viernes, 7 de octubre de 2011

El desastroso lenguaje de los jóvenes


Por Jairo Cala Otero
Conferencista - Escritor

Si bien la humanidad «se hace» y se perpetúa con el tiempo a partir de las palabras, no todo lo que ella dice entraña siempre beneficios, corrección, precisión y asertividad. Hoy asistimos a un despiporre alarmante en materia lingüística; el uso del español es denigrante, particularmente entre los jóvenes. Jóvenes que, además, acuden a colegios y universidades dizque «a formarse académicamente».

Dar paso libre al uso de vocablos y giros populacheros, solamente para acoger expresiones foráneas, o empleadas por bandidos y otras lacras sociales (lo que implica practicar la germanía) es semejante a violar las normas sociales de convivencia.

Soy de la opinión de que quien es capaz de transgredir las normas de la decencia oral, no tiene empacho alguno en violar también códigos, leyes y decretos; es decir, si no se está educado para usar un lenguaje agradable, decente y culto tampoco se lo está para respetar a sus semejantes, es decir, a la gente con quien una persona tal se relaciona.

Conocidos son el deslucimiento y la degradación que hoy sufre nuestro idioma. No solamente se habla y se escribe mal; no solo existe un largo «prontuario» de barbarismos, sino que también se han introducido al lenguaje cotidiano expresiones malsonantes, grotescas y palurdas. La chabacanería, propia de la gentuza por su obvia condición de analfabetismo y pobreza cultural, se ha entronizado ahora en oficinas, transporte público, parques, esquinas, cafeterías... ¡y hasta en los atrios de los templos!

Cada minuto nos «bombardean» con expresiones que otrora provocaban que una mano abierta de papá o mamá se estrellara sonoramente contra la boca de su hijo, a modo de reprensión por su grosería y rustiquez. Por entonces, imperaban la cordura, la reciedumbre, el recato, la autoestima y el respeto por los demás. Y no existían universidades por montones (como hoy), ni tecnologías ni los demás sistemas «modernos» que asombran al mundo entero. Nuestros predecesores de generación no eran letrados, pero se comportaban con circunspección y sin tacha alguna.

Hoy, los adjetivos más sonoros para los muchachos son (le pido perdón, querido lector, por repetirlos): hijueputa, malparido, gonorrea, marica y huevón. ¡Con ellos se saludan, incluidas las niñas!

Curioso, pero hasta tales vocablos perdieron su esencia, su significación; y se volvieron calificativos que a nuestros muchachos les parecen «graciosos», por tanto, aceptables socialmente, aunque signifiquen bajeza, ofensa grave y vulgaridad.

En época no tan lejana, un término de aquellos despertaba enardecimiento, y hasta suscitaba severas reacciones en aquel al que iba dirigido. ¡Su dignidad humana se imponía ante la ruindad oral!

Hoy casi que hay más centros «educativos» que educadores. Algo grave está pasando entre los últimos. Nos queda la triste sensación de que a muchos de ellos (que no a todos) les interesa más la reclamación permanente del pago de su sueldo, lo cual apenas encarna una actitud egoísta, que la excelencia en su desempeño como formadores de mentes brillantes, inteligentes, probas, integérrimas y decentes. Una actitud pasiva y deslindada del principio primigenio de la buena educación lleva al imperio del caos. ¡Ahí están los estudiantes y sus comportamientos, que «gritan» por sí mismos, para confirmar tal desbarajuste social!

Lo insólito es que quienes están llamados a detener esa pestilencia que se ventila alrededor del lenguaje, se callan y la toleran. Con su silencio y su actitud impasible se convirtieron en cómplices del gamberrismo verbal que a diario perfora los oídos de los colombianos.

¿Cómo puede una sociedad hablar de paz si todos los días muchos de sus miembros producen cientos de descargas de agresividad oral? ¿De qué futuro hablan los expertos en proyectarlo, si los efectos sicológicos y emocionales de los vocablos agresivos y degradantes son ya desastrosos? ¿Por qué hay tanta ignorancia acerca de los efectos -positivo y negativo- de las palabras en las emociones y reacciones humanas?

