miércoles, 23 de noviembre de 2011


EL ARTE Y QUIEN LO OBSERVA


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

 
Una obra de arte te recuerda quien eres ahora
David Kepesh a Consuela en “La Escogida”

El arte está en todas las cosas, como la poesía. Es bello y embriaga el alma. Se encuentra escondido entre la mugre, colgado en las paredes o parado en un pedestal. Puede ser bellamente feo o de espléndida perfección. Embelesará y dejará sin aliento al niño o al adulto, a la mujer o al anciano. El arte es obra del humano, aunque la Naturaleza virgen también nos maravilla con sus vegas, cascadas y arreboles.

A veces uno pasa frente a una fuente o asiste a un concierto o visita una galería de pinturas y se emociona con la caída del agua, la sinfonía o las líneas y colores que nadan en un cuadro. Y a veces oye comentarios de quien asiste a una ópera que no le gustó o que fue una pérdida de tiempo y de dinero. Y siempre que uno pasa junto a una mujer hermosa los ojos, nariz y nuca van tras ella sin que nada los detenga.

¿De qué depende que el arte no sea patente a todos por igual, que algunos nos perdamos sentir en nuestras venas el gusto de oír una melodía, de ver una vitrina o de admirar lo que otros alaban? ¿Por qué se quejan los televidentes de una novela, por qué se ven desiertas las salas de conciertos brindados por cuartetos de cámara o por qué muchas mujeres se burlan de los hombres porque van a fútbol?

El arte es una manifestación de la belleza en objetos, situaciones, momentos o lugares. Y la belleza es un concepto que anida y crece cada día en el ser humano. Depende si el observador ha cultivado su apetito para percibir en las papilas de sus sentidos el lirismo de una voz, la armonía de un conjunto, la finura de una pincelada, la tranquilidad de un lago.

Quien no ha pasado una noche en la lejanía de la ciudad, no podrá saber lo que ofrece el silencio de una vereda en un sitio rural. Quien no ha educado su oído para distinguir a Gardel o a Pavarotti o a la Piaf no podrá valorar el canto de un coro de niños o la diversidad de tonos de una polifonía. O quien no oyó a los Beatles con su mínima batería no podrá aplaudir con la misma fortuna a otros grupos que andan por ahí.

La apreciación del arte es un don que le pertenece a los humanos pero que debe desarrollarse para completar lo que inició Natura. Quien no se conmueve con el canto del pájaro en las mañanas, quien no halló gracia en los conciertos de Amy Winehouse porque era aficionada a la droga, quien no disfruta los cuadros de Renoir y Monet no ha hallado el potencial necesario de espiritualidad para sentir las pulsaciones que produce la contemplación del arte.

Cada día el hombre se humaniza más cuando se preocupa de la suerte de los niños abandonados, cuando siente en si la queja de una Filarmónica porque el Estado no subsidia la cultura o cuando Hernán Restrepo pone en La Luciérnaga a Bienvenido Granda. Y se deshumaniza cuando disfruta viendo telenovelas como Sin tetas no hay paraíso o Los caballeros las prefieren brutas. Vaya manera de los medios de embaucar a la gente con estos bodrios…

22-11-11 - 4:14 p.m.

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