CUALIDADES DE UN MINISTRO MODERNO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El modelo de los ministros de un Estado moderno está obsoleto. El molde que trazó Maquiavelo cuando aún las grandes ciudades eran pequeños e influyentes estados ya debiera estar fuera de uso. No puede ser que un cargo tan importante dependa del guiño de su jefe que lo nombra porque está seguro que sabe de su oficio.
Ya el gobernante no es un tirano que trata a sus ministros como subalternos y mandaderos de su voluntad caprichosa y omnipresente. La cartilla para gobernantes ogros que fue el pequeño diccionario de bolsillo de dictadores debe guardarse en el museo de objetos de ignominia. Ese modelo lo creó el buen Nicolás cuando se tenía la idea de que el poder del Príncipe tenía origen divino y se le permitía gobernar como un dios que lo sabe todo y tiene capacidad para bendecir y hasta dar la orden de matar.
La idea de los estudiantes en protesta por el empecinamiento de la ministra María Fernanda Campo que movía los hilos que venían desde Palacio para manejar la educación, es una buena iniciativa que debe cerrar ese círculo dominante. Una ministra mujer que está esperando que su jefe le diga si su tarea está bien hecha, debe dejar su cartera porque hace gala de seguir los pasos del hombre y le falta independencia y perspectiva del futuro.
Un ministro debe tener por ley y Constitución la potestad mínima de idear, formular políticas, enderezar y tomar las riendas de su cargo sin mirar por encima del hombro a ver si está bien lo que hace. Si está bien nombrado, un ministro debe tener el perfil, los conocimientos, la experiencia y el pulso para saber dónde y cuándo hay que reformar, cortar, dar nuevo aire o dar por finalizado un proceso.
Ministro quiere decir en castellano, quien administra, quien da órdenes, quien responde cuando algo falta, quien dialoga con las personas a quienes sirve. En una sociedad moderna no puede haber imposiciones sobre una comunidad compuesta por seres humanos que piensan, razonan y tienen diferentes opiniones e intereses. Sabe cuál es el punto de equilibrio y sabe mediar cuando hay un problema o divergencia en la comunidad concreta que debe atender. No puede convertirse en un dictadorcillo de segunda que se aparta de opiniones respetables de una mayoría de los asociados. No debe esperar a que surjan marchas, protestas para entrar a resolver un diferendo.
La propuesta que han lanzado al aire los miles de estudiantes de que la actual alcaldesa de Bogotá, Clara López, sea la nueva Ministra de Educación, parece una excelente solución para encontrar el eslabón de sabiduría que encauce y enhebre los hilos enredados que hace ya muchos años perdieron la forma del ovillo de este sector tan fundamental para el bienestar y futuro del país. Ella ha demostrado independencia, don de mando, equilibrio, sensatez, sentido común para gobernar el caos que encontró en la primera ciudad de nuestro territorio.
Clara López Obregón sabe dialogar, no se encierra en laberintos ficticios, sale a conocer las calles, conversa con los ciudadanos, se acompaña de un equipo que la ilustra. No se empeña en seguir un esquema o se deja llevar de voces de sirenas que le quieren limitar sus funciones o su autonomía. Es una persona confiable y que tal vez ponga orden y salve del abismo en que está sumida la Educación pública y privada del país.

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