miércoles, 2 de noviembre de 2011

Las pataletas de Uribe

Gloria Cepeda Vargas

Que Álvaro Uribe insista en desvestir sus falencias mentales no es nuevo en Colombia. Lo grave es que tanto la clase dirigente como el ciudadano común sin olvidar los medios de comunicación, pierdan el tiempo prestando atención a unos patatuses que parecen sacados de la época del miriñaque y el quitrín.

Colombia no acaba de medir la magnitud de la tragedia que debió soportar. Durante ocho años fue la muñeca dormilona, el trompo, el yoyo, los zancos, la zaranda, el revólver de palo, el payaso y el mimo para regodeo de los retozos del travieso Uribe. Pretencioso como un pavo real y egoísta como un adolescente, se tomó al país como si fuera una finca de su propiedad sembrándola, rodeándola, evaluándola, cosechándola, cercándola. No dejó títere con cabeza. No conoció murallas para sus ambiciones. Siempre fruncido el ceño como si estuviera a punto de estallar en llanto o en uno de esos berrinches verbales que lo inmortalizan, se convirtió en una figura amada o rechazada hasta el delirio.

El poder es para este personaje una obsesión como lo son sus caballos, sus zamarros y sus rebuscados emblemas. No concibe la vida sin vasallos. Su biliosa condición precisa salirse con la suya aunque para ello necesite incursionar en vericuetos prohibidos.

http://jmrg.files.wordpress.com/2007/11/uribetemper.jpg?w=400&h=310
Por eso ahora exhibe sin pudor sus pretensiones. Como diría algún apuntador literario: la palabra del presidente “está fuera de contexto”. Es tanta su insania que osó creer en la obsecuencia incondicional de un zorro redomado como Juan Manuel Santos. Pensó, con la ingenuidad propia del megalómano, que su ex pupilo le pediría la bendición para caminar tranquilo. Esa demostración de candor es imperdonable en una hoja curtida en mil veranos. No hubiera sido positivo y menos recomendable para la vida democrática del país, que Santos hubiera heredado y usado –como sucedía en mis tiempos entre los hermanos- esa vestimenta olorosa a incienso que tantos réditos dio a su propietario.

Ahí sigue bufando. No es el nombramiento de Rafael Pardo como Ministro de Trabajo lo que desata la indignación del desposeído ni las múltiples y a veces sutiles discrepancias del presidente ni tampoco la ostensible diferencia que con el suyo presenta el estilo gubernamental de hoy en Colombia. De no mediar estas circunstancias, igual estaría crepitando como una tajada a medio freír. Lo que lo saca de quicio es la ausencia de la parafernalia plutocrática y la omnisciencia corruptora. Necesita la genuflexión y hasta el servilismo para apuntalar una personalidad más débil de lo que se cree. Siempre estará a la defensiva, luchando con molinos de viento. Por eso es tan incómoda su posición y tan inconveniente su presencia en los estamentos que deciden los cruciales asuntos del país.

Pero lo que despierta el asombro de cualquier hijo de vecino, es la respuesta que propician sus piruetas. El congreso vacila en aprobar proyectos importantes porque no responden como se debe al último estallido del oráculo. La magna corporación se estremece ante la esperada descarga desaprobatoria. Y lo que es peor: los medios de comunicación registran como naturales estas demostraciones de subdesarrollo político y los columnistas de prensa ni siquiera se ruborizan cuando emplean los espacios que el periódico les adjudica “analizando” el grito, indagando en el porqué, registrando –como si fuera un atado de ropa sucia- las frases enmarañadas y los ademanes inconexos de un personaje a quien hace tiempo deberían haber atornillado en su marco.

La ecuación tiene dos miembros y si equis por equis equivale a equis al cuadrado, debemos entender que mientras el eco responda, el loco seguirá gritando.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada