CAE EN EL SOPOR Y EN BARRENA “YO ME LLAMO”
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La farándula comienza con expectativa y muchas ofertas en la prensa y en la TV. Es un producto de maquillajes, propaganda paga, jingles cursis, muchas luces y pocas nueces. Los protagonistas son personajes que han hecho carrera en telenovelas, noticieros o que han aparecido fugazmente en reinados de belleza. Yo me llamo es uno de esos productos.
Generalmente esos espectáculos se montan copiados casi servilmente de programas que han tenido éxito en otros países. Yo me llamo es un concurso musical con la cara de American Idol o The X Factor USA o del inglés calcado del alemán Das Supertalent, Got talent que descubrió la voz de Paul Potts y de otros concursos. Para la versión vernácula Caracol escogió la terna en el jurado a la deslumbrante Amparo Grisales, la imitadora y bella Luz Amparo Álvarez y al historiador Jairo Martínez.
Desde que se llamaron a los 50 primeros participantes el programa tuvo inmensa audiencia para conocer voces, estilos, ilusiones y ensayos. Poco a poco el programa empezó a dejarse conocer el cobre y los oropeles. No era el escenario para conocer talentos propios sino para entrenar imitadores. Los actuantes debían acercarse a reeditar la voz, la forma de vestir, la apariencia física, los movimientos sobre el tablado y hasta la sensualidad misma de los originales.
Como niños los cantantes ya adultos debieron someterse a las reglas del reality e ir copiando gesto por gesto, cabello, atuendo, coloratura, tesitura, afinación, maquillaje, caminado. Amparo la divina, mostró sus dientes, sus frases destempladas, su crítica ácida. Luz Amparo, sobria, fue la jurado más equilibrada y siempre halló la forma de despedir a quienes “no se parecían al interesado” con algo de haber a su favor. Jairo Martínez siempre buscó acomodo y se remitía a hacer gala de sus trabajos anteriores y de sus conocimientos de giras, eventos donde había estado. Siempre se iba por la tangente.
Los espectadores comenzamos pronto a ver que el reality no se transmitía en directo como se quería hacer ver, que había tratos de los jurados para hacer más interesante el show, hubo disputas entre ellos frente al público y los televidentes. Se introdujo en cierta parte del programa a Lina para que dirigiera la orquesta de los trinos por twitter y el programa se banalizó y se convirtió en una competencia comercial para quien tuviera más votos, cuyo número jamás se supo. Sólo se dijeron los porcentajes. La ganancia por mensajes debió ser multimillonaria a costa de los pobres participantes. El público se vio regañado porque no escogían tan bien como los jurados. Mientras tanto Calzadilla los hacía ver a éstos como unos carniceros y prevenía a los imitadores para que no fueran a caer en manos de los tres jurados.
A dos semanas de acabarse la tanda de repeticiones, llantos y tiradas al suelo, Yo me llamo ha caído en el cansancio y la rutina. Calzadilla se volvió un loro y ya no es alegre y certero como al principio. Y, sobre todo, el reality no encontró talentos propios. Su meta fue hacer que el “artista” lo fuera porque imitaba a otro. Pobre finalidad que no dejó ver los talentos verdaderos que hay detrás de ellos. Algunos de ellos al salir expresaron su decepción y mal manejo de su suerte pasajera. Así es la farándula. Fría, manipuladora y superficial. Al final los participantes volverán a la realidad, a sus familias y encontrarán que son ellos y no los estereotipos y etiquetas en que los metió el boom de un programa, regular imitador también de otros programas.
24-11-11 - 9:09 a.m.

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