sábado, 8 de octubre de 2011

La guerra a muerte

Ecos de la Historia

Agencia de Noticias Vieja Clío. Popayán, 1862.

Autor: Gonzalo Buenahora Durán
Historiador, Universidad Nacional de Colombia


La guerra a muerte –como todos nuestros abonados lo saben y reconocen- ha franqueado rampante por innumerables páginas de nuestra historia. Por su puesto, se ejerció con generosidad durante la conquista. Y durante la última etapa de la así llamada Pax colonial (tal vez de las pocas vigencias temporales medio tranquilas), fue imposible no apelar a esa aterradora modalidad de guerra, sobre todo en lo que concernía y concierne al apaciguamiento de las periferias violentas como las boscajes del Darién y Veragua, las provincias de Santa Marta (la nación de los Chimilas) y Rio de la Hacha (la nación de los Goajiros), las selvas del Opón (la nación de los Yariguies), y el extensísimo reino de los Andaquíes.

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En esos confines indios virulentos en total libertad ejercían a finales del siglo XVIII y ejercen todavía la brutalidad a discreción. Entre nuestros lectores es casi mítica la declaración de guerra a muerte emitida por Bolívar en 1813 con el fin de neutralizar a las crueles milicias de Domingo Monteverde y José Tomás Boves, y con posterioridad las de Morillo, el Pacificador. Como se recordará, por causa de ese aterrador documento en esos aciagos tiempos se torturaba y asesinaba a los patriotas sin contemplación y, a cambio de ello, se condenaba a peninsulares y canarios a la pena capital fueran o no activos colaboradores de los ocupantes ibéricos. No estamos en capacidad de evaluar en forma objetiva si medidas de ese tipo han tenido éxito en la historia, pero presumimos que de todas maneras afectan sobrado las situaciones y, naturalmente, catalizan los procesos. Y podemos aseverar que una convocatoria al asesinato institucional debe por fuerza aumentar el sentido de la impunidad, que en muchos es natural, y fustigar la imaginación, y por tanto llevar al perfeccionamiento de usos y métodos. Por tanto forzar al ejercicio de la sevicia y el franco avance de lo irracional: sajaduras de todo tipo, descuartizamientos, sofreídas en aceite hirviente, consunciones, achicharradas, descabezamientos y masacres estarán a la orden de día, siendo la estrella incuestionable de la escena su majestad el machete. Y en medios institucionales, el fusil de repetición. Para lo primero, recuérdese si no, la ferocidad de Boves cuando en julio de 1814 persiguió con saña a la población de Caracas (por lo menos 20.000 personas) hasta Cumaná.

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La Agencia de Noticias Vieja Clío, consciente de todo ello, ha seguido los pormenores de la infausta guerra que durante catorce meses se ha librado hace poco en Colombia, en la que el general Tomás Cipriano de Mosquera, el gentil Mascachochas, el Supremo Director de la Guerra, derrocó al gobierno conservador del Dr. Mariano Ospina Rodríguez, a quien por poco ejecuta. Como es sabido por todos, el general Mosquera se ha distinguido en la guerra por fusilar sin discriminación, hasta el punto que las “malas” lenguas le imputan que ordenaba sin conmoverse que se ejecutara al prisionero mientras llegaba la orden. Pero Mosquera alega que sólo procedió así con enemigos verdaderamente probados y que, al fin y al cabo, todo responde a una trascendente, encumbrada y a veces nebulosa “razón de Estado”. Pues bien, nuestro corresponsal especial para el caso que nos compete ha tenido acceso a un manuscrito firmado el 7 de enero pasado en la localidad de Facatativá, invaluable documento en el que el general Mosquera se dirige a su sobrino y compadre, el soldado y poeta Julio Arboleda (que en su calidad de general comanda los ejércitos conservadores aun activos del Cauca), y le endosa practicar la guerra a muerte en esa martirizada región a partir de consideraciones non sanctas. Pero permitamos que sea el propio Mosquera quien en palabras más ajustadas explique la situación.

Julio Arboleda http://cauca.gov.co/
“Buscas –manifiesta el gobernante en ciernes a Arboleda- un pretexto para hacer la guerra a muerte en el Cauca, y lo encuentras en la ejecución de tres criminales, para mandar fusilar veinte en un día en Popayán. ¿Y cuáles son los fundamentos que tienes para tal carnicería? Voy a hablarte de algunos. El estimable joven Pedroza muere, porque nacido de una humilde familia su educación lo eleva y se casa con una prima hermana de tu mujer; le juras enemistad y te vengas en la primera ocasión, de que un plebeyo, como tú lo llamas, se haya casado con una señorita de origen aristocrático. El comandante José Eustaquio Rodríguez fue de los que en 1851 te derrotaron en Anganoy, y lo mandas fusilar para vengarte con exclamaciones mímicas de horror que te infundía su presencia, según nos han referido. Al honrado y valiente coronel Rafael Fernández lo mandas fusilar porque fue de tus contenedores en Buesaco. Al valiente coronel Velasco, porque era necesario quitar de Patía un hombre que te podía hacer sombra. Pero ¿cómo justificas la muerte del desgraciado Francisco Cobo? No tenía más delito que su opinión, y dejas en la orfandad a inocentes niños, que no hay quien les dé hoy un pan. Al infeliz Nicolás Rada, artesano laborioso, que vivía de hacer adobes y que gastaba sus ahorros del año en una procesión el viernes de Dolores, porque cometió el delito de servirle de cocinero al general Obando. Al distinguido joven José María Sarmiento, le sirve de proceso su talento. Y al valiente Delfín Restrepo, le das muerte en recompensa de su lealtad en 1854 al Gobierno (de Obando), y de haberle servido como capitán a la causa del Estado del Cauca; pero era para ti un gran delito que un conservador se decidiera por sostener la Federación. Interminable sería mi penosa relación si me pusiera a referirte todo lo que ha llegado a mi noticia del Cauca, de ese hermoso Estado que lo has convertido en panteón; y tengo que suspender la historia de tus crímenes para concluir esta carta, excitándote al arrepentimiento y volviendo sobre tus pasos te hagas acreedor al perdón de tus conciudadanos, si no quieres concluir tu carrera maldiciendo de cuantos te han tratado. Desengáñate que no has tenido popularidad para recibir sufragios públicos, sino porque un partido te consideró instrumento de venganza; y si ese partido hubiera vencido, después de aprovecharse de ti como un instrumento, él mismo te habría sacrificado.”

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La información de “Ecos de la Historia” es tomada de Jorge Orlando Melo y Álvaro Tirado Mejía, Nueva Historia de Colombia, 10 tomos, Editorial Planeta, Bogotá, 1989, Eugenio Gutiérrez Cely y Miguel Ángel Urrego Ardila, 1.001 cosas sobre la Historia de Colombia que todos queremos saber, Intermedio Editores, Bogotá, 1995, otros innumerables elementos de la historiografía nacional, Google News y Wikipedia.

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