viernes, 4 de noviembre de 2011


FORMAS ARTÍSTICAS PARA PROTESTAR


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

A los estudiantes que buscan democratizar la ciencia y el pensamiento

Sentado, mudo, hierático y digno, vestido de toga blanca, vemos en las fotos de la prensa ya raídas, al Mahatma Gandhi. Así resolvió él luchar ya hace casi un siglo, sin armas de fuego o contundentes, sin gritar consignas pregrabadas, por la libertad del pueblo hindú, su patria. Sabía que la fortaleza interior, la fuerza espiritual, el Arte de no hablar para exigir, era más efectiva que una marcha brutal, que regar de pasquines los escritorios y tirar bombas molotov o empuñar aKs-47 en la selva tropical. Y no hemos aprendido la fórmula.

El historiador y profesor de la Universidad del Valle Yamid Galindo Cardona en el periódico Cali Cultural de este mes así lo afirma. Y tiene razón. Los sindicatos, el gobierno, la guerrilla nos tienen acostumbrados a tomar aerosoles para pintar carros y hacer propaganda en las paredes, a gritar en marchas aquellas consignas de siempre o tirar piedra como chicuelos a los pajaritos que ruedan en carros blindados o a atravesar troncos en la mitad de la gran vía.

El Estado empieza la violencia con sus leyes, decretos o medidas que oprimen al pueblo. El pueblo, - trabajadores, estudiantes o familias en casa -, responden con paros, marchas con camisetas pagas, con alharaca barata copiada de épocas y movimientos pasados de moda, que terminan siempre en desorden y vidrios rotos. Y el Estado gana siempre. “Es la guerrilla infiltrada, son los encapuchados de siempre”, enviados, y que no se sabe quién los paga. Y la injusticia social sigue triunfante.

De nada valieron la movilización de masas, el cansancio, los heridos y los muertos. Pero, a cambio, todo fue una fiesta. Hubo banderitas, carrotanques, cureñas, camuflaje con caras pintadas, carreras y escondite tras las rejas.

No hay planeación inteligente por gente que piense. No hay metodología apropiada, ni intención clara de lo que se quiere, ni tratamiento adecuado del problema o la necesidad que agobia. Por lo contrario, hay improvisación, torpe copia, y sobre todo, se pone en peligro a los ingenuos participantes en la repetida comedia.

Hay antecedentes de hechos políticos que han cambiado la historia, relata Yamid Galindo en su texto “El eterno retorno de la capucha y la piedra”. En enero de 1979, 350 presos del IRA se negaron a bañarse y a llevar ropa de presidiarios. Se orinaron en los pisos de la cárcel de Belfast en Maze y embardunaron de excremento las paredes y el cielorraso de sus celdas. El Arte, - kitsch, burlesco o a secas -, “está por encima de ideologías”, dice. Las supera. “El Arte transpira el lugar donde se elabora y con su carácter pedagógico de salvación y orfandad es lo único que nos permite convivir con la barbarie” y salir de la injusticia.

Este profesor de historia está inspirando a idear nuevos productos para caricaturizar en la protesta al régimen. Decía Don Camilo: “Con campanas acallamos el micrófono de Peppone”. A innovar el grito que quiere salir de la garganta, a expresar la indignación sin imitar viejos moldes. Los pasamontañas no son aptos para un pasaje de ciudad, el dogmatismo de la piedra solo es argumento de la caverna, la capucha invisibiliza la inteligencia y la cara de quien no tiene qué ocultar sino visibilizar su rabia. La protesta debe tener cariz razonable y no debe competir con la fuerza, los gases y la bota, instrumentos militares.

La ira será siempre ira y será humano y posible expresarla. ¿Por qué invalidarla si hay medios aptos para frenar el ansia de represión y furia de quienes oprimen al pueblo y darles el gusto de que ganen el pulso desigual?


03-11-11 - 11:20 a.m.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada