viernes, 25 de noviembre de 2011

JESUCRISTO VINO, VIENE Y VENDRÁ…

Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la Santísima Trinidad - Santander de Quilichao

La primera fiesta de los cristianos es la PASCUA. En los inicios de la Iglesia, no se conoció sino una fiesta: el día de Cristo el Señor, la Pascua semanal, celebrada con la Eucaristía (también llamada “Fracción del Pan”, por ejemplo, en Hechos 2, 42). Por lo tanto, Navidad (y su tiempo de preparación, llamado “Adviento”), no es la primera fiesta en el año litúrgico de la Iglesia, ni se le puede igualar a la fiesta de la Pascua, pero tiene una grandísima importancia que hemos de meditar para sacar mayor fruto espiritual. Navidad es vista como principio de la Iglesia y de la solidaridad de todos los hombres: “la generación de Cristo, es el origen del pueblo cristiano: el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo. Además con la encarnación, el hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre” (cf. G.S. 22).

Adviento es el anuncio de la Navidad. Y la Navidad será el camino para una religión auténtica, en espíritu y en verdad. Hará posible que el corazón del hombre vuelva a Dios, por el camino que abre Cristo. El término “adventus” en el vocabulario civil ha significado “advenimiento”, aniversario de un determinado acontecimiento. Normalmente se refería al ascenso de un emperador al trono. En el lenguaje eclesiástico, dicha palabra ha implicado ante todo el nacimiento de Jesús y su aniversario, luego la preparación para tal acontecimiento y, finalmente, la espera de la segunda venida. Adviento es la preparación de un recuerdo histórico, del hecho de un Dios que nace hecho hombre. Es preparar la venida final al templo de toda la humanidad. Es también la venida al templo que somos cada uno de nosotros. Podemos resumir Adviento y Navidad diciendo que el Señor VINO, VIENE Y VENDRÁ:

JESUCRISTO VINO… El Verbo (Jesucristo) se hizo hombre (Ver Juan 1, 1ss) en María por obra del Espíritu Santo, y nace en belén de Judá. Las celebraciones litúrgicas de los días 17 al 24 de Diciembre destacarán este acontecimiento. Comenta San Bernardo: “¿Por qué vino Él a nosotros, o por qué no fuimos nosotros a Él, puesto que la necesidad era nuestra? Había un doble impedimento: estaban ofuscados nuestros ojos y Él “habita en una luz inaccesible” (1 Timoteo 6, 16). “Vino no en el principio del tiempo, no en el medio, sino en el fin; en la plenitud del tiempo” (Gálatas 4, 4).

JESUCRISTO VIENE HOY… a través de la Iglesia, de los Sacramentos, especialmente en la Sagrada Eucaristía. Viene en su Palabra, transmitida fielmente por la Iglesia que fundó. Viene en el hermano, en el más pobre o necesitado, por eso es que se dice que “la esperanza, es un aspecto de la fe y está indisolublemente unida al amor. Además, el hombre que ama a otro, precisamente porque le ama, tiene una confianza absoluta en él y espera todo de él en la esperanza” (Adrien Nocent). Creemos que el Señor Jesucristo preside todas nuestras celebraciones y nos impulsa a reconocerlo sobre todo en el prójimo. Él celebra con su Iglesia, para la gloria del Padre Celestial, porque “Jesús, el que ha llegado, es también a lo largo de toda la historia el que llega” (Benedicto XVI).

JESUCRISTO VENDRÁ… como Él lo prometió, al final de los tiempos. Este aspecto se celebra desde el domingo primero de Adviento hasta el 16 de Diciembre. Partimos de reconocer que “Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo de lo que está por venir está presente” (Benedicto XVI). Pero hay personas que tienen una visión del mundo que podemos llamar “apocalíptica”, fundamentalmente pesimista e individualista. La historia del mundo en esta perspectiva, se ve en dos fases: la presente, dominada por el mal y bajo el juicio punitivo de Dios; la futura, en la cual el mal será definitivamente vencido y los elegidos reinarán con Dios. Es decir, hay una falta de confianza para hacer emerger una novedad de bien en este mundo totalmente manchado, y por lo mismo todo digno de condena. Por el contrario, hemos de comprender que el juicio de Dios es un juicio de salvación ya operante en el presente por la construcción del Reino que será definitivo en el más allá. Es más, la espera del Señor “no podemos reducirla a una renovación futura del mundo, como si el mundo presente tuviera que desaparecer para dejar paso a un mundo nuevo. Ya ahora y con los elementos del mundo actual esperamos la realización de un mundo nuevo que ya ha comenzado” (Adrien Nocent). No obstante, los cristianos esperamos a “aquél que es, el que era y el que vendrá (Apocalipsis 1, 4-8; Éxodo 3, 13-14). Vemos la historia como lugar de realización de las promesas de Dios y lanzada hacia su cumplimiento definitivo en el “día del Señor” (cf. 1 Corintios 1, 8; 5,5). Nos sabemos herederos de la salvación (cf Hebreos 1, 14) y plenamente justificados (cf Romanos 5,1), sin embargo, reconocemos que por el momento somos salvados solamente en la esperanza (Cf Romanos 8, 24), pues se trata de una herencia que se revelará solamente al final de los tiempos (cf 1 Pedro 1, 5).

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