lunes, 12 de septiembre de 2011


LA TERNURA DEL ABRAZO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Tarde aprendí que el abrazo no es pecado. De niño recibí besos, regalos, dulces y palmaditas de cariño. No experimenté los abrazos. Los vi en películas cuando las divas eran estrechadas al pecho por el galán de turno. Y se me grabó en el inconsciente que abrazar era símbolo erótico y forma sensual de expresar el deseo. Y mucho más si a quien se abrazaba era a una fémina. A las mujeres no se les podía mirar, ni tocar, ni desear ni mucho menos abrazarlas porque seguiría el beso y la cama. Esas fueron las escamas que me crecieron en la vida de convento. Tal vez los ángeles no se abrazan.

En esta sociedad despiadada, mercantil y pacata hace falta la frecuencia del abrazo. La antropología y el derecho nos han encerrado en esquemas y nos han circunscrito la distancia que separa a un individuo de otro cuando se saludan. Cada uno es un dios, con derechos e intocable. Usted allá, con su libre personalidad y yo acá en el frío de la unicidad sagrada.

Se ha endiosado la independencia, la distancia. El saludo, dirán la urbanidad y la etiqueta, debe ser de mano, a medio metro de distancia. No habrá abrazos ni besos. En las conferencias prematrimoniales se hablará de obligaciones, de cuidados de los hijos, de educación y veda de anticonceptivos, pero no se hablará de muestras de afecto. Quien no tiene, no puede dar ni recomendar.

Cómo nos estamos perdiendo del mágico poder del abrazo. Más, quizás, que el del beso. El beso está reservado para amantes. Digo, del beso de verdad que canta Legido. No de esa mueca que se espeta hoy juntando mejillas y enviando un simulacro de beso al aire, mirando para otra parte y pensando otra cosa.

El abrazo es una expresión física que nace de un sentimiento de afecto. Se produce cuando dos personas se encuentran y un halo, una fuerza emocional, impulsa a rodear el cuerpo del otro con toda el alma para manifestarle amistad, gratitud y la sinceridad de nuestro aprecio. Un halo de nuestro ser sale de nuestro interior y se vuelca caluroso en un círculo que se forma entre los dos seres para fundirse en una sola intención de fraternidad y humanidad, como las dos partes de un cuadro.

Cómo nos falta a todos comprender el valor del abrazo y practicarlo. Los esposos entre sí y los padres a los hijos, los hermanos entre sí, hasta lograr introducir el abrazo en la cultura ordinaria. Cómo siente uno el apretón de los dos brazos cuando se abalanzan contra el pecho y abarcan los costados y la espalda. Es todo el ser del otro que se le viene como un mundo sobre uno. Se eleva la autoestima, se estrechan los vínculos de familia y de amistad. No es un pago por favores ni de negocios, como los que daban los fratelli sicilianos para sellar un pacto o para señalar su fin. Es tan necesario que la niña abraza a su muñeca.

El abrazo lleva consigo una dosis larga de ternura para se llame abrazo. A veces se derraman lágrimas con el roce de la piel o cuando se asienta la barbilla contra el hombro o se recibe la felicitación o se dice adiós al emprender el vuelo. ¿Por qué nos dará tanto miedo adelantar el cuerpo y abrir los brazos para abrazar al hermano?

29-06-11 - 10:52 a.m.

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