La tarea que tenemos frente a nuestra cara no es fácil. Pero tampoco es imposible de ejecutar. Es un compromiso con cada uno, con nuestros hijos, con los demás a nuestro alrededor. Es hora de retomar las buenas costumbres. ¿Qué esperamos? ¿Que a nuestros apellidos se les antepongan los vulgarismos de hijueputa, malparido, gonorrea, marica o huevón porque nuestros nombres han sido borrados del lenguaje universal?

Imagínese usted, amigo lector, estos apelativos: «Don Huevón González; Señor Marica Rodríguez; Don Gonorrea Pérez; Joven Hijueputa Botero; Señora Marica Barrera de Almodóvar...» (¡!)

He sostenido desde hace mucho tiempo una cruzada pedagógica para que se vuelva al uso correcto del español, y para que se elimine la agresividad en el lenguaje cotidiano. La inmensa mayoría de los lectores, en Internet y en medios impresos, la respaldan. Y hoy estoy más entusiasta que nunca con este tema. Seguiré adelante, como dijo el Quijote, «aunque ladren»; aunque tenga que seguir escuchando dos o tres cantos de sirena (o «rugidos de ratón») que no faltan en tratándose de estos asuntos. Asuntos tan trascendentales que en ellos no tienen cabida la pereza, la desidia, la soberbia egocéntrica ni la desgana para usar productivamente el cerebro.

Por estas razones, esencialmente, yo me aparto de manera sustantiva de la tesis de quienes dicen que a los jóvenes de hoy no hay que interferirlos en nada; que hay que dejarlos que hagan lo que quieran porque eso les facilita «el libre desarrollo de la personalidad» (¿?). ¿Convertirse en una «alcantarilla hablante» es haber desarrollado la personalidad? ¿No es, acaso, atrofia de ella?

No solo se requiere pureza en el alma, también debe ser puro cuanto de ella dimane. Las palabras sirven para medir ese grado de formación (o de malformación) del carácter de quienes hablan. Porque las palabras nos delatan, por ellas se gradúan el adelantamiento o el retraso humano y espiritual.

<.>.<.>.<>

Preguntan los lectores

Participio de romper
¿Cuál es el participio el verbo romper?
Juan Roberto Bello

Respuesta

El participio es irregular: roto. Se usa para la formación de los tiempos compuestos. Ejemplos: Ha roto la valla; y como adjetivo: La valla está rota.

El vocablo «rompido», que suelen usar algunas personas, es incorrecto.

**

Plurales de dos y tres
Apreciado señor Cala:
Agradeciéndole de antemano su gentileza al aclarar mis dudas, y abusando de su amabilidad, nuevamente recurro a usted para que me aclare la duda que surgió cuando con unos amigos discutimos sobre cuál es el plural de dos y tres.
El plural de palabras con terminación S se forma agregando es.
Ejemplo: res, reses.
Pero con DOS y TRES, cambiaría el valor numérico, si decimos DOCES o TRECES.
Y cual sería, entonces, el plural para DOCE o TRECE.
Nuevamente le reitero mi admiración y agradecimientos.
Atentamente.
Sergio Solórzano Gil

Respuesta

Con mucho gusto absuelvo su inquietud: la norma indica que 'Los números siguen las reglas generales de formación de plurales. Los monosílabos terminados en ese (s) forman su plural en ES. Los polisílabos terminados en vocal, lo forman en ese (s)’.

Así tenemos, entonces, que para dos, doses; para tres, treses; para cuatro, cuatros; para cinco, cincos; para seis, seises; para diez, dieces, etcétera.

No confundir doses con doces; ni treses con treces. (12 y 13, respectivamente).

**

Socializar es palabra castiza
Jairo, deseo pedirle el favor de que me aclares si la palabra SOCIALIZAR es correcta y qué significado real tiene. Es tan común esta palabra que la utilizan a todo momento los periodistas, locutores y mucha más gente.
Henry Quiñónez Duarte

Respuesta

Sí, Henry. El término socializar ya fue ingresado al Diccionario oficial de nuestro idioma. Por tanto, es castizo.

Así lo define la Real Academia Española -RAE-:

‘Socializar: 1. Transferir al Estado, o a otro órgano colectivo, las propiedades, industrias, etc., particulares. 2. Promover las condiciones sociales que, independientemente de las relaciones con el Estado, favorezcan en los seres humanos el desarrollo integral de su persona’.

En el segundo sentido, o acepción, lo usan constantemente los trabajadores de los medios de comunicación.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada