viernes, 14 de octubre de 2011

HACIA UNA CULTURA PRO VIDA

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jeremías 1, 5).

Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas

En un País marcado por una terrible “cultura de la muerte”, los cristianos encontramos esperanza precisamente en aquello que no aparenta: en el niño aún no nacido, en el infante que ha llegado a este mundo, en el anciano, en el enfermo, en la paz del silencio, etc. San Pablo se definía como “Apóstol de la esperanza”: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza” (1 Timoteo 1, 1) y los seguidores de Jesucristo en el siglo XXI, debemos ser también “enviados de la esperanza”, descubriendo en cada niño que está por nacer, no una amenaza o alguien de quien tengamos que defendernos porque pone en riesgo “nuestras seguridades o intereses”, sino como un don que hemos de acoger, aceptar y respetar. La misma Palabra de Dios nos hace tomar conciencia del valor de cada persona, incluso cuando se está formando en el vientre materno: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1, 5). Con razón, Laudislaus Boros afirma que “bajo el niño se esconde un ángel que contempla constantemente el rostro de Dios… el niño se pasea, pues, tranquilamente – sin saberlo de un modo reflejo – sobre tres abismos del ser: sobre el abismo del mundo angélico, sobre el abismo del universo y sobre el abismo de la divinidad”.

No es anacrónico ni está fuera de contexto, la defensa y compromiso de la Iglesia en pro de la vida, desde su primer instante hasta su fenecer natural. Aunque debemos reconocer que “Hay todo un ambiente internacional en pro del aborto. Corre mucho dinero de organismos internacionales para apoyar las campañas abortistas en las naciones, como es el caso de Colombia. Hay préstamos de dinero y ayudas de potencias u organismos, para países pobres, a los que se llega a imponer, como condición para el tornamiento efectivo, la legalización del aborto… se considera como el único medio de verdad eficaz para el control de población” (Jaime Rodríguez F.). Sin lugar a dudas, el aborto es el asesinato más flagrante, porque es claro que el niño por nacer no puede ser considerado causante de ningún mal.

Para ciertas personas o entidades, importa únicamente la libertad decisoria de la mujer. Pero desde la fe, sabemos que ninguna de ellas debiera tener aquella concepción de libertad que le confiere el “derecho” de extinguir la vida humana, la que ordinariamente ella misma contribuyó a traer a la existencia y está en su útero. Se afirma desde altas esferas que “no es obligatorio abortar”, lo que se convierte en un sofisma de distracción, puesto que se crea paulatinamente una cultura del aborto, con todo lo que significa como presión y posibilidad de “educación” de mentes y de conciencias. Recordemos que el 10 de mayo de 2006, la Corte Constitucional, por un fallo de cinco contra tres magistrados, despenalizó el aborto para tres casos especiales. La nueva era que se abrió en el país, como se puede apreciar en los últimos días, agudizó la división entre los que siguen celebrando dicho fallo con gran euforia, como un triunfo y los que percibimos que nos hemos situado ya en el camino de la legalización total del mismo.

Ya la Congregación para la Doctrina de la Fe, había enseñado en el momento oportuno que “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida” (cf, Instr. Donum vitae, 1, 1). Aunque tampoco podemos interpretar mal el tierno concepto de “vida inocente”, porque su derecho a la vida no surge de la inocencia sino de ser persona. Por lo tanto, debemos ser coherentes, y defender el derecho a la vida en todos los órdenes. Como cristianos, hemos de seguir ostentando principios indeclinables: el respeto irrestricto a la vida humana desde su comienzo en el útero materno hasta el final natural. El matrimonio heterosexual. El derecho de los padres a la educación de sus hijos. Para los católicos no son principios de libre aceptación o de posiciones anticuadas, sino de fidelidad, comunión y pertinencia. Luego, ni las autoridades eclesiales ni los laicos que conforman la Iglesia pueden hacer caso omiso de los mismos ni guardar silencio cómplice cuando se establecen leyes contrarias a dichos principios. Ya el Papa Benedicto XVI ha indicado que “En un mundo plagado de crueldad, de cinismo o de connivencia provocada por el miedo, encontramos personas que se mantienen fieles; no pueden cambiar la desgracia, pero compartiendo el sufrimiento se ponen del lado del condenado, y con su amor compartido se ponen del lado de Dios, que es Amor”. De ahí que siga sonando en nuestros oídos, aunque tengamos que ir contra corriente, el «No matarás» (Ex 20, 13) como mandamiento fundamental de la comunidad humana. Hoy reafirmamos que seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana, y que por lo mismo, es el mismo Señor quien nos llama a proteger toda vida humana. Sólo veremos a Dios cuando entremos en los mismos “sentimientos de Cristo” (Filipenses 2,5) y que la purificación de nuestro corazón se producirá al caminar con el Maestro, al ser uno con Él (Ver Gálatas 2, 20), y por tanto, al aceptar todas sus enseñanzas, incluidas las que nos llaman a respetar y amar toda vida humana.

Como postulado general, reconocemos que ya en la unión de los gametos masculino y femenino, está la carga genética de un nuevo ser, quien, de seguir un desarrollo normal, nacerá “ser humano”. O lo que es igual, que el embrión humano es distinto de cualquier otra célula del padre o de la madre. Y que la célula nueva que se forma a partir de la unión de los gametos ya contiene un ADN único y exclusivo. Y en definitiva su componente genético es humano. Aunque sea inmaduro, es una vida humana ya existente, es única, irrepetible y como tal hay que considerarla y tratarla. Un debate serio no puede consistir en desautorizar a la Iglesia etiquetándola de conservadora, recalcitrante, atrasada, opuesta al progreso y a la ciencia humana, sin que haya el intento de analizar las razones que presenta en defensa de la vida humana y su punto de partida: el derecho natural accesible a la razón y fundado en la persona y su dignidad. Razones que no son estrictamente religiosas, sino fundamentadas en la ciencia y en una ética para la convivencia social. Recordemos que la mano que tendamos noblemente a la madre y a su niño aún no nacido, para protegerlos, creará desarrollo y prosperidad, afectará al universo entero y hará penetrar en la propia vida el ser divino y el futuro infinito de la esperanza.

«Y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra» (Sal 139, 15).

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