sábado, 29 de octubre de 2011

MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE

“Para que no se aflijan como los que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4, 13).

Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco, Paerroquia La Santísima Trinidad, Santander


Nadie puede hablar de la muerte con pleno conocimiento de causa. ¿Cómo podría hacerlo, pues, quien no ha pasado por esta experiencia? Encontramos personas de corazón generoso, que cuidan a los enfermos en la última fase de su vida, pero tampoco ellos nos dicen qué es la muerte. Han acompañado al moribundo pero no hasta el final del camino. De pronto, una gran distancia se abre entre ellos y el moribundo: la que separa la vida en la tierra y la muerte. Se puede pensar que los cristianos no sabemos de la muerte más que otras personas, sin embargo hemos recibido palabras que aclaran este enigma “en la verdad que el Espíritu Santo ha enseñado” (B. Pascal). Hemos de reconocer humildemente que nuestro saber viene de Otro. Pero esta humildad de nuestra fe está plena de audacia, pues consideramos “la muerte en Jesucristo, y no sin Jesucristo. Sin Jesucristo es horrible, es detestable y el horror de la naturaleza. En Jesucristo es del todo distinta: es amable, santa y el gozo del fiel. Todo es dulce en Jesucristo; hasta la muerte” (B. Pascal).

En el momento actual, no es fácil hablar de la muerte. El sólo hecho de mencionarla parece un asunto molesto. Sin embargo, es el acontecimiento que ilumina nuestra vida, ya que en la muerte nos resultará imposible ignorar nuestra propia existencia, o lo que es igual, en el instante de la muerte seremos exactamente aquello que hicimos durante el transcurso de nuestra existencia. La Iglesia, durante el mes de Noviembre, tradicionalmente dedicado a “orar por los fieles difuntos”, nos invita a meditar sobre esta realidad, precisamente para que no nos encuentre desprevenidos ese momento supremo, pues muchos olvidamos, en cierto sentido, que el más allá no es un mero futuro, que la muerte es una dimensión actual de la existencia humana y que las realidades terrestres sólo adquieren su pleno valor cuando se integra en ellas el verdadero sentido de la muerte.

El modo de pensar y de vivir de muchos, conlleva el estar de espaldas a este acontecimiento y a “borrar” las señales indicadoras de que caminamos indudablemente hacia el fin de nuestros días sobre la tierra. Lo que muchos de nuestros contemporáneos saben sobre la muerte, se reduce a un conocimiento general que es reprimido. No se habla de ella, se la ve como una catástrofe, la gran catástrofe que algún día ha de llegar y que echa por tierra los planes y las ilusiones en los que se ha puesto todo el sentido de la existencia. Muchos ignoran el mensaje de Cristo resucitado e intentan exorcizar el miedo a la muerte recurriendo a lo que San Pablo llamaría “vanas filosofías” o a las turbias experiencias de las ciencias ocultas. Equivocadamente piensan que es necesario ignorarla, como si no los fuera a afectar personalmente. Algunos nos engañamos y decimos como por instinto: “a mí no me va a tocar”, o “al menos, no muy pronto”. Quizá le tocará a la señora fulana, que tiene más de cien años; o al vecino que padece una enfermedad terminal; pero a mí no… y este es un gran error, ya que el rehuir a la reflexión sobre la muerte, nos lleva a huir de la reflexión sobre el ser humano que hay en cada uno de nosotros.

Muchos sentimos “una insatisfacción que nos conduce constantemente a la búsqueda de más, sin que en este mundo podamos encontrar el todo que nos llene plenamente” (José Antonio Sayés). Todos nosotros, con nuestra grandeza y debilidad, con nuestra búsqueda de infinito y constante memoria de las limitaciones impuestas por nuestra “condición humana”, estamos llamados a ponernos de frente a la pregunta sobre la propia muerte, asociada a la cuestión del fin y también a la de si, después del fin, todavía habrá o no alguna otra cosa. Si la muerte significa el fin del bienestar que tanto cuesta amasar aquí en la tierra, entonces se justifica la dedicación a olvidarla, así no hay muerte, porque yo la reprimo y con razón, la borro de mi consciente para poder vivir. Lo que cuenta en ese caso es la vida y nada más, por lo que se afirma “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Pero, si la vida “no tiene sentido”, en medio de los necesarios infortunios de la cotidianidad, la muerte también se convierte en un hecho absurdo pues, “la falta de sentido de la vida y el absurdo de la muerte hacen un pacto” (Fritz Leist) o lo que es peor, “la muerte, o más precisamente, el pensamiento sobre la muerte aniquilará aquello que constituye mi más profunda realidad” (Bernard Duburque).

Si la muerte no es el final, sino una profunda transformación del ser humano. Si la persona tiene una fe operativa y práctica, depositando su esperanza en que seguirá existiendo, aunque haya que “cambiar de casa”, el panorama es diferente, puesto que, según las palabras de la Liturgia de la Iglesia: “la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio 1 de Difuntos). De esta forma, quienes seguimos a Cristo, experimentamos que la vida se cambia, pero no se pierde, que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Filipenses 3, 20), teniendo por seguro que “en el momento de la muerte, el hombre se encuentra por primera vez frente a frente con este Dios, en quien tenía fe durante su vida, o, por el contrario, a quien rechazó en su vida, o que simplemente le fue indiferente” (Renold J. Blank). Si bien es cierto que cada acto que practicamos tiene su peso exacto en la balanza de nuestra existencia, porque somos el resultado de nuestras pequeñas o grandes decisiones, de nuestras pequeñas o grandes omisiones, como una red que se ha ido tejiendo punto por punto, como cristianos sabemos que, la muerte es el final de una corta peregrinación y la llegada a la meta definitiva, para la que nos hemos preparado día a día, poniendo el alma en las tareas diarias. Conocemos que ese momento no llegará como el “ladrón en la noche”, porque serenamente contamos con ese centro definitivo que es nuestro Señor, pues “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor” (Romanos 14, 7-8).

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