lunes, 24 de octubre de 2011

Explotación, exhibicionismo, enajenación y malformación de los infantes

Phanor Terán, desde Tunía, patrimonio cultural del Municipio de Piendamó

La cueva de Alí Babá o el Pozo de la dicha del gobernante anterior, que así puede llamarse el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, no se inmuta para nada con la explotación, exhibicionismo, enajenación y malformación de los infantes en las propagandas, publicidades, y programas televisivos, entre los cuales, puedo mencionar, de pasada, el Factor Ese.

Me imagino que lo ven muy gracioso, espontáneo, y de gran riqueza imaginativa la exhibición de niños que hacen sus pininos en el mundo del consumo, de la industria musical, del espectáculo y que abaratan enormemente los costos de producción de las programadoras, y de paso acrecentando enormemente sus ganancias.

Tampoco por supuesto, se manifiesta el Ministerio del Trabajo, el de la Seguridad Social y tantas otras oficinas con sonoros y rimbombantes nombres en esta colcha de retazos que llaman país.

Sin embargo, se rasgan las vestiduras, proliferan sus mensajes, amenazas contra la explotación que hacen los campesinos de sus hijos, como fuerza de trabajo en las deprimidas parcelas de la geografía colombiana, o en las urbes. Esos campesinos, esas familias, deben, pueden y tienen que acudir al trabajo mancomunado de la familia en su conjunto para poder sobrevivir en medio de la precaria economía.

Moral farisea.

Cierto es que la explotación sexual, y otros derivados de los conflictos sociales son lacras que ni se justifican ni pueden prohijarse.

Pero no puede negarse que las encantadoras piruetas, rostros, sonrisas y destrezas infantiles están siendo usadas y abusadas por el consumismo, por el capitalismo que llaman salvaje, y del cual no conozco, el no-salvaje.

No solo con los niños y con el beneplácito de los padres que cobran también por tales derechos, sino también con los espectadores que son en nuestro país una inmensa mayoría: niños, jóvenes a todo lo largo y ancho del país.

El escenario fundamental se traslada a la casa donde los niños también, al igual que los jóvenes, y por ende las madres embelequeras son presionadas por los mismos para lanzarse en pro de la locura capitalista. Punta de lanza para introducir en la vida familiar todo el espectro mercantil, toda la basura con la cual más de uno hace su agosto y toda la maniquea y pretendida libertad individual infantil.

Y tal parece que ese alud no tuviera pies ni cabeza, arrastrando por doquier una sociedad hacia la histeria de modas, estereotipos, transculturaciones, aculturaciones que van estableciendo un rasero de estulticia, de cultura de poses, de entregar todo, por la imagen televisiva y por su cultura de mediocridades.

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