"… surqué todas las rutas
y probé todos los mesteres.
Singlando a la deriva, no en orden
cronológico ni lógico –en sin orden-
narraré mis periplos, diré de mis empleos
con que nutrí mis ocios, distraje mi hacer
nada y enriquecí mi hastío;
hay de ellos otros que me calló…"
León de Greiff
El Ángel puso en el Paraíso la frontera. El juego depende de la superioridad intelectual del otro, algunas veces la reciedad del mulo define los estadios. El fuego purifica, la ceniza abona el surco. Comprendió el hombre que la violencia estaba allí desde el instante mismo en que tuvo conocimiento y razón, la lógica podía ser más contundente que los puños, al fin y al cabo al bruto lo asiste siempre la fuerza, contra la flamígera espada del inventor del derecho no podía su continente físico ni era suficiente la mezquina hoja de parra para ocultar su potencia, le quedaba la imaginación, la astucia de su compañera y la dimensión del tiempo que le proporcionaría las armas. Al odio, a la intolerancia y a la represión se antepone siempre el amor, débil lanza que fácilmente se rompe en los embates, sin embargo la idea termina siendo una espina inexpugnable; allí, en el embrión de esa espina que puede ser una rosa blanca o roja, Sergio Zaffaroni ha colocado todo el ímpetu de su expansión geográfica, toda su experiencia de hombre que ha combatido en todos los niveles, con el fusil, con el martillo, con el azadón. La tierra será siempre la patria inajenable del combatiente, reclamarla con voz airada lo ubica peligrosamente bajo el aquelarre del dogmatismo político y de una demagogia inevitable, porque hay verdades que no pueden decirse en forma sutil sino con un exabrupto, con un !carajo!, con un ''taco'' virulento cuando no con un golpe o una mentada de madre, por otra parte en Zaffaroni se siente la ternura hacia el frágil ser humano que se encuentra en la banda opuesta de quienes todo lo tienen, !menos la razón!, es coparticipe de la angustia de ese hombre de la calle, de ese dolor de vida del miserable que pide el pan nuestro de cada día con las manos ateridas de tanto clamar al cielo, allí está el empuje de este escritor que no lo es de salón, que sabe del sudor del músculo en los muelles de los puertos, en los campamentos donde se trasquilan las majadas y se carda esa lana de oveja, el peso de los camiones que descargan sobre sus espaldas toneladas de mercancías, el ojo fue avizor en la guerrilla cuando se tenía transparente el alma, pero nunca definitiva la palabra de los fusiles porque los muertos no hablan, las banderas son hermosas desplegadas al viento y el relincho de los caballos al galope nos trae remembranzas de las grandes batallas libradas entonces cuando la hidalguía podía ser compartida con el enemigo, ahora el odio ha abierto zanjas insondables entre quienes se creen dueños absolutos del universo y quienes por no tener ya nada lo arriesgan todo en una descabellada odisea cuyo fin es imprevisible. El desajuste social, el resentimiento de los marginados, los deshechos humanos de las grandes urbes, la industria militar que alimenta y provoca conflictos, la intolerancia étnica y la miseria han creado potencialmente un enemigo invisible que puede atacar, sin misericordia, en cualquier momento eligiendo objetivos al azar.
Zaffaroni ha capturado esa vivencia humana que se le desborda con todas sus consecuencias hasta cuando se le cruza una mujer bella en el camino, tenerla es ya una válvula por donde la imaginación lo lleva hasta ganar el juego de las escondidas y los desquites, es ella el premio mayor, la lotería del campeón que ha besado mil veces la lona y otras tantas se ha levantado dispuesto a devolver los golpes. Es él en todos sus relatos, en su prosa periodística abierta como un surco, en sus cartas donde pone el corazón, la fe, la confianza en el amigo.
Un buen escritor hace de su propia vida una fábula increíble en donde los dragones y los seres mitológicos son reales, nada concreto sale del magín del intelectual de salón cuyos personajes son muñecos de trapo y arcilla un poco empapados de filosofía y entelequia, por lo contrario en Zaffaroni está el hombre común y corriente que sufre cuando la sequía quema los pastos y condena a muerte el ganado, que juega de alegría con Tai-Tai su perro, cuando las primeras gotas de lluvia despiertan la naturaleza con un canto de acción de gracias, que comparte las paredes de su casa, el salchichón, los silos y las sardinas con los necesitados y hace de su esposa la milagrosa guerrera celta de sus sueños. Ilirios e irlandeses, serbios y rusos se cruzan en el mapa de las etnias del pasado que le dieron configuración a su estatura y contextura a su presencia física, porque todas ellas afloran en esa prosa suya, tan personal y fuerte, tan procaz, tan atrevida como la piedra que se lanza para romper los cristales de una oficina del registro civil.
José María Nogales, poeta, bibliotecario archivero del Ayuntamiento de Alcalá de Henares, España, me obsequió un día equidistante ya en mi memoria un libro que venía húmedo por la bruma de los puertos, las sombras y el sol del Uruguay, con el olor ácido del salitre de Chile, un libro que encerraba los perfiles de esas milongas que se bailan en los arrabales de Montevideo y Buenos Aires y cuyos actores terminan a cuchilladas en un tertuliadero de inmigrantes latinoamericanos en cualquier parte de Australia. Me interesó el escritor, sus cartas me descubrieron un hemisferio del cual también hago parte, pues de nada sirve una prosa que se pierde en libros que nadie quiere volver a leer, la necesaria obligación de estar comprometidos en un solo frente, en un combate irreversible hasta lograr que un día el hombre pueda vivir en su propia patria. Como en Zaffaroni, igualmente hay en mí una veta celta que nos enseña a descubrir el día en los intrincados laberintos de la noche, a comprender por igual que la vida es un carro de combate arrastrado por leones. Los búhos y los cisnes quedan en las viñetas de las Academias. ¡Salve, Zaffaroni! Sergio es un nombre Etrusco que significa srz, esto es: la esencia del espíritu, el corazón!
N. Sandoval-Vekarich
Belgrado, Octubre 5 de 2001
Nota. Uruguayo. Australia fue su segunda patria como la de muchos hispanoparlantes que alli residen. Sergio Zaffaroni murió en un accidente automovilístico no lejos de Eneracum, su pequeño fundo en un rincón de Australia. Un día me pidió que escribiera un prólogo para una colección de cuentos suyos que tenía ya en mente para su publicación. Accedí de buen gusto pues muchos de esos cuentos ya los conocía, desafortunadamente la muerte le jugó una mala pasada. Cuando leyó mi exordio, me escribió: he tenido que esperar hasta que se me secaran las lágrimas para darle una segunda lectura, decidí entonces quemar los cuentos y publicar únicamente tu exordio. Salve, querido poeta. Sergio.
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