Por: Padre Edwar Gerardo Andrade Rojas
egarpbro@hotmail.comCada vez es más clara la importancia de la Sagrada Escritura para la vida cristiana y por ello, la celebración en Septiembre del mes de la Biblia, es ocasión oportuna para que nos demos cuenta de la centralidad que ella debe tener en nuestra existencia, además de la urgencia de entenderla mejor y más profundamente, ya que la Escritura es fuente de vida espiritual y lugar de encuentro con el Dios vivo y verdadero.
A este respecto, el Papa Benedicto XVI expresa con particular elocuencia cómo la Palabra de Dios “no se contrapone al hombre, ni acalla sus deseos auténticos, sino que más bien los ilumina, purificándolos y perfeccionándolos. Qué importante es descubrir en la actualidad que sólo Dios responde a la sed que hay en el corazón de todo ser humano. En nuestra época se ha difundido lamentablemente, sobre todo en Occidente, la idea de que Dios es extraño a la vida y a los problemas del hombre y, más aún, de que su presencia puede ser incluso una amenaza para su autonomía. En realidad, toda la economía de la salvación nos muestra que Dios habla e interviene en la historia en favor del hombre y de su salvación integral. (cf Verbum Domini. 23).
Sin lugar a dudas, es menester descubrir que lo fundamental no es que obtengamos unos conocimientos sobre la Biblia, sino que adquiramos una actitud interior hacia esa Palabra viva, creadora, penetrante y eficaz: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca. No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué”. (Isaías 55, 10-11), en definitiva, una actitud que nos lleve a vivirla, ya que - dice San Gregorio - “No causa admiración el que conoce la Palabra de Dios, sino el que la cumple”. A tal punto que, en “sentido figurado”, podemos hablar de escribir nuestra Biblia, o de las glosas de la biblia escritas en nuestra propia vida, como nos indica Juan Manuel Martín Moreno: “existen cuatro evangelios canónicos, contando la obra de Jesús según Mateo, Marcos, Lucas y Juan. A cada uno de nosotros se nos invita a escribir un quinto evangelio narrando la obra de Jesús en nuestra propia vida: el evangelio según san Miguel, Isabel, Javier…”.
Hay un acontecimiento que nos sirve para cuestionarnos sobre la necesidad de escuchar la Palabra que nos da vida: en una pequeña iglesia de una isla del Pacífico del Sur, un domingo, al terminarse la misa, el sacerdote le pidió a uno de los presentes que hiciera una oración antes de irse todos. Éste la hizo de la siguiente forma: "Señor, muy pronto cada uno de nosotros nos marcharemos para nuestras casas. No permitas que las palabras que acabamos de escuchar sean como la ropa que llevamos puesta, que al llegar nos la quitaremos y, bien dobladita, la meteremos en un cajón, hasta el próximo domingo."
Este hecho nos sirve para reconocer que a veces escuchamos sin mucha atención las lecturas Bíblicas en la Sagrada Eucaristía, o sacamos poco tiempo para leerla y conocerla mejor, lo que es muy triste, ya que nuestra indiferencia por la Escritura muchas veces no hace sino poner de manifiesto nuestra indiferencia por Dios. Decía San Jerónimo que “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” y aconsejaba “Nunca se aparte el sagrado libro de tu mano ni de tus ojos”, esto con toda razón ya que todas las Escrituras hablan de Cristo y en toda la Escritura se revela el corazón del Señor. Aún más, San Gregorio Magno hace este llamado: “Conoce el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires por las cosas eternas”.
En este mes estamos llamados a reconocer que “la lectura asidua de la Escritura nos hace adquirir la ciencia suprema de Jesucristo” (Cf D. V. 25. Flp 3, 8), de tal manera que todos tengamos un encuentro más fuerte y vivo con esa Palabra divina. Cultivemos el amor a la Sagrada Escritura, para disponernos a oírla, meditarla, memorizarla, vivirla, personalizarla y proclamarla. Que todos, ante la Palabra de Dios, digamos como Salomón: “Dame Señor un corazón que escuche” (1 reyes 3, 9), y por tanto la tengamos como camino necesario para llegar a un auténtico encuentro con el Dios vivo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada