domingo, 13 de noviembre de 2011

N. Sandoval-Vekarich

Belgrado, Noviembre 9 de 2003

El silencio es un océano inmenso
que oculta bajo sus aguas
otros mundos,
otros bosques y praderas,
otras flores,
rocas de corales rojos, de corales
azules casi blancos por el óxido y la cal,
seres frágiles que parecen sirenas,
barcos de cristal que transportan
la luz de las auroras
y descargan los días y las noches
en los puertos del olvido....
y los delfines que cantan sus eternas
letanías de amor,
todo, todo esto
tiene sólo un nombre:

JOSEFINA

Fue un espejismo. Una imagen fugaz. La transición de la vida a la muerte en un suspiro. Largos y negros cabellos le cubren los hombros como una cascada de tinta negra. En la mirada, suspicaz y transparente, el olvido no muy lejano de una noche de primavera cuajada de estrellas, pero cuando la vio cubriendo con su cuerpo el marco de la puerta el sol golpeaba sus espaldas y no era aquella otra mujer de rostro pálido y altivo portadora de lo eterno que se anuncia sin saludar al pasar por la calle, dibujando casi la sonrisa enigmática y pícara de una escolar de primer grado que arrastra al desgaire su bolsa de libros y cuadernos.

No podía ser más contradictoria la aparición, tal fuera la luz nocturna de aquella en el destello solar de ésta que sacudía enérgica sus largos y finos dedos sobre la corta melena de cabellos claros como la paja de los sombreros que usan las mujeres del pueblo en el páramo de Santafé de Bogotá. En sus ojos estaba el fulgor de los últimos días del estío, un cielo gris casi azul en los que se podía adivinar el color dorado de las hojas que el viento arranca de los árboles y arrastra hacia los más lejanos confines del sueño. “Tú y yo ya nos hemos visto”, afirmó. Se acomodó muellemente en la butaca que alguien le alcanzó para que se sentara. Miré sus largas piernas de bailadora de tangos dentro de pantalones vaquero, me pareció recordar su voz en el murmullo de una fuente lejana y perdida en mi infancia; en el jardín de una ciudad inventada por la memoria de los falsos recuerdos vanidosos pavos reales desplegaban su abanico de colores ya verdes, ya azules en tanto un cisne ignorado de todos ponía la nota blanca sobre las aguas. Pero ahora estaba allí, al alcance de mis manos que querían acariciar sus mejillas, tersas casi pétalos de rosa. Era la primera vez que su estampa inundaba de ignotas mandrágoras mi espíritu, sentí que su presencia era desde siempre una herida incurable en mi corazón, una herencia imperdonable del pasado, un castigo y a la vez una promesa que me habría de perseguir con esa fe y esa desesperanza de un beduino. No una dolorosa espina, un árbol acaso en un campo yermo, una rosa blanca solitaria contrastando dentro de un jarrón de porcelana gris y azul frente a una ventana abierta hacia el mar. En la playa los chiquillos alborozados descubren caracolas bajo las arenas y un par de enamorados se acarician curiosos descubriendo la irresistible pasión del cuerpo. De pronto su risa rompe el rumor de las conversaciones, se abre paso a semejanza de una alondra que inundada de felicidad escapa de una jaula. Me invadió una tristeza infinita por tenerla tan próxima y tan lejana. Nunca supe compartir la soledad, sempiterno prisionero de mí mismo, de mis sentimientos tan contradictorios y en pugna por salir del claustro en que me encontraba rebosando de amor y de ternura hacia aquella desconocida que me ponía una vez más frente al peligro del dolor y de las frustraciones, de la cobardía de perderla antes de haber disfrutado del sudor de sus axilas. Sentí la imperiosa necesidad de marcharme cuando la alegre comparsa se trasladó a la terraza del hotel en la ancha acera que daba a la avenida, agitada por el ir y venir sin sentido de las gentes, en una feria cotidiana en que la vida discurría hacia el pasado. Hay en el aire un olor fresco de palomitas de maíz y jolgorios de niños inquietos y alegres que corren y gritan sin sentido. Amplios parasoles proporcionan generosa sombra a las tres pequeñas mesas arrumadas para atender a tan bulliciosos contertulios, parecidos a veteranos en licencia de una guerra jamás librada. Un gitanillo se acercó tímido a pedir una moneda, ella le acarició el rostro con el amor de una madre que ha perdido sin saber cómo a sus hijos en algún recodo del camino. “Tú te quedas” me amonestó imperioso Antonio, conocedor de mi inexplicable abracadabra de desaparecer en el instante menos esperado. Ella, sentada a mi lado izquierdo, nada dijo ni me obsequió ninguna mirada segura de que todo esto era un juego tonto que no le concernía. Brillaba en la diestra del gitanillo una moneda que agradeció besando la mano generosa de la mujer. Los chascarrillos se batían como espadachines sin provocar escándalo, pero las risas espontáneas rompían la monotonía de una charla insustancial y baladí como si se tratara del condimento indispensable de un compromiso social sin importancia en un baile de beneficencia, en realidad el campo era propicio para la frivolidad y vanidad de los actores acostumbrados a participar en esta clase de deslices y ocurrencias sin salir jamás del proscenio de un teatro artificial. La tarde había muerto. La noche se hizo dueña del auditorio que sintió la imperiosa necesidad de cambiar de escenario. Ella propuso el bodegón de los marinos, al menos así lo recordaba con ese nombre en aquellos años de vida estudiantil tan pródiga entonces a pesar de los precarios bolsillos.

*****

Renegaba de la ropa interior comprada en Roma que me quemaba el cuerpo. En el bodegón el calor era sofocante, insoportable, pero la gente se sentía a gusto y el rumor de las voces parecía un concierto de ranas y de gansos, si alguien recuerda el croar de los batracios y el graznido de las ánades a la orilla de los lagos cuando la tarde declina. En el centro de la sala una inmensa caldera se alimentaba de carbón, una manga larga de hojalata que transportaba la calefacción se extendía buscando la salida apropiada del humo en un extremo de las paredes de un segundo piso, de anchos balcones, abastecidos con mesitas a lo largo del pasadizo aéreo y protegidas por un tejido de listones de madera pintados de verde. Desde el piso inferior que era en si toda la sala, cuando se miraba hacia lo alto, se podían ver bajo las enaguas las piernas abrigadas de las mujeres con gruesas medias de lana, los abrigos colgaban desmadejados en herrumbrosas perchas de hierro, el humo de los cigarrillos, la transpiración de los parroquianos y el vaho caliente hacían irrespirable el ambiente, pero las gentes se sentían felices, comían con fruición y vaciaban de manera maquinal e intermitente las jarras de vino que mezclaban con soda o con agua mineral. Los estudiantes preferíamos lo más barato de acuerdo a la prosodia de nuestros bolsillos, los “girice” que llaman “ménola” los italianos, pececillos minúsculos fritos en aceite que aun hoy se acompañan con gran cantidad de pan y papas fritas. El bodegón de los marinos, así era conocido, tenía otro nombre más apropiado por la procedencia de sus especialidades. Cuando empezó todo ese despelote de las minorías y nacionalidades “Dalmacia” fue desapareciendo lentamente hasta perderse en el coágulo de los nuevos acontecimientos, el “Dalmatinski Mornar” recibió otros motes y sobrenombres que no sobrevivieron, pero el bodegón soportó al desastre, seleccionó su clientela hasta convertirse en un lugar exótico en una ciudad que empezó a llenarse de pequeños cafés y pizzerías que aparecieron como una epidemia occidental. En esa tarde de otoño el tránsito fue inexplicable hacia el pasado, hacia un invierno violento y crudo. Bastó que ella mencionara el bodegón para recordar la mañana gris y fría de un mes de febrero en Roma, no muy lejos del Quirinal en donde degustábamos el café oscuro y corto como el proyectil de un arma de pequeño calibre para regocijo de mis compañeros que lo preferían a la grapa tan necesaria a esas horas para calentar el alma.

*****

En Yugoslavia hace un frío del carajo, decían, aconsejando el uso de ropa interior adecuada. Me llevaron a uno de esos grandes almacenes de varios pisos, finalmente escogimos varias piezas de ropa interior de lana que de muchacho nunca había visto, hasta recordé las bromas a propósito de los pantaloncillos largos para amarrar en el dedo gordo del pie y ocultar los extremos bajo las medias. La camiseta me causaba escozor y desesperación precisamente esa primera noche cuando mis compañeros serbios me llevaron al “Mornar” un bodegón que daba albergue a cuanto bicho humano tuviera la ocurrencia de pasar por allí, atraídos por el fragor de las conversaciones y el tufillo a pescado que indudablemente se acompaña siempre con grandes garrafas de vino. Me ardía todo el cuerpo, a pesar de estar en el segundo piso, el calor de la caldera era asfixiante y no veía la hora de salir al frío de calle. Estas gentes tienen una alimentación especial para soportar las bajas temperaturas del invierno balcánico, los embutidos y la grasa transpiran olores insoportables y qué decir cuando se comparten los autobuses que van repletos hasta reventar como latas de sardinas. Al llegar al albergue estudiantil me despedí para toda la vida de la ropa interior de lana. Jamás volví a ponerme camiseta alguna, me siento más cómodo y ágil con menos ropa encima.

*****

Indudablemente los cambios fueron drásticos. Desapareció todo cuanto recordaba una época en la cual la pobreza y la riqueza eran ladrillos de un solo muro. La sala inmensa disfrutaba ahora de una gran pulcritud, las altas paredes pintadas de blanco escondían hábilmente camufladas los artefactos de la calefacción, las mesitas pintadas de azul recordaban quizá los cielos y las murallas marinas de Grecia. La clientela escasa y distanciada en defensa de la intimidad, rehuyendo el rumor de las conversaciones ajenas. Una anciana discurría solitaria disfrutando de su porción de la noche que tal vez no sería larga, hasta el despertar en un amanecer repleto de bullicio y motores atrapados por los infortunios y esperanzas de quienes a esas tempranas horas viajan en los atiborrados autobuses por su salario del día.

*****

Antonio distribuyó la mesa quedando ella frente a mí que me ocultaba los ojos. Me divertía tratando de atrapar una mirada para descubrir el verdadero color de sus ojos. Se escabullía con la habilidad y ligereza de una ardilla, esos pequeños animalitos que tienen la gracia y la alegría de la vida. Pensé, ¿acaso es ella igual? Escuché que una de las poetas decía que “tenorio” es una de aquellas palabras difícil de rimar. “Velorio”, dije, y ella me espetó: “diez puntos a tu favor”. De improviso entre broma y broma empezaron todos a cantar tangos y boleros, querían recordar el pasado, al menos dos de ellas la vida nocturna y jacarandosa de Buenos Aires, me exigieron una que no recordé al momento, pero ya ausente de esa noche me vino a la memoria la que hubiera querido cantarle como antaño en las estudiantinas y serenatas de la lejana ciudad de Popayán: “me gustas tú, y tú, y tú, y nadie más que tú...” Me quedaba ensimismado en una bocacalle próxima al Colegio de las Monjas Josefinas esperando la salida de las alumnas, ella era una aparición indescifrable, de pelo castaño claro, ojos de un verde indescriptible y transparente, alta y de hermosas piernas, siempre sola y sin prisa recorría el mismo camino todas las tardes, a eso de las cinco las campanas de la catedral estremecían el aire llamando a la oración. Nunca me atreví a abordarla, tenía un miedo inexplicable, era timidez, era yo el agua de una fuente, ella el fuego del campamento. Nunca nadie conoció mi secreto, mi amor por ella era inexpugnable y tuve la suerte de encontrarla una noche que nunca olvidé. Ahora en frente mío, en el tiempo y la distancia solamente las manos podían descifrar lo que el rostro no denunciaba. Me sentí profundamente conmovido al pensar que era ella tras voltear la esquina de tantos años y recordé aquel baile en que por algunos momentos la tuve entre mis brazos. Fue hermoso el sueño mientras duró. Había peleado con su pretendiente y no sé si fue casualidad que me encontrara allí en ese momento, en ese baile de adolescentes en casa de la novia de uno de mis compañeros. Nos conocimos por lo menos durante unos instantes, su voz y su risa sonaban casi exactamente igual como la de la mujer que frente a mí canta con los demás las coplas de una milonga. Pero llegó la hora de las buenas noches, suerte, tanto auguri, hasta la próxima y no me aguanté las ganas de decirle cuando al despedirnos me dio un abrazo y yo un beso en la mejilla “eres una mujer maravillosa”. “Y eso que tú no me conoces”, respondió al cumplido, pero añadió en un susurro conspirativo “tú y yo tenemos que vernos”. ¿Volvía acaso la sorpresa de aquel baile? Hubo por ella una pelea que nadie se pudo explicar, yo preferí guardar silencio pues aquella noche me gané varios puntos a sabiendas de que nunca más volvería a verla, mucho menos a esperarla clandestino tras la esquina del colegio. Por un instante en mis brazos tuve su simpatía y se consumió mi corazón como una brasa perdida entre las cenizas de una hoguera que dejó de arder. “Te enviaré por correo mis poemas y cuentos”, le prometí al preguntarme en aquella larga y bulliciosa mesa del bodegón de los marinos, si tenía a la mano algún libro mío, quería leerme, conocerme, saber quién era, pues los otros sí cargaban varios en sus bolsillos. ¡Oh, vanidad de vanidades! Fue mi discreción y mi silencio que le arrancó ese deseo de volverme a ver. Pero cuando me di cuenta de que la amaba con la sinrazón de un chiquillo de escuela, la visión se esfumó como el oasis inalcanzable en el desierto y volví a sentir en mi corazón el rescoldo de un volcán apagado.

N. Sandoval-Vekarich

Belgrado, nueve de noviembre de 2003

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