Por Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Sobre el amor y la amistad se ha escrito mucho, no obstante, en Septiembre hay una coyuntura muy especial para que meditemos sobre esas “cosas fundamentales” de nuestra existencia.
Todos hemos de aprender sobre aquellos sentimientos, en un mundo en el que hay carencia de amor y amistad. Dice el zorro en El Principito: “Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos” (El Principito, A. de St. Exupery).
Es la triste realidad que se vive hoy, por ejemplo, en el campo de las nuevas tecnologías, que mal utilizadas, en lugar de generar espacios para relaciones humanas más auténticas, pueden causar empobrecimiento en la vivencia de los sentimientos que nos permiten crecer como auténticos seres humanos. Se habla por ejemplo, de “ciber relaciones”, que son comunicaciones realizadas por medio de la red, en las que se da una sensación de intimidad, como si todos los participantes fueran viejos amigos. No hay rechazo y aceptan a la persona como es y aparentemente sin exigencias físicas. No se teme a las consecuencias de las palabras o de los actos, porque nadie conoce la verdadera identidad. El chat, que generalmente es anónimo, hace que muchas personas pierdan la vergüenza, se sientan más seguras y olviden sus complejos e inseguridades, al igual que llegan a expresarse con más libertad. Esto se convierte en problema grave, cuando se le toma como única forma de vida social y el individuo se pasa horas y horas en el chat, olvidando a los amigos reales, las actividades sociales y responsabilidades, los paseos en la naturaleza, el deporte, en fin, y es que si no se aprende a vivir plenamente la vida cotidiana, difícilmente se entra en una verdadera relación de amistad consigo mismo, con los demás y con el Creador.
A veces olvidamos que la amistad es una de las más profundas experiencias humanas. Sentir alguien cerca, que te acepta como eres, que te aprecia porque eres tú mismo, que trata de compartir contigo lo bueno y lo difícil. Te corrige porque te quiere y porque le duele tu error, ya que el amigo verdadero entiende, en cambio el amigo falso juzga. El verdadero amigo te comprende sin decir muchas palabras y te es fiel a pesar de todo. El regalo de una verdadera amistad hay que merecerlo. Estar presente sin invadir la intimidad, pues la verdadera amistad hace crecer al otro y le lleva a ser autónomo e independiente; tener confianza sin olvidar el respeto, recibir con gratitud, pero sobre todo dar siempre. No acaparar al amigo ni alejarlo de los demás, no dañarle el corazón con informaciones negativas, no reducir su libertad interior. Ayudarle a crecer, buscar juntos horizontes cada vez más altos y más amplios, ya que “mientras existe amistad hay una experiencia de lo absoluto, de un Dios. En la amistad se actúa inconscientemente un anticipo de la totalidad del ser. Por eso tiene el carácter de superación. Cuando dos seres se compenetran en su interior mutuamente se superan” (I. Boros). Esto solo se logra siendo generoso, sacrificándose, prefiriendo el bien del amigo al propio. La amistad exige paciencia, lealtad a toda prueba. Escuchar al amigo en sus palabras, en sus silencios, en sus actitudes. Amarlo porque es él, no porque responde a la imagen que de él nos hemos hecho. I. Boros enseña que “en la amistad se ilumina todo el conjunto de nuestra existencia. Por medio de la amistad adquieren las cosas de este mundo una luz sobreabundante, surgen a la realidad como de una luz divina. La amistad puede ser una actualización inconsciente de la presencia de lo absoluto en el mundo”. Todos tenemos que aprender a ser amigos, antes que tener amigos, sin olvidar que Cristo es nuestro auténtico amigo. Él nos ama, a pesar de nuestros límites, es fiel, aún en nuestras infidelidades. Siempre podemos contar con Él, ya que no recorta nuestro ser ni nos defrauda. Acercarnos a Él es potenciar nuestra capacidad de amistad, por eso nos dice: “El amor más grande que uno puede tener es dar la vida por sus amigos… ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho” (Cf Juan 13, 13-15). Que en el mes del amor y la amistad antes que preocuparnos por dar cosas, nos preocupemos por ser verdaderos amigos.

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