EL GATO MIMOSO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Ese animal que viste felpa atigrada, que anda sobre colchoncitos de espuma y tiene una mirada escrutadora, parece un regalo de cumpleaños sentado como un rey. ¿Es de Angola, Tokio, de Bogotá o El Cairo? ¿Tendrá que ser de raza pura para que ronronee sin abrir la boca y provocativo lama su pelaje o se arrime sensual contra la pierna de quien lo observa? ¿Nació enano de un parto prematuro de tigresa, en menguante, con noche de luna? ¿Tiene poderes infernales o, por lo contrario, a quien lo aloje en su casa le vendrá la buena suerte?
El gato, aunque goza de siete vidas, nunca aprendió sino apenas una onomatopeya repetida: miau, miau. Mas con ella ha embelesado a mujeres y ha prestado su tono para que el hombre lo remede y llame a su consorte cuando quiere coquetear. Sea que lo hallemos en Nueva York, en China, en Atenas o en Chiriguaná, cuando el gato ande de ronda por la mitad de la sala o por el largo solar, hará oír el sonido que lo devela, como el que necesita alguien cuando no halla su celular.
El tierno minino es de la familia de los félidos y su imagen en miniatura es la de un tigre rayado o una pantera negra. Y el pequeñín felino se lo cree. No es que esté haciendo teatro cuando anda de puntillas y está cerca de la cueva del ratón o cuando se lanza contra la paloma o el ruiseñor. No está copiando su cautela, ni su paso ni su fiereza e impiedad cuando toma entre sus uñas y colmillos al incauto roedor o al cantor del viento.
¿Por qué la gente lo mira con recelo y se desvela en la madrugada cuando se da cuenta que el gato con su gata andan de francachela? No todos son gatos bandidos. Por algo la poesía y las mujeres lo buscan para tenerlo entre sus versos y carteras. No todo son chillidos de dolor en una larga noche y movimientos de acecho ante un movimiento que los inquieta. Parecen Sherlock Holmes en acción si una hoja se mueve o persiguen a otro gato que sale en televisión. Los gatos también parecen tener alma de mujer. Cualquier cosa les hace volver los ojos y sospechan que algo los llama. Se activan sus alarmas y las antenas de sus bigotes tiritan sobre su nariz de rosa.
Ah, gatas reinas sin corona, ah, mujeres felinas sin corsé, diosas sin cetro y diablillos con fuego en su pecho y en la mirada. Cómo mueven su cuello, cómo jadean sus caderas, cómo modelan sin que haya cámaras que las filmen. Cómo alargan su cola, la encrespan y se arriman como un tigre contra la presa para mimar y expresar su gusto de que los miren y les acaricien su lomo arqueado y su piel moteada y de terciopelo a rayas.
Desde la chambrana interna, frente al solar, de pronto una cabecita con orejas lisas y carita de tigresa, asoma entre la hierba. Una gatita deja que de su pecho salga un miau, miau de lamento. Está poniendo una trampa de compasión y ternura a quien la ve. Tal vez está pidiendo leche o auxilio o se queja porque su gato la abandonó y se fue con otra estando embarazada. Ojo. Es la treta de siempre. “Déjela en paz”, no le diga que venga porque se adueñará de usted y no la sacará de su casa.
¿Quién le dijo quedo al gato que hiciera migas con la gente y que se alejara de la selva y de la compañía de los fieros félidos? ¿A quién le aprendió su maullido dimidiado, si el tigre y la pantera asustan con su ronquido bronco? La Naturaleza es sabia y sabía que la mujer y el hombre algún día necesitarían mascota y tener junto al jarrón y la pecera una gata que ronroneara y durmiera sobre el sillón de plumas.
Feliz la fémina y el félido, feliz la ciudad y las calles que disfrutan del estirar de patas del gato cuando despierta. Qué deliciosa escena ver cómo acecha el gato al pez dentro del lago o al ratón que husmea dentro de la cueva o cómo desfila en ceremonia cuando está uno de visita o en casa haciendo roña.
01-10-11 - 10:44 a.m.

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