Ecos de la Historia
Agencia de Noticias Vieja Clío. Bogotá, 1920.
Uno piensa que los colombianos biológica y racialmente hablando somos inferiores. Que nuestros corazones laten menos y por tanto insuflan menos sangre a las arterias, la que a su vez contiene glóbulos rojos menos numerosos y menos encarnados que los de los paraguayos, los peruanos o los argentinos. Que nuestra estatura es menor que la del promedio humano con excepción, claro está, de los esquimales, los pigmeos o los naturales de Madascar. Que nuestro hígado y nuestros riñones no nos protegen de las toxinas que ingerimos, en especial el alcohol, y en tiempos de hostilidades alcohol mezclado con pólvora, revoltijo de gusto espantoso que engañosamente otorga el valor necesario en un conflicto. Nuestras pupilas perciben menos luz que las de otros pueblos y nuestros cerebros sólo son aptos para la violencia y el trabajo físico, incapaces de generar una idea fructífera o un sólo pensamiento provechoso. ¿Qué no se pudiera decir de nuestro exiguo sistema inmunológico?
El otro sostiene lo contrario: que no hay diferencia entre el colombiano medio y un europeo cualquiera. Que nos defendemos mejor de la malaria que un francés o un ruso. Que el problema es tan sólo de contexto y oportunidad. Basta situar a un colombiano en la biota adecuada, el medio ambiente propicio y ya, tenemos un individuo capaz de dominar a cualquiera, superar cualquier obstáculo, prevalecer y triunfar. Uno se llama Miguel Jiménez López y es médico-psiquiatra y conservador. El otro, Lucas Caballero Barrera y es político y sociólogo, humanista y liberal. Ambos lucharon en la guerra de los Mil Días (1899-1902), uno como médico jefe de ambulancias de los ejércitos gubernamentales, y el otro como comandante de las milicias liberales y jefe del Estado Mayor insurgente. Jiménez López presenció la batalla de Palonegro, la más sangrienta y despiadada en la historia de Colombia. A Caballero las tercianas se lo impidieron y dejó un libro al respecto. Pero un detalle: aunque alineados en bandos contrarios, ambos sobrevivieron al conflicto.
La Agencia de noticias Vieja Clío, consciente de la importancia de la polémica suscitada tuvo a bien desplazar un corresponsal especial con el fin de entrevistar a los dos personajes y establecer el origen de opiniones tan divergentes y las consecuencias sociales y políticas que tales posiciones comportan. El pensamiento de Jiménez López proviene de la opinión que diversos extranjeros han emitido sobre nuestro país, en particular Alexander von Humboldt y Jean Babtiste Boussingault que pasaron por Colombia a comienzos del siglo XIX. A los dos europeos –tesis que acogió el sabio Caldas- les dio la impresión de que el hombre de las tierras tropicales era inferior al de las zonas templadas. La inferioridad natural del colombiano se manifestaba en un deficiente proceso nutritivo (énfasis en carbohidratos), una temperatura corporal inferior a la normal en un grado Celsius y en las escasas cantidades de glóbulos rojos presentes en nuestras venas; además de pandemias como el bocio (coto) que Humboldt halló por todas partes y en todas las clases sociales, habiendo muerto el alemán sin sospechar que la causa de tan grotesco padecimiento es la ausencia de yodo (es bien conocido que una vez incorporado el yodo a la sal de mesa, el coto desapareció de tierras colombianas). Por su parte, Lucas Caballero entiende al país como inmerso en un desarrollo capitalista irrefrenable en donde impera la diosa Razón que, a su vez, impulsa un progreso indefinido. Ligado, como está, por fuertes vínculos al mundo de los negocios, Caballero es un experto “hacendista” a quien no incomoda para nada el latifundismo y el caudillismo subsecuente. Los abusos y deformaciones de nuestra sociedad, muchos de los cuales son enfatizados por Jiménez López, serán eliminados por el “juez de todo lo existente: la razón pensante.” Se trata tan sólo de una cuestión de tiempo. Y agrega que para ello los reformadores modernos cuentan con un recurso desconocido por nuestros antepasados: las ciencias sociales.
En la otra orilla, y como insólito colofón, Jiménez López llega a conclusiones muy diferentes. Pone en tela de juicio el papel rector de las clases propietarias (3 % de la población) sobre las clases proletarias (el 97 %) y subraya: “No hay que olvidar que, mientras exista en nuestros países el régimen del gamonalismo, la arquitectura social reposa sobre bases muy movedizas. El caudillo no es, en definitiva, sino un gamonal agrandado.” Y, mientras el señor Caballero afirma sin rubor que “todas las dolencias colectivas las podemos curar”, Jiménez López se pregunta, apuntando a la preeminencia de las “élites”: “¿Qué ganamos con poseer algunos altos valores intelectuales y morales, si la inmensa mayoría no está en capacidad de secundarlos?” La Agencia noticiosa Vieja Clío se permite expresar que cruza los dedos y con verdadera fruición seguirá a la expectativa de tan interesante controversia y sus resultados en el tiempo.
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* La información de “Ecos de la Historia” es tomada de Jorge Orlando Melo y Álvaro Tirado Mejía, Nueva Historia de Colombia, 10 tomos, Editorial Planeta, Bogotá, 1989, Eugenio Gutiérrez Cely y Miguel Ángel Urrego Ardila, 1.001 cosas sobre la Historia de Colombia que todos queremos saber, Intermedio Editores, Bogotá, 1995, otros elementos de la historiografía nacional y Wikipedia.
Autor: Gonzalo Buenahora Durán (Historiador, Universidad Nacional de Colombia)
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