder que jamás tendrá medida ni límite. El poder, es un brazo largo que ahoga cuando alcanza.

23-09-11 - 9:39 a.m.

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