miércoles, 9 de noviembre de 2011

Isaac Chocrón

Gloria Cepeda Vargas

Con los títulos de “Isaac Chocrón el magnífico” y “El teatro perdió un animal feroz”, dos diarios caraqueños del lunes 7 de noviembre encabezan la noticia del fallecimiento de Isaac Chocrón.

Nacido en Maracay, Estado Aragua, el 25 de septiembre de 1930, falleció en Caracas en la madrugada del domingo 6 de noviembre a los 81 años de edad. Economista, ensayista, docente y sobre todo hombre de teatro, a partir de los años setenta con Román Chalbaud y José Ignacio Cabrujas integró la llamada Santísima Trinidad del Teatro Venezolano, sambenito que les fue endilgado por sus fundamentales aportes a los escenarios del país.

Foto: http://www.el-nacional.com/
Fue fundador de la Compañía Nacional de Teatro, cofundador y director del Nuevo Grupo el cual, según sus palabras, fue “El proyecto teatral más importante que ha tenido Venezuela”, director del Teatro Teresa Carreño y de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Central de Venezuela.

Admirador de Tennesse Williams, Harold Piter y Edward Albee, dedicó algunos de sus ensayos a la exploración analítica de sus andanzas y retos. “Su obra desnuda algunas relaciones humanas en las que los involucrados terminan devorándose a dentelladas”, dice de él Rubén Monasterios en “Un enfoque crítico del teatro venezolano” (Monte Ávila Editores, Caracas, 1989).

Por visionario e irreverente, su obra merece el calificativo de universal. A más de director, fue incansable gerente cultural del Teatro Teresa Carreño que mucho debe a su manera abierta y osada de registrar la vida.

Se inició en la literatura con la novela titulada “Mónica y el Florentino” (1951) y muchos años después, en 1986, publicó “Cincuenta vacas gordas”, su novela más conocida.

Piezas teatrales como “El quinto infierno” (1961), “Animales feroces” (1963), “La revolución” (1971) y “La máxima felicidad” (1975), fueron creadas para contravenir valores establecidos, cuestionar conductas colectivas, desacralizar héroes patrios. En “Asia y el lejano oriente” (1966) plasma la imagen de un país vendido por sus hijos. Con “Tric, trac” (1967), “Okey” (1969) y “Solimán el magnífico” (1991), cierra el ciclo de piezas escritas para ser representadas. Su última obra: “Tap Dance”, completa con “Clipper” y “Animales feroces”, una trilogía de tema familiar. Su novela “Pronombres personales” fue publicada por entregas en “El Nacional” en el 2002 en un momento en que ya no se consideraba viable publicar con formato y estilo folletinescos. Por lo tanto fue vista como excepcional y novedosa. Después de muchos años volvió a escribir conmovido por la desventura del Departamento Vargas (deslave del 99) azotado en forma implacable por lluvias y deslizamientos torrenciales, denunciando el atroz silencio que siguió a una tragedia cuyas secuelas siguen vivas.

Dos magníficos ensayos “Tendencias del teatro contemporáneo” y “El nuevo teatro venezolano”, dan fe de su entrega y preocupación por el oficio al que dedicó la vida.

En 1979 se hizo acreedor al Premio Nacional de Teatro y dictó cátedras especiales en universidades del exterior; en el 2002 obtuvo el doctorado Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela.

Hace treinta años la dramaturgia venezolana dio su salto más importante. Gobernaba el país por primera vez Carlos Andrés Pérez. Eran los tiempos en que Chocrón hacía con Román Chalbaud, la película “La oveja negra”. En una época en que todos apostaban por la internacionalización de los libretos y las recurrencias de los clásicos del teatro, fue capaz de probar que era posible crear obras inmortales inspiradas en la realidad de su terruño.

Pocos venezolanos podrían presumir de un legado tan importante y fundamental para la cultura nacional. “Su partida es como si arrancaran parte del corazón de los escenarios del país”, dicen sus alumnos y seguidores.

Fue crítico mordaz de la realidad venezolana. “Agradezco al presidente Chávez que no me tome en cuenta”, solía decir. Siempre a la vanguardia de su generación, curioso, observador, conocedor del poder que ejerce la palabra multiplicada e inteligente, renovó la dramaturgia nacional de los turbulentos años sesenta e hizo de las instituciones dedicadas al arte del ademán y el diálogo, empresas con futuro. Se fue un puntal irreemplazable del arte visionario en Venezuela. “Hay que cuidar el ritmo”, decía, refiriéndose al temple armonioso que debe imprimir a su labor todo actor que se respete. Ése fue su secreto. El oído privilegiado con que vino al mundo le permitió medir no solo la armonía captada por la audición humana. Cuidó el ritmo de la palabra, del ademán, de la conducta ante la vida. Un aplauso más para quien tantos cosechó a lo largo su fructífera jornada. El telón acaba de caer.

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