viernes, 7 de octubre de 2011

OCTUBRE, MES DE LAS MISIONES.

Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas

El amor de Dios es la fuente profunda de donde brota toda misión y toda elección. Esto lo sabemos por las palabras de Jesucristo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21). En principio, Misionero es quien anuncia la Buena Nueva (Evangelio) del Reino de Dios a los pueblos que no conocen a Cristo y que todavía no han escuchado su mensaje de salvación. Sólo siguiendo a Jesús por el camino de la cruz, una persona es consagrada y enviada al mundo. Por tanto, nadie es misionero por un poder humano, por una técnica humana, sino por el poder de Dios, que se verifica en el envío por parte de la Iglesia, que es la continuadora de la Misión de Cristo hasta el final de los tiempos. La Iglesia «es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre» (Ad gentes, 2), o lo que es lo mismo, la misión es «la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (Evangelii nuntiandi, 14).

De manera especial, en este mes de Octubre, como colombianos nos reconocemos herederos de una “titánica” labor evangelizadora, que desde hace más de cinco siglos, entre luces y sombras, ha llevado a hombres y mujeres a descubrir que “conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona” (Aparecida No 29). Ciertamente hay que reconocer las “debilidades humanas” en algunos misioneros, pero no podemos erigirnos soberbiamente como jueces anacrónicos del pasado, puesto que los mejores jueces de los acontecimientos sucedidos son quienes vivieron las circunstancias y condicionamientos de la época. También hay que reconocer que son muchas las páginas gloriosas escritas por quienes nos precedieron en la fe. Sin orgullo ni falsos pudores podemos decir que la Iglesia hizo ya entonces su opción preferencial por los pobres y que fue, la voz de los que no tenían voz. En nuestras tierras, los misioneros velaron por la dignidad de los indígenas y los defendieron contra la inclemencia de los conquistadores, otro tanto hicieron con las personas de raza negra y los menesterosos. La Iglesia ha sido durante más de cinco siglos de gesta misionera en América, una auténtica “morada de pueblos hermanos y casa de los pobres” (Documento de Aparecida No 8). En definitiva, con las palabras del Doctor Emiliano Díaz del Castillo Z. podemos decir que “la obra de la Iglesia en el Nuevo Reino de Granada, como en toda nuestra América, fue obra de Dios”.

Hoy se busca trazar el camino del futuro, cambiando lo que debe ser cambiado, en una apertura generosa a la Obra del Espíritu Santo. En esta etapa de Nueva Evangelización en la que nos encontramos, debemos asumir todos los bautizados un compromiso serio, sostenido por la fortaleza de la gracia de Dios, para no decaer ante las dificultades y desafíos del momento. Sin desalentarnos o desesperarnos, pero si con tristeza, vemos que un sinnúmero de personas, aun habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado. Hay sociedades tradicionalmente cristianas que se han vuelto renuentes a abrirse a la Palabra de la fe. Se experimenta un cambio cultural, alimentado por la globalización, por movimientos de pensamiento y por un relativismo que llevan a una mentalidad en la que se vive como si Dios no existiera, y que resalta la búsqueda del bienestar, la ganancia fácil, el logro profesional y el éxito, como finalidad de la vida, incluso en detrimento de los valores morales. En este contexto, hay algunos se preguntan: “¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: ha traído a Dios… ahora conocemos el camino que hemos de seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino: la fe, la esperanza y el amor. Sólo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco” (Joseph Ratzinger. SS Benedicto XVI. Jesús de Nazaret).

Esta situación nos lleva a recordar la necesidad de renovar nuestro celo por llevar a todos el anuncio del Evangelio «con el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58), ya que este es el servicio más precioso que la Iglesia puede ofrecer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud la propia existencia, puesto que “el mayor tesoro que les podemos ofrecer es que lleguen al encuentro con Jesucristo resucitado, nuestro Salvador” (Documento de Aparecida No 95). Es más, todos hemos de tomar conciencia de que El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino que es un don que hay que compartir, una buena noticia que hay que comunicar. Y este don-compromiso le es confiado no solamente a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son «un linaje elegido,… nación santa, un pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2, 9) para que proclame sus obras maravillosas. Tengamos en cuenta que la Nueva Evangelización consiste en la acción de llevar el Evangelio a un individuo, comunidad o situación de nuestra vida. Y que el evangelio es la buena nueva de la Salvación y, en último análisis, es Jesús. Al hablar de Jesús, al dar un testimonio personal, al proclamar a Jesús vivo para mi comunidad, evangelizo. Cuando alguien me busca a causa de su enfermedad, de su pecado o de sus problemas y coloco a Jesús dentro de esa situación de dolor, pidiéndole a Él que perdone, consuele o cure, soy un evangelizador. Roguemos a Jesucristo, Misionero del Padre, que la celebración del mes de las Misiones renueve en cada uno el deseo y la alegría de “ir” al encuentro de la humanidad llevando el mensaje de salvación. Nuestras oraciones, sacrificios y ofrenda económica, serán una contribución concreta a la misión de nuestro tiempo.

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