jueves, 27 de octubre de 2011

LA BRUJA

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

La bruja bajó de la montaña, después de hablar con la luna. Divisó el vuelo del cuervo y supo que pronto acariciaría el secreto anhelado. Entró en su casa de adobes, la única de paredes tiznadas de negro en el barrio, en ese pueblo de pocas gentes, desconfiadas y agoreras.

Eran más de las doce, y acaso el último latido del reloj añadía más sombras siniestras a la noche. Se sentó junto a una mesa de forma triangular; un candelabro con tres velas le hacía compañía, mientras extendía un pañuelo negro, doblado en tres partes, que contenía un diagrama pintado con rojo fosforescente: una luna, una montaña, un pozo; cada figura en un doblez del pañuelo. “Tres son los tiempos del hombre, uno debe ser el deseo; la luna baja a la montaña, la montaña se sumerge en el pozo”, dijo, repitiendo tres veces esa salmodia. “La luna es la cabeza, la montaña es el cuerpo, el pozo es la muerte insondable”, añadió, moviendo tres veces y en círculo el candelabro en el aire. Después dobló el pañuelo e hizo un nudo con él, antes de quemarlo en el candelabro. Un cuervo salió de las sombras, iluminando la estancia con sus alas de fuego, y después atravesó el cielo raso, como buscando un lugar que no estaba allí sino más allá del sereno, tal vez junto al lugar prohibido donde aparecen los sueños; en todo caso, en lo invisible de este mundo hecho de tierra. Y la bruja ya no estaba en la casa, o al menos no se la volvió a ver desde ese momento. Sobre la mesa quedó un anillo grueso de bronce que humeaba, y en la parte interna de su aro mostraba una frase grabada: “Mi dueño es el cuervo de fuego, ese que hiere la noche después de burlar la muerte”. La mesa de tres patas quedó suspendida en el aire, mientras las llamas del candelero iluminaban tenuemente el lugar con una quietud que desafiaba el tiempo, como congeladas y rígidas, sin el más leve movimiento en sus hojas de fuego.

Un tiempo después la casa de la bruja fue derruida por todos los habitantes del lugar, y las pocas gentes desconfiadas y agoreras del pueblo arrojan allí, desde entonces, sus malos deseos. Aún en las noches, después de las doce, se oyen graznidos de cuervo, tras gritos histéricos y carcajadas de mujer.

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