ES MEJOR LA DEMOCRACIA QUE DAR LA ESPALDA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El garrote, la piedra, la amenaza, el miedo, el engaño, las armas y el terror han sido instrumentos de poder desde que el ser humano apareció en la escena de este planeta. Les sirvieron al cavernícola para ahuyentar a fieras y vecinos caníbales, les sirvieron a tiranos, a faraones, a emperadores romanos, a sátrapas persas, a dictadores africanos o centroamericanos o americanos para oprimir a sus coterráneos y avasallar a sus enemigos y gentes sin padrino.
El mundo antiguo no sabía de la existencia de la democracia. No sabía que el hombre tiene capacidad de reflexionar, de dialogar, de tolerar, de llegar a acuerdos, de convivir pacíficamente y buscar la felicidad. Hasta que los griegos, los romanos, los franceses, los ingleses, los alemanes, pusieron entre nuestras manos los ejemplos de Sócrates, de Platón, Aristóteles, de Cicerón, de Rousseau, de Disraeli, Churchill o Gandhi. Hasta que pueblos bárbaros como los Hunos o las guerras civiles romanas y los odios de Hitler no enseñaron que las ballestas, las teas incendiarias, los tanques, los aviones que descargan Tnt no calman la sed de poder y no hacen feliz al hombre, el hombre no comprendió qué es la democracia.
Hoy lo sabemos. La democracia es comprender y vivir la verdad de que todos somos iguales. No en tamaño, no en fuerza, no en mediocridad, no en ciencia o en habilidades mentales o físicas. Somos iguales como miembros de esta comunidad humana, iguales por vivir y querer disfrutar de los bienes de este mundo. Que lo comprenda el rey y el príncipe, el presidente y el ministro, el alcalde y el cobrador de impuestos. El ciudadano urbano y el que labra el campo. Y que lo comparta el padre con la madre, el hijo y el hermano, y el vecino con el forastero. Los políticos de hoy solo se declaran demócratas el día de elecciones.
Ojalá así lo comprendiera quien representa al pueblo y que lo exija quien votó por él y lo sentó en el cargo. Que lo entienda el diputado, el senador, el fiscal, el juez, el magistrado. Nadie nació en medio de una dinastía, ni con un terreno comprado. Ni un nombramiento hace mejor de repente a un sujeto por encima de sus semejantes. Sólo tiene un puesto y se llama servidor. Se acabaron los títulos que hacían noble o paria al nacido en una región o en un castillo o en un palacio. El hombre actual ya no es un esclavo o una veleta de viento que va o viene por mandato de un capataz con fuete. Nadie puede amedrentar a otro con el poder que le dio el voto ciudadano. Y nadie puede hoy, a puerta cerrada, tramar una ley que esté en contra de los asociados.
Los gobernantes que ayer quisieron gobernar sojuzgando a sus conciudadanos y sometiéndolos a su voracidad administrativa están cayendo. El hombre actual ya no soporta ningún yugo sea racial, religioso o político. El gobernante y quienes lo rodean en su mandato deben oler lo que acaba de pasar y está gestándose aún en países árabes como Libia. El hombre ya dejó de ser ingenuo, callado y la masa ya se ha fermentado. Ya no vota por un trapo, por un dios, por un caudillo, vota por ser libre y por creer en la democracia y espera que quien gane no lo defraude.
El que fue un día mendigo puede llegar a ser príncipe. El que hoy es estudiante que anda en la protesta mañana puede ser magistrado o procurador. Ojalá no lo olvide. Las dignidades no deben corromper la bondad, la honradez, el sentido de justicia o la piedad que habitan en el corazón humano. Un cargo no debe agrandar a nadie. Alguien sube para mirar mejor y servir mejor a quien lo subió y para entender mejor la condición humana. No para aprovecharse de ella y exponerla a su servicio y al de sus jefes y camarilla.
09-11-11 - 5:58 p.m.

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