miércoles, 21 de septiembre de 2011

A LOS 160 AÑOS DE LA FUNDACION DE TUNIA (1.851-2.011, 24 de septiembre)

Phánor Teran, desde Tunía, patrimonio cultural del Municipio de Piendamó.

Después de 77 años, que nos recuerdan el traslado de la cabecera Municipal del Distrito de Tunía, que así por aquel entonces se denominaba a los municipios, y cuya administración estaba ubicada en Tunía, a la floreciente y pujante Piendamó, parece absolutamente baladí seguir considerando que por las heridas normales que tal hecho ocasionara, digo, que resulta por demás intrascendente hablar de dos mundos apartes, de alimentar querellas e indisposiciones.

Cierto es, que ni para restañar las heridas ni para crear un sentido de pertenencia municipal, Piendamó ha dado muestras de gran talante.

No solo ha dejado en ascuas y sin resolución aquel viejo asunto de que aunque se hubiese trasladado la cabecera, el Distrito en aquel entonces, Municipio hoy, ha podido definir el nombre real del Municipio que en sana lógica se debería llamar Tunía-Piendamó como lo ordenaron y ordenan los documentos oficiales.

No ha dado muestras ninguna administración de grandeza, para construir la idea y el sentido de municipalidad, para integrar los ciudadanos y comunidades en un proyecto social que diera cuenta del ideario liberal, y al fin de cuentas ha terminado siendo el liberalismo de esta parte, fiel reflejo de lo que su jefe, Alfonso López dijera con certeza en cierta ocasión: una montonera.

Todavía el asunto del poder político, a estas alturas de la vida, sigue siendo cosa del sectarismo político y con él se edifica la alternancia del poder, los beneficiosos de usufructuarlo.

En la realidad, ni el campo ni la parte urbana han recibido el beneficio sustancial de ser parte de una municipalidad: la infraestructura vial del Municipio, siendo uno de los más pequeños del departamento es espantosa, la educación da grima con las escuelas y colegios destartalados, de cultura, mejor ni hablemos, de arte ni pensarlo, para no citar el asunto de aguas que de un acueducto regional ya va en tres, y del reguero de tubería veredal sin ton ni son, y la grima que dará el desperdicio de la época de la lechera con los sueños en las regalías.

Ni qué decir del asunto nunca ventilado públicamente como debería ser del Resguardo de la María, del de Pisitao chico.

Tampoco lo que se llaman movimientos nuevos tienen algo incipiente, alguna pizca que permita colegir un mejor futuro: el Verde, el Polo, Mira, Ues y demás engendros son repeticiones de la repetidera, y con alguna honrosa excepción, los nuevos estandartes y aspirantes de los partidos tradicionales no son sino la misma guasca con distinta perra: repartiendo cemento, ofreciendo tamales para llenar la geta, moviendo la mandíbula de las sonrisas, ofreciendo lo que no se les ha perdido: es que a los contratos y las prebendas se les puede aplicar el dicho español aquel que tiran dos tetas más, que una yunta de bueyes.

Los 160 años de Tunía la sorprenden no siendo lo que mínimamente el mandato legislativo municipal ordena. Cabecera de un distrito, que debía ostentar autoridad corregimental, descentralización de servicios, autonomía en las decisiones, enorgullecimiento municipal de su patrimonio cultural. A 160 años, la cuna de la municipalidad es en la administración una insignificante Inspección de Policía, que en los mapas oficiales figura todavía como Inspección Departamental.

Ni siquiera eso, se ha sido capaz de enmendar.

Qué tristeza, qué desengaño más hondo como dice el bolero. Para seguir con las sentencias de don Alfonso López, tampoco hay que quejarse demasiado: la tierrita no da para más.

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