SUEÑOS, FUEGO Y MUCHA POESÍA
Marga López Díaz en su Taller Aluna en Cali
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Yo soy fuego y por eso tiemblo
y me consumo.
Que nunca sea fuego
quien tiemble de ser humo.
Porque el humo, es la vejez del fuego.
Del poema El pórtico de Melpómene. Arturo Capdevila.
Otra vez volvió a calentar el sol en Cali y volvió la poesía. Otra vez volvió la poetisa Marga López Díaz con su saya ancha y sus mejillas de carmín y gracia. Otra vez volvió Marga a reunir con su voz de juglara al redil de ovejas y venados que vienen a triscar en el plácido campo donde una vez estuvieron Gaitán Durán, Silva, Juana Inés o Li Tai Po.
En el Centro Cultural y por convocatoria del grupo Jueves de Centenario, Marga es maestra, cencerro y sibila. Ella abre tabernáculos y portales a quienes disponen su gusto a probar el manjar de la Palabra y a oír la música que sale de los versos y las metáforas. Al mando de su conjuro aparecen mundos impensados, voces ancestrales y la paz recorre pechos, mentes y acalla tempestades y quejas.
La poetisa ya laureada de corona y mirtos, sentada por horas trajo una poción de agua, fuego, vino y ensueños de la cosecha de Gastón Bachelard. Empezó con el grito de Jules Laforgue: “Método, método ¿qué pretendes de mí? Sabes bien que he comido del fruto del inconsciente.”
Para hacer poesía no se sigue una letanía de libros ni valen los métodos. La inspiración no viene de fuera. Porque entonces sería una aspiración. La raíz del poema brota desde el interior donde reposan y rondan los fantasmas, los duendes, las cavernas y la melodía que desde el nacimiento tomamos en los genes. Es el inconsciente la fuente suprema de donde brota la poesía y los mundos que en ella habitan. Allí está el fruto prohibido del que sólo comen adanes y evas como Homero, Safo, Lope, Quevedo o Meira Delmar.
El poeta es un verdadero alquimista que enmarida palabras, mezcla luz y agua, abrazo y ternura, masculino con femenino y crea nuevos seres y colores. El poeta no es cámara fija, ni mp3 feliz que recrea, conserva caras y acerca con zoom o loro nuevo que repite la retahíla de ayer.
El poeta es fuego que destruye y construye, que quema y hace saltar, se convierte en ceniza y devuelve la vida y calienta el horno hasta que el humo se va, que duele y alivia, que sana y ablanda, ennegrece y purifica, ilumina y calcina, sube y se reduce hasta morir. Es su símbolo, testigo y compañero de viaje.
Para ensoñar, para iniciar el viaje al inconsciente, Marga López no bate un reloj, ni entona un canon para desmayarse en un diván. Va leyendo un texto, comenta, lo ilumina, lo ilustra, hace un gesto o lanza una exclamación de dicha ante el hallazgo de una joya en el camino. Marga pregunta, invita a hermanar palabras de lugares, minerales, animales y a jugar con ellas. O a cerrar la entrada a la luz y quedar a oscuras para ver mejor ese mundo en donde nacen y esperan juiciosas nuestras ilusiones para salir vestidas de nubes o de jinetillos pardos.
Con Marga nadie se hace poeta ni se hace famoso como en un reality. Y tampoco va al taller para que ella le diga: “usted se llama Neruda o el tuerto López”. Con Marga uno baila, oye, se deleita dejando que las palabras hablen a nuestro lado y nos muestren su cara sin afeites ni cremas. Ya el alquimista hará la tarea y el fuego arderá o se consumirá la llama y sólo “temblará el humo, que es la vejez del fuego”.
07-09-11 - 10:39 a.m.


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