Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
La novela El Mundo de Sofía, del escritor Jostein Gaarder, nacido en Oslo, Noruega, en 1952, irrumpió al mundo del éxito en los años 90 del siglo pasado. Recién la leí ahora, y su buena cantidad de páginas enreda una trama donde la historia de la filosofía interactúa con las andanzas de Sofía, una niña de 14-15 años, y el profesor Alberto Knox, filósofo. La encrucijada del argumento, que se va tanteando en la lectura, se desenlaza bien adelantada la historia, cuando la sorpresa sobre la existencia de los protagonistas toma un rumbo diferente, siendo los nombres de otra niña, Hilde, y de su padre, el mayor Albert Knag, quienes iluminan la verdadera realidad de Sofía y Alberto Knox.
Buena propuesta sobre la fantasía, la aventura, la relatividad del saber, la reflexión filosófica, la posibilidad de mundos paralelos, la conversión del tiempo en delectación literaria. Preguntar por sus frutos sería ir al trastorno de capciosas explicaciones; la realidad inventa el juego contínuamente; nos involucra y convierte la mirada en expectaciones de lo posible, y lo mejor de todo es el disfrute que uno obtenga de todo ello. El saber es una entre muchas aventuras más: preguntar, dudar, afirmar, conceptuar los problemas, la capacidad para recibir respuestas... que surgen de dentro de nosotros mismos.
Toda creación literaria es un rondar la materia plástica de la imaginación; sus elementos, las palabras, ofician los conceptos, ideaciones y transformaciones incesantes de la fantasía y la realidad. Nuestro espíritu provee de todo: desde un simple contemplar inocuo y vacío, hasta la más compleja problemática del saber intelectual. Ocio necesitamos para trasegar las mil y un aventuras por donde Sofía podría acompañarnos en su juego de ilusiones; lograr tocar su gran cuento supone predisposición de nuestra parte, contagio de la lúdica y la razón ante las cosas que se presentan continuamente en nuestro entorno existencial, y también correr el riesgo que hace trizas o reconstruye nuestra arquitectura material y espiritual.
En EL MUNDO DE SOFÍA uno capta los posibles intentos, los dobles fondos, los riesgos y complejidades del compromiso fantasioso, el néctar de la fiesta y la aventura. Sofía nos introduce, a través de la razón (Alberto y sus providencias del saber), por las regiones donde cada entidad es un flujo de pasatiempos y gotas posibles del filosofar humano.
Hacer madurar los frutos del saber es la empresa más digna y propensa para identificar al hombre con su destino: llegar al saber absoluto, desafiar la ecuación que se sostiene incólume a través de los siglos y alborotos inestables de los hombres.

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