EMPLEO EN CALLES Y ANDENES
Calle 9ª entre Car. 10 y 11 en Cali-23-09-11
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Las calles, las plazoletas, los andenes, las esquinas de las avenidas y los semáforos ya han perdido sus nombres. Se han convertido en lugar de ventas de baratijas, adornos, chicles y artículos raros como ungüentos, remedios caseros, dijes de chocho, camándulas y gorras. Están tan llenas las fábricas y almacenes y empresas estatales y privadas que ya no caben dentro.
Quien no tiene empleo o quien ha sido botado de empresa oficial o privada aquí se le puede encontrar ofreciendo, sin hablar, mercancía de poco valor para pasar el día viendo pasar a la gente y conversando con sus vecinos de mala suerte. Allí usted podrá ver cómo llega el Dane y empieza todos los días a contar cuántos más han llegado a colaborar para bajar la tasa de empleo y llegar a la mínima cifra de un dígito y darle gusto a Juan Manuel y cantarle a la Prosperidad.
En Cali hay más de diez cuadras en donde se consigue cuanta baratija usted necesita. Una pila de reloj, un celular, un encendedor, unas zapatillas chiviadas, un juego de dominó, diez tienditas de licores sin estampilla, cuatro venticas de café tinto, juegos de toallas, de carpetas para mesa, todo para fiestas, regalos de 2 a 5 mil pesitos, puntillas, relojes de pulso, camisas, yines, pantalonetas, muchos almacenes de turcos y libaneses de zapatos, estatuillas de santos y ángeles, botones y cuentas de vidrio para pendientes y collares, manillas, aretes. Sí, en el Pasaje Cali, en Ata, El Taiwán o La Fortuna.
Allí comparte uno la calle, mientras se toma un Café Orozco, con locutores baratos, vendedores de minutos, desocupados que miran, señoras disfrazadas que quieren comprar barato lo que no alcanzan en El Éxito o Unicentro, vendedoras de frutas y asadoras de chorizos y arepas o vendedores de la última película en cartelera o la canción de moda. La propaganda decía que usted podría conseguir allí “desde una aguja hasta un elefante”. Y es verdad.
Allí usted puede ver la necesidad de la gente en blusa gastada y shorts casi rotos. Podrá ver a multitud de jóvenes, gente vieja, bicicletas que pasan volando, taxis que intentan meterse, coteros de camiones con carga de pañales de niños y ancianos, hombres y mujeres con su cajita colgada al cuello con las bananas y chicles, con el cigarrillo y los fósforos. Por supuesto que no dan factura. El hambre no da papeles. Otros ofrecen agujas o lápices, alguno ofrece un reloj de oro, otro está parado en la puerta del Ley y vende loros recién traídos de Orito.
Por allí jamás va el Alcalde. Se le vio por allá hace cuatro años cuando fue a pedir voticos para mejorar al enfermo, porque es médico sin fonendoscopio. A veces llega la policía a ver qué puede pescar en semejante río de pobreza. A veces llega la Dian cuando se entera por los informantes que llega un cargamento bueno. Toda la gente se altera y se pone pilas. No. No van a mirar la calidad del empleo o a ver si tienen seguridad social, o si algún día si se enferman tienen para ir a la cita. No, ellos solo se preocupan por si pagan impuestos o si ocupan el espacio público.
Vaya, que sí hay empleo y vaya, a ver si hay aumento cada que pasan las horas. Que venga el Dane y saque fotos, que cuente cuanta gente cabe en metro cuadrado y que nos diga que vamos llegando al límite. Pronto vendrá el famoso flautista y saldrán bailando como ratones en Venecia vendedores muy famélicos. Pero haciendo buena cara, pues dicho está que el Colombiano no se queja y que las noticias y expertos dicen que en Colombia el crecimiento económico está por encima del 5.5 por ciento y la productividad no alcanza al 1.0%. ¿De dónde sacarán ambas cifras?
26-09-11 - 11:42 a.m.


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