LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ANGELINO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
A nuestro Presidente lo llama el vulgo Juanma. Al vicepresidente Angelino. No es un ángel, apenas le alcanzó para ser un diminutivo. Pero tiene el alto cargo sin funciones que le otorgó la Constitución y que le concedieron los votos en el dúo dinámico de la última elección que dio al traste con la ambición del dictador.
Ciertamente no tiene sino una función clara. Sustituir al Presidente tal como lo prescribe la carta y su período será el mismo del Presidente. Tiene ese derecho y nadie puede recomendarle que ojalá renuncie. No es un simple ministro ni jefe del Das ni un general de la república para que tenga responsabilidad de sus opiniones a cerca del gobierno.
No había tenido Colombia en estos 20 años un vicepresidente con la agudeza y sensibilidad social de este bugueño. Sindicalista, desabrochado, algo fiestero en sus declaraciones, sin sombrero de ala ancha pero de mirada un poco sentenciosa con un dejo malicioso. ¿Quién podrá emularlo en la cizaña que deja tras él cuando mete su nariz en asuntos que el Gobierno, -a él no lo incluyen, tal vez – toca la fibra más vulnerable del “pueblo” al que él pertenece con su talante todavía provinciano?
Que le digan a un ministro que no se meta en la cartera de otro está bien, que no invada terrenos ajenos ya ocupados por otro, pero al Vicepresidente la Constitución no le prohibió mezclarse con la suerte de los más necesitados. Ni al Presidente, ni a Planeación ni a los ministros de Hacienda, ni de Minas, ni de Salud. Por eso le toca a él ante el pequeño olvido de la Carta. Le toca suplir ese encargo que bien pudo ser explícito. Poner un poco la tranca a los excesos de maltratar al pobre, a los desplazados, a las minorías, a los campesinos, a los trabajadores asalariados por parte de quines hacen y cortan el ponqué de la fiesta.
Que hable Angelino, que incomode, que pique como moscardón la espalda a las vacas sagradas. Para que batan la cola, se revuelquen en sus sillas y se alboroten el cabello. Pero que alguien diga desde lo alto que la torta del erario es para todos. Que hable claro y a voz en cuello, que su casa es toda Colombia y no el Conpes ni el Consejo de Ministros.
Angelino sabe, aunque algunos lo vean de bajo perfil, que de la mesa directiva nadie lo puede sacar. Mal hacen los medios en dar volumen a un discurso de Santos que dice que quienes no estén de acuerdo con los criterios de medición de la pobreza, se retiren de su lado. Olvidó por un instante que Angelino fue elegido popularmente como fórmula conjunta y por los mismos votos por los mismos cuatro años. No es la Constitución el manual de Maquiavelo que recomendaba al príncipe darle una patada en el pecho al ministro cuando discordaba de su voluntad o designios.
El Vice Garzón fue visto con buenos ojos durante la campaña porque era una mediación entre sindicatos y banca, entre estratos bajos y altos, entre pobres y ricos. Eso, afortunadamente, no lo ha olvidado Angelino. Y Santos le daba la mano.
Como la historia rosa del mendigo sindicalista que llegó a ser Vicepresidente, Angelino vuelve sus ojos a la gleba y le quiere dar un beso de consuelo y un sabroso pandebono con dulce manjar del Valle.
19-09-11 - 9:10 a.m.


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