Por: Luís Barrera
Si en la política no se mintiera y engañara, seguro que la participación en las urnas de los electores sería mucho más copiosa y las democracias saldrían robustecidas.
Estamos ad-portas de unos comicios regionales en las que elegiremos nuestros futuros gobernantes y dirigentes en medio de una variedad de aspiraciones y tendencias, pero sin el entusiasmo y la mística de otras épocas en las que las disciplinas partidistas, la lealtad y los compromisos eran sagrados a la hora de decidir los destinos de los pueblos.
¿Cómo acercar la política al ciudadano?; ¿cómo exorcizar esa impresión de que todos los políticos mienten por igual y por lo tanto es lo mismo votar por unos o por otros, o no votar?; ¿con qué anticuerpos inmunizar contra la indiferencia?
Bueno, la respuestas está en que los políticos que mayor éxito están teniendo son aquellos y aquellas, que han ganado credibilidad en la opinión pública porque son coherentes y serios en sus compromisos y promesas, que no han resultado “faltones” a las expectativas y esperanzas del electorado, que no han cumplido porque sencillamente no han mentido ni engañado a la confianza depositada con ilusión.
Lo mejor en la política es que no se mienta. El grado de tolerancia con respecto a la mentira política es un indicador barométrico de la calidad de la democracia. La mentira es afirmar algo que sabemos falso, con la intención de engañar o confundir. Al mentir, el político o dirigente mentiroso acrecienta su propio poder y reduce el nuestro
La gente ya no está tragando entero. Así no exista una verdadera cultura electoral en nuestro medio caucano, ya hay un electorado exigente y creemos que el político mentiroso está contando sinceramente su verdad y, al creerle, cedemos parte de nuestra libertad en función de la mentira. Pasamos a estar sometidos a la voluntad del otro.
El problema se presenta cuando, a sabiendas de que nos están mintiendo, aceptamos esas mentiras políticas que nos dicen y las convertimos en verdades, bien sea por miedo, por ignorancia, por comodidad o por cualquier otro motivo. Es en ese momento cuando el ciudadano pierde su capacidad de premiar o castigar a sus gobernantes, de acuerdo a sus actos de gobierno, y queda permanentemente sometido a la voluntad de los dirigentes políticos y al vaivén de las conveniencias coyunturales.
Para que funcionen, las democracias necesitan que sus decisiones sean informadas. Ello significa que los representantes de los ciudadanos han de ser tan veraces como sea posible. Sin esa sinceridad pública, el ciudadano de a pie, no puede, por ejemplo, tomar una decisión acertada sobre el candidato que mejor representa sus intereses. Y en la medida en que no puedan tomarse esas decisiones, el proceso democrático resultará ilusorio y el poder del pueblo quedará reducido a un mero eslogan.
Siempre se ha dicho que “al perro no lo capan dos veces”. La democracia es incompatible con la gran mentira política. El político que miente es enemigo de la democracia, aunque haya sido elegido democráticamente.
El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer. El político mentiroso tiene dos males: que ni cree ni es creído y es como la Luna: con una cara oscura que a nadie enseña.
Pero la mentira en estos gajes de la política “tiene patas cortas”, es decir, que no llega muy lejos; porque los mentirosos tienen que tener ante todo muy buena memoria, si no quieren ser descubiertos.

La verdad es que cuando alguien te ha decepcionado en poítica una vez, pierde toda credibilidad. Estoy muy de acuerdo con su columna.
ResponderSuprimirEste sólo ve la paja en el ojo ajeno...
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