miércoles, 26 de octubre de 2011

Así vamos

Gloria Cepeda Vargas

Una de las cosas más perniciosas para la imagen del país, es el descrédito impuesto a la izquierda venezolana por el régimen de Hugo Chávez.

Según A. Gramsci: “La importancia de destacar la superioridad moral e intelectual de la revolución proletaria, es mayor que el poder político”. Son palabras desprovistas de coherencia en la Venezuela de hoy. Por obra y gracia de la nueva concepción social y política del régimen, los partidos políticos de izquierda relativamente recientes, ocuparon un importante espacio en la política venezolana. La actual izquierda parlamentaria no responde a las expectativas populares. El pueblo exige, hasta ahora inútilmente, ejercer sus funciones dirigiendo su propio destino. Es decir, pide recibir la transferencia del poder político, social y económico en las áreas administrativas, defensa del país y toma de decisiones.

Lo que hay actualmente en Venezuela es una colcha de retazos formada por partidos variopintos y movimientos políticos y organizativos de masas. En 1999, para ganar las elecciones, se conforma un Bloque Unitario integrado por un gran número de partidos de izquierda, nacionalistas y hasta de derecha fascista, donde convergen toda clase de corrientes socialistas, socialdemócratas, anarquistas, comunistas, aventureros políticos, individualidades excéntricas, nacionalistas de izquierda, de centro, de derecha y miembros de la casta militar, con el único objetivo de llegar al poder.

Con la habilidad cazurra que lo caracteriza, Chávez avizoró el atajo para eternizarse en Miraflores. No hizo concesiones comprometedoras pero engordó el ego de algunos politiqueros y realizó las alianzas cívico-militares que necesitaba. Se organiza entonces la izquierda revolucionaria bolivariana como opción válida para el futuro político del país la cual, mediante componendas de ocasión, aparece ajustada a la Constitución de 1999.

La diferencia entre la izquierda de 1958 tildada hoy de terrorista pero consciente del papel que le correspondía en el concepto histórico de un país recién emergido de la dictadura de Pérez Jiménez y este galimatías sin color, sabor o temperatura, es abismal.


Al apropiarse del poder, Chávez capitaliza el descontento de una izquierda estigmatizada torpemente por los gobiernos de turno y coge el toro por los cuernos. Descuartiza lo que hasta ese momento tenía vida propia hasta llegar a gobernar en nombre de un hipotético “Socialismo del siglo XXI”, donde entre promesas populistas, proyectos mesiánicos, bancarrotas, depredaciones y mediocridades de gravedad infinita, pulsa el resentimiento del “bravo pueblo” que responde con la esperanza del miserable consuetudinario. Hoy no es pero mañana sí, parecen pensar los rebaños irredentos. Nada más distante que esto de la izquierda progresista, lejos de Stalin y de la guerra fría y encarnada en el régimen castrista.

Ahí reside la debilidad del régimen. No hay estructura ni doctrina, sólo el comandante, sus caprichos, explosiones, trampas, arrogancia. La fragilidad de este socialismo de nuevo cuño la definen frases callejeras como éstas: “Chávez está poniendo la torta pero sigo fiel al comandante”, “A Chávez lo tienen engañado sus asesores. Pobrecillo, lo amo”.

La gran damnificada de este tsunami es la izquierda venezolana. En las democracias liberales de occidente tanto la izquierda como la derecha son versiones libres y democráticas ya que no propugnan ningún sistema político alternativo. Lo grave es que en sociedades como las nuestras la izquierda se no tiene cabida. No quieren entender que son necesarias ideologías contendientes para conservar el equilibrio. Si a esta cultura acrítica e ignorante sumamos la actitud de un psicópata que subestima a sus anchas la inteligencia del pueblo en nombre de una izquierda fabricada a su imagen y semejanza, a los infinitos pesares que agobian al venezolano, habrá que agregar la imagen espuria de un segmento político indispensable para la vida democrática en cualquier país del mundo.

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