Todos los seres humanos dicen que hablan con Dios, que lo oyen y les da lo que piden. Yo ya no soy niño, y todavía no sé cómo es la voz de Dios, cómo es su figura. Se cree que tiene voz de hombre, barba, piel blanca, ojos claros y es Todopoderoso.
Desde pequeño me dijeron que existía, por lo tanto, a veces, he sentido la necesidad de invocarlo, de llamarlo y pedirle un favor. Lo he hecho en el templo, en la calle, en la casa, y en lo alto de la montaña. Dirijo mi mirada al espacio tratando de encontrarlo. Me coloco en posición de humildad y lanzo mi voz.
Hablo, gimo, me quejo, imploro, suplico y termino pensando que le he hablado al aire, al viento, a los árboles. Oigo el canto de los pájaros, el sonido de las hojas y ramas, pero no escucho ni veo a Dios, como lo experimentaban un Abraham, un Moisés y otros.
Fanáticos de libro negro bajo el brazo, me explican que Dios me habla con el sonido del viento, o el trinar de las aves, pero yo no entiendo ese idioma. Tampoco puedo interpretar el movimiento de las nubes. O también el predicador me orienta que Dios está en mis hermanos y semejantes. Entonces me detengo a verlos pasar, como el día que veía caminar al doctor Uribe rodeado de gente, y dije: ¿será el Señor? O cuando veo a Ligia en el parque de Caldas de Popayán, y me digo: ¿será ella la que lo representa? Es que mis hermanos son muchos, pero no tengo la capacidad de descubrir cuál de ellos es Dios.
De todas maneras, soy libre de pensar que Dios me ha escuchado, o no. ¿Será que un día me respondió con el susurro de la caída del agua?
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