EL ÁNGEL DEL DINERO
Colombiano
Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
es don Dinero
Francisco de Quevedo y Villegas
Mi amiga Isabel Céspedes García desde San Gil me ha enviado un forward colorido con un saludo emocionado. Es la imagen de una grácil mujer alada con chalina roja y vestido crema, manga larga que también cae a sus pies con finales rojos. Su cara tranquila rosada, una corona de flores sobre sus cabellos sueltos dan la sensación que levita mientras trata de tomar entre sus manos delgadas a otro ángel de su mismo sello. Su nombre es Ángel del dinero.
La belleza externa de la figura es atrayente. La fluidez sobre el aire, su actitud de voladora inerte, su plasticidad moderna, me hizo pensar en la fragilidad de la vida y la celeridad con la que se acomodan las épocas al pensamiento sobre el valor de las cosas.
Mi carnal Francisco, a mediados del siglo XVII, cuando el dinero en España se contaba en maravedíes y doblones, compuso aquellas letrillas satíricas en las que llamó a don dinero, “poderoso caballero”.
En esa época, plena Edad Media, y Edad de Oro, un caballero era un mozo de coraza y espada, galán con caballo enjaezado hasta la cola y que se batía en duelo y ofrendaba su sangre por la Dama de sus sueños. En poco, muy poco, han cambiado las cosas.
Al Capone, los Corleone y otros sátiros de su mismo porte, valoraban el dinero por la suma de muertos y por la cantidad de cuadras y ciudades que tuvieran bajo el terror, la impiedad, la venganza y el fuego de una boca de acero. Todavía esa época no ha pasado en nuestras calles, discotecas y fincas. Solo faltaba el toque de gracia y sagrado. Pablito murió con el escapulario puesto.
Hablar de ángeles está de moda. Ellos nos acompañan – dicen -, por el día y en la noche, en el juego y el trabajo y hasta en los sueños, fiestas y rezos. Están a nuestro lado y vigilan que nuestro pié no decaiga en el hueco, no tropecemos en la grieta y no vayan mal nuestros negocios. Sí. El ángel del dinero estaba haciendo falta en la lista que hacemos para el mercado en esta sociedad de consumo.
Hay que rogarle a este ángel de un dios que concede todo, como el genio de Aladino, que nos ampare y ayude. Que nos dé para casa, camioneta cuatro puertas blindada, sueldo de parlamentario o magistrado, para viáticos, gasolina y pago de demandas. Igual que le pidió Juan Manuel Corzo al Congreso, ese ángel que nos da las leyes que rebosan de dinero por los pasillos, embajadas y palacio y por las inundaciones de invierno.
Nos acostumbramos tanto a buscar la solución a nuestros problemas acudiendo a la suerte, a la brujería o al favor divino, que los ángeles son buen sucedáneo. No es tan mala idea. A buena hora se apareció este ángel de oropel y rosa a Fortunato y Magdala. Vino a decirles que levanten la piedra a la mitad de la cuadra y que allí, debajo, encontrarán su tesoro. Una mina de oro, de carbón, una arboleda para talar o a un amigo de los Nule.
Su tesoro es el de siempre: el de Perogrullo. Estudiar, imaginar, crear, luchar, trabajar y persistir. No hay otro camino. Gracias, Isabel, que permitiste con tu forward hablar de la linda estampita con alas y nariz respingada.
02-10-11 - 9:18 a.m.
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada