viernes, 4 de noviembre de 2011

HACIA UN MÁS ALLÁ, LLENO DE PLENITUD

“Dios hace vivir a los muertos y llama a la existencia cosas que no existen”
Romanos 4, 17

Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la Santísma Trinidad
Santander de Quilichao, Cauca

En nuestra vida cotidiana, a veces actuamos “sin creer jamás realmente en nuestra propia muerte; como si creyéramos piadosamente en nuestra inmortalidad física. Intentamos dominar la muerte” (Zilboorg. G). Algunos nos encerramos en nosotros mismos, lo que es terrible porque cuando ya no somos nada para los otros, cuando ya no contamos para nadie, estamos como muertos. Otros, al contemplar la posibilidad de su muerte, llegan incluso al desespero. Según Kierkegaard: “saber que el hombre es comida para los gusanos… parece una burla, por la cual un tipo de hombre cultural se rebela ostensivamente contra la idea de Dios. ¿Qué especie de divinidad habrá creado tan compleja y extravagante comida para gusanos?” Pero nadie, como el espíritu atormentado y lúcido de Miguel de Unamuno, se ha rebelado contra la muerte. No encontraba argumentos de razón con los que asentar la inmortalidad del alma, a la que le conducía el deseo. Este era su drama: “No quiero morirme, no, no quiero quererlo; quiero vivir siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por ello me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia”. Y luego exclama: “Si después de esta vida nos espera la nada, hagamos que esta vida sea una injusticia”, la mayor injusticia de todas. Y nos llama a que nos rebelemos y luchemos contra ella al modo como el Quijote se enfrentaba loca y desesperadamente contra los molinos de viento, aun sin esperanza de éxito. Si la meta es la nada, la nada es ya la sustancia de todas las cosas.


En definitiva, la muerte es inevitable, no se puede hacer nada contra ella. Epicuro, el filósofo del bienestar y la vida sosegada, decía que “la muerte no es nada con respecto a nosotros. Cuando existimos nosotros, la muerte todavía no existe; cuando la muerte existe, ya no existimos nosotros”. En nuestros días vivimos en una sociedad que tiende a “desacralizar la muerte” como si no existiera y como si fuera el fracaso mismo del ser humano. En otro tiempo se ocultaba a los niños todo lo relacionado con el sexo y la vida, pero se les permitía asistir en casa a la habitación del moribundo. Hoy en día, se les inicia en el sexo y la vida, pero se evita ante ellos hablar de la muerte. En verdad, la muerte es hoy el gran tabú de nuestra cultura. Observa G. Colzani, que “la sociedad de hoy no tiene la suficiente consistencia para reconocer la profundidad de la muerte y su desafío, porque la cultura de hoy en día es la cultura del disfrute inmediato y a toda costa, que no puede quedar turbado”. El hombre no quiere vivir ya en presencia de la muerte. Por ejemplo, cuando se acude a un funeral, por simple compromiso, algunos dicen al oído del pariente del muerto: “la vida tiene que seguir” y todos desaparecen. Pero, la realidad es que “si reprimimos nuestra propias angustias y no nos tomamos tiempo para llorar a nuestros difuntos, no nos conmoverá ya ningún dolor ajeno. La muerte reprimida difunde una indiferencia paralizadora” (J. Moltmann).

Banalizar nuestra muerte es banalizar nuestra vida. Vivimos demasiado acelerados. Y el presente, “en la medida en que ya no es la preparación y la meditación sobre un más allá de plenitud, sino la apresurada compra de placer efímero y fugaz, se va llenando de vacío” (J. F. Bellido). Hoy, con la pérdida de la sacralidad de la muerte, se ha perdido la sacralidad de la vida. Hay un hecho curioso: actualmente ya no se pide, como se hacía antiguamente en las letanías: “que Dios nos libre de la muerte repentina”, puesto que esto es precisamente lo que más desea el hombre postmoderno: una muerte que no le permita pensar. Ya decía B. Pascal que “no habiendo podido los hombres curar la muerte, la miseria y la ignorancia, han imaginado para volverse dichosos, no pensar en ello”. Por el contrario, Moltmann afirma que “tan solo el que vive lentamente entra realmente en lo que es la vida, es capaz de detenerse en el instante y experimentar en él la eternidad… esta serenidad de la vida ¿no presupone alguna esperanza en la vida eterna? La angustia de morir oprime; en cambio la esperanza en la vida eterna abre para nosotros un dilatado espacio vital más allá de la muerte, y trae serenidad al alma: nada se pierde y no echas nada de menos”.

El cristiano se define de una manera muy sencilla: “entregado a la muerte, consagrado a la vida” (Pierre Talec). Sin desentenderse de las cosas del mundo presente, sin olvidar que es “ciudadano del cielo”, sabe que su suerte está decidida por el juego entre la misericordia y la confianza. En el momento de la muerte “no hay más que hacer que arrojarse confiadamente en la misericordia. Si es el único acto que debiéramos realizar en el momento de la muerte, es el único que se nos pide para toda la vida. No tenemos entonces nada que hacer aquí en la tierra sino comenzar a vivir de la vida eterna. Siendo la muerte la puerta de la vida eterna, no tenemos nada más que hacer que aprender a morir en el amor de Dios” (M.D. Molinié). La muerte existe en contra de la voluntad de Dios. El libro de la Sabiduría afirma claramente: “que la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo” (Sabiduría 2, 24). Dios había creado al hombre, afirma el texto sagrado, para la incorruptibilidad, porque lo hizo a imagen de su misma naturaleza. Y el Vaticano II indica que: “el hombre, si no hubiera pecado, habría sido sustraído de la muerte corporal” (GS 18). Nuestro Dios es el Dios de la vida, no el Dios de la muerte. Y el hombre, creado a su imagen y semejanza, no ha sido creado para morir, sino para participar en la vida de Dios en plenitud. Es Cristo el que ha dado con su resurrección la respuesta al misterio de la muerte, de modo que Cristo ha venido a liberar a cuantos, “por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud” (Heb 2, 15).

La gran novedad del cristianismo es que sabemos que la muerte está vencida, en el sentido de que Cristo venció la muerte por su resurrección. Por lo tanto, el cristiano muere de forma diferente, pues puede morir en el Señor: “Dichosos los muertos que mueren en el Señor” (Apocalipsis 14, 13). Cada uno podemos decir: es bueno para mí morir en Cristo Jesús. Es más, creemos que la vida de Dios se nos da ya ahora: “Vean qué grande amor nos ha dado el Padre al hacer que nos llamemos hijos de Dios y en efecto lo seamos” (1 Juan 3, 1). Por tanto, los que creemos en la resurrección de la carne, sabemos que nuestra vida no termina dentro del sepulcro, que, como Jesús de Nazaret, resucitaremos por el poder de Dios y que nuestros días no son sino la larga gestación para este nacimiento definitivo. La palabra “carne” en la Biblia indica “naturaleza humana”: el hombre todo y todos los hombres, con sus debilidades, limitaciones, con su sed de felicidad, con su voluntad de vivir para siempre. Carne es todo corazón, toda alma, toda mente, es el hombre entero (ver Job 19, 26; Lucas 3, 6; Juan 1, 14). Resurrección de la carne significa que la humanidad y cada persona veremos el rostro del Señor Dios. Es decir, que mi identidad quedará preservada para siempre. Yo mismo y no otro veré a Dios y lo veré tal como es. Y por el Espíritu Santo que vive en mí llamaré Padre a Dios y en su amor viviré para siempre ( cf 1 Juan 3, 1-2).

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