jueves, 22 de septiembre de 2011

Paul Disnard

MI ORACION POR SERBIA

Hiroshima fue el sacrificio, la advertencia cruel a la irracionalidad del hombre. El holocausto ha sido olvidado como si hubiera sucedido hace ya muchísimos siglos confundidos con la tierra y la arena de aquel monte que hoy llamamos Calvario.

Una mujer hizo de su amor eco de protesta y oración por los despojos de carne y piedra armada convertidos en pavesas, alarido siniestro, indescifrable hoy, de tantos que fueron inútilmente inmolados, cuando ya sus ejércitos habían prácticamente depuesto las armas y negociaban el armisticio. Pero el enemigo, dueño de un arma apocalíptica, soberbio y a la vez cobarde en su arrogancia tenía que rubricar con ese holocausto su advertencia a los otros pueblos que pretenden ponerse de pié para templar sus fuerzas.

Tiempo atrás un solitario desde el Lago de Lerma levantó su voz contra los mercaderes de la guerra. Esa voz encontró resonancia en la garganta de otros inefables seres cuya integridad y amor por la criatura humana - predestinada desde su expulsión de los predios edénicos - se acomoda en el cuero de la honda como un minúsculo guijarro que habría de golpear la frente del cobarde gigantón del garrote y la amenaza.

Romaind Rolland, Clemenceau, Tagore son ya polvo en el polvo. Las generaciones de hoy no conocen la historia, simple información para los advenedizos del Laurousse, nombres, cifras, letra muerta. Pero tú, Marguerite Duras, que sientes la llama púrpura y blanca de Hiroshima ardiendo intermitente en este crepúsculo del siglo, ¿dónde guardas tu oración por Serbia, la otra víctima que Europa sacrifica empecinadamente enajenada y sádica como también lo hiciera con España?

Los mercaderes de la guerra han desatado las más fétidas tempestades en esa Bosnia-Serbia que provocó la muerte del Imperio Austrohúngaro y anunció la libertad de los pueblos que estaban sometidos al despotismo y la autocracia. Convivieron allí fraternalmente, desde siempre, los católicos croatas y los serbios musulmanes con los serbios ortodoxos. Acaso los mismos que dieron muerte a Pablo en Roma han prendido la mecha de la intolerancia y el revanchismo. Acaso el deseo de monopolizar el petróleo ha convertido a los sabios discípulos de Mahoma en depredadores orquestados por los medios de información corruptos vendidos al mejor postor.

Fueron cobardes los aliados europeos en la primera guerra mundial para con los soldados serbios abandonados a su suerte, enfermos y famélicos. Francia los empujó hacia la muerte cuando el viento de la patria atrapada y sometida los llamaba y estos convalecientes de Salónica respondieron al llamado, con furia irrefrenable se lanzaron contra un enemigo superior en hombres y armas, contra un enemigo bien alimentado como sus caballos y bueyes, un enemigo cruel y cínico que se cebó en la población civil, que deshonró a las inermes mujeres serbias y colgó en la horca a los ancianos por amar a la patria y a los hijos que la defendían. Francia, como Inglaterra, se quedó a la retaguardia, a la espera, creyendo firmemente que estas huestes famélicas y enfermas serían destruidas, que el honor de Europa, el status del Imperio Austrohúngaro quedaría a salvo.

La munición inútil, los cañones inservibles que falazmente Francia les entregó los serbios substituyeron con su profundo amor y lealtad por la patria y con ese heroísmo inalterable que cantan sus trovadores recordando la resistencia de 500 años contra los turcos izaron la vida al tope en sus banderas y asaltaron la muerte, la acorralaron y la vencieron ante el estupor de sus cobardes aliados.

No ha sido Francia cobarde y falaz tan solo con Serbia. Lo ha sido también con España, con Argelia, con Indochina y con el pueblo judío traicionado vilmente y entregado a los verdugos conjuntamente con los refugiados de las brigadas internacionales.

Otrora el Danubio no sólo fue una frontera fluvial, fue un muro contra el cual apoyaron sus espaldas los heroicos caballeros serbios que impidieron que los turcos cruzaran la llanura panónica y enarbolaran las banderas de la media luna en la Catedral de San Esteban en Viena. Entonces el Imperio Austrohúngaro permitió que dentro de sus fronteras se asentaran enormes masas de familias de serbios ortodoxos fugitivos de la ira otomana que automáticamente eran farallones contra los cuales incesantemente se estrellaban las hordas musulmanas. Esos grupos ortodoxos han sobrevivido manteniendo incólume sus tradiciones, su idioma, sus hábitos y religión. Si hubo muchos que por razón de la sobrevivencia tuvieron que cambiar de credo la lengua común los mantuvo unidos hasta el momento en que Europa por sus oscuros y estrechos intereses los ha incitado a una intolerancia religiosa cuyas banderas no pueden amortajar ni cubrir tanta miseria, tanta destrucción y muerte!

¿Dónde está ahora tu voz, Romaind Rolland? ¿Dónde está ahora, Marguerite Duras, tu oración por Serbia?

Paul Disnard

"Llamadme el Combatiente"
Samoizdanje – Beograd 2002

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada