miércoles, 19 de octubre de 2011


LAS UVAS ESTÁN VERDES

 
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

El zorra es ladina, experta carnicera y rodea a su presa con el rabo apretado contra sus muslos. Muestra cara de perro afligido cuando la desea con la lengua derretida en hambre y debe humillar sus ganas si la parra esconde remisa sus ubres o sus brazos están lejos de su salto. La fábula de Esopo lo ilustra con dos o tres párrafos. La zorra y también el zorro. Dejemos la misoginia. Tal vez el zorro busca más el racimo de bolsitas llenas de vino para chuparlas.

El dinero, las joyas, las minas de oro o de esmeraldas o de carbón, son bocado favorito. Las mujeres, no importa si son solteras o casadas, exmonjas o infantas, son otro manjar que hasta el dios lo convirtió en la vaca Ío para tenerla en su hato. Júpiter, el de la mano con luminosos rayos, se convirtió no en zorro ni en becerro sino en nube, para no dejarse ver de su esposa Hera.

Así es la condición humana y su ambición y la avaricia. Cuando uno tiene o desea con ansia algo estira y estira su gana y quiere tener y abarcar sin medida y sin reparar si es estrictamente necesario. Atesora el banquero en su bolsa y en sus fondos, acumula el avaro en su alacena, en el cuarto vecino y en su alcoba, y rapa el político la olla del erario pues no le bastan sus dietas, sus viáticos y las regalías de sus favorecidos.

A las uvas las paladea la zorra y el humano en su boca cuando están maduras. Tanto el animal por instinto y por costumbre lo sabe, como el ser humano. Las frutas deben comerse cuando han llegado a su edad madura. Nadie se hace rico de niño ni el infante es insaciable, a no ser de juguetes, de zalamerías y bombones. Las frutas inma-duras indigestan, hieren el diente y el estómago. Una comida que no está en su punto hincha, duele y produce gases y diarrea y hasta a la conciencia la revuelve.

“No las quiero. Están verdes”, dice Esopo que dijo la zorra al alejarse de la vid que estaba muy arriba de su estatura y del alcance de su hocico. Qué expresión tan decepcionante la del sediento animal y acosado. Y la del humano cuando su poder y su ambición se frustran. El animal se aleja mirando por encima de su lomo, tristes sus ojos y con la lengua seca. El hombre, o la mujer, vaca o gata, revuelven su bilis en el estómago y juran que lo van a conseguir sea lo que sea. Y, mientras maldicen su intento, guardan su rabia entre su garganta llena del azogue de la ira.

La uva, roja, morada o verde clara, madura, en racimo o sola como la lágrima, es dulce y provocativa, por su volumen y su sangre blanca o roja. Su piel muy delgada parece humana. Con facilidad se levanta y deja descubierta la carne. Si se aprieta algo fuerte llora con sangre dulce por la herida. Muy limpias, parecen ojos negros, azules o verdes que nos miran en jauría y nos invitan a paladearlas. Si se bebe en cantidades calienta, embriaga y alegra el cuerpo y la vida.

¿Por qué las buscan las zorras y por qué Noé se quedó dormido? Vaya usted y lo averigua. Los zorros también se sientan en los bares y cuando nadie los invita pueden decir como la de marras: hoy no hay vino u hoy no vino nadie a verme aunque en la cava haya miles de barriles llenos. Noé y otros que lo imitan se han sorprendido cuando a las semanas siguientes alguien les dice al oído lo que han hecho cuando cayeron dormidos en el lecho.

Dulce es comer uvas para la suerte, dulce es que las uvas nos miren, vamos a tomar un vino caliente y brindemos por una vida con vides. Si podemos alcanzarlas.

18-10-11 - 17:28 p.m.

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