Gloria Cepeda Vargas
El martes 16 de agosto falleció el poeta, prosista, ensayista, crítico literario y educador andino Pedro Pablo Antonio de Jesús Paredes a los noventa y cuatro años de edad. Había nacido el 21 de enero de 1917 en el caserío La Raya de la Mesa de Esnujaque, en el Estado Trujillo al occidente de Venezuela. “Mi nacimiento es fronterizo, fronterizo el discurso de mi infancia, de buena parte de mi adolescencia, y mi formación intelectual igualmente recibió saludables vientos de frontera”, dice en “El emocionario de Laín Sánchez”, Caracas, 1965.
![]() |
| http://www.letralia.com/ |
Lo conocí una tarde de agosto de los años sesenta en el auditorio del Parque Arístides Rojas. Quizá había llegado para asistir a alguno de los eventos literarios que nos reunía en aquellos tiempos. Me sorprendieron sus ademanes sencillos y esa corteza recia y dúctil que caracteriza a los hombres y mujeres nacidos al amparo de la cordillera que flanquea el Pacífico continental. Después seguiría su trayectoria en los suplementos literarios y las revistas especializadas donde colaboraba asiduamente. Sus frecuentes visitas a Caracas eran fiesta de la palabra y el espíritu. Para nosotros, los entonces jóvenes miembros de la Casa del Escritor, era un maestro de la investigación, un orfebre de la palabra, un modelo de buen ser y buen decir.
En el año de 1939 se radicó en San Cristóbal para cursar estudios en la Escuela Normal Federal, en 1943 recibió el grado de Maestro Normalista y en 1953 egresó del Instituto Pedagógico de Caracas con el título de profesor de Castellano, Literatura y Latín. Fue docente de la Escuela de Formación de Guardias Nacionales de las Fuerzas Armadas de Cooperación y en la Escuela Militar de Venezuela, columnista y colaborador de los diarios “El Nacional” y “El Universal” de Caracas y de las revistas “Shell” y “Nacional de Cultura”. Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, de la Asociación de Escritores y del Círculo de Escritores de Venezuela, de la Sociedad Bolivariana de Cúcuta, de la Sociedad Bolivariana, del Centro de Historia, de la Academia de Historia y de la Sociedad Bolivariana del Táchira.
A lo largo de su fecunda vida, sembró y regó juiciosamente una sólida obra literaria: “Emocionario de Laín Sánchez” (1965), “Calificaciones” (1966), “Leyendas del Quijote” (1976), “Antología de la Poesía Venezolana Contemporánea” (1981), “Pueblos del Táchira” (1982), “La ciudad contigo” (1984), “Bolívar escritor” (1984), “A la luz de Bello” (1988), “Entre patria y patria” (1999), “Gavilla de lumbres” (2000), “Colombia en el corazón” (2001), “Pura música” (2002) y “El soneto en Venezuela” (1962), breviario que codifica con esmero la historia del soneto en el país, desde los claroscuros coloniales hasta las logradas expresiones poéticas de los años sesenta.
Corría la década del treinta en una Venezuela que apenas despertaba del terror gomecista. Los grupos literarios “Helios”, “Bloques” y “Mástil”, abrían paso a la palabra, por tanto tiempo silenciada para después, en los años cuarenta, el grupo “Yunque”, promovido por Luis Felipe Ramón y Rivera compositor musical, poeta y folklorista, rescatar con éxito la música de la región para confinarla en las páginas de “El folklore tachirense”, el mejor texto regional producido en Venezuela sobre la materia escrito por él en compañía de su esposa Isabel Aretz. Lo secundaban desde las trincheras de “Yunque”, el pintor y poeta Manuel Osorio Velasco y Régulo Burelli Rivas y Pedro Pablo Paredes, ya para entonces poetas de renombre.
Durante casi cincuenta años este hombre modesto y talentoso, en compañía de un grupo de esforzados intelectuales andinos, luchó denodadamente por el reconocimiento de la cultura tachirense, en una labor árida, con pocos seguidores y escasos o nulos auxilios del estado.
Me enteré de su fallecimiento por una pequeña nota aparecida en las páginas interiores de “El Nacional”. El apostolado que exaltó el talento tachirense y la producción literaria del país mediante una faena asombrosa y casi utópica, parece no tener cabida en las conferencias, actos culturales o medios de comunicación de un país que debe tanto a su esfuerzo y talento.
Fue un soldado de ese contingente de lúcidos escritores alimentado con los rigores y las dulzuras de nuestra frontera común. Por eso y por hombre de bien, escritor consumado y selecto ciudadano del mundo, debo escribir estas modestas líneas como tributo a esa tarde de agosto cuando a la sombra de las enredaderas del “Arístides Rojas”, me tendió la mano un venezolano cabal: el poeta, ensayista, crítico literario, educador y siempre caballero Pedro Pablo Antonio de Jesús Paredes.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